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martes, 25 de julio de 2017

NURATA Y SAMARKANDA




Es triste despedirse de Bukhara; dejar atrás tanto colorido y ornamento glorioso. Pero me espera el encuentro sucinto con Nurata o “La luz”, “Ciudad de la luz “. Fundada por Carlomagno en el año 327 a.c cuenta con unos 50.000 habitantes. La gran mayoría trabajan fuera o viven más allá de estas fronteras, que se me antojan viudas, solitarias, desconsoladas con tanta soledad. 

 Penetro a través de una puerta de arco triple magnífica. Demasiado pronto saqué el pañuelo para enjugar mi llantina… Aquí vuelve la decoración enmarañada de estrellas, azulejos y textos árabes. Hay grupos de personas asomadas a un pequeño estanque, donde nadan sin preocupaciones un batallón de peces tan sagrados como esas aguas. Pescarlos y comérselos es un sacrilegio, un veto que nadie osa quebrantar. Se dice que un meteorito ocasionó el origen del estanque hace unos dos milenios. Me muevo como esos peces, despreocupado, entre monumentos de sosos interiores albos. Nada queda de aquella fortaleza de tiempos de Carlomagno, pero las vistas desde una colina terrosa, la subida no me resulta especialmente fatigosa, son excepcionales.



Ahora sí que cambio de registro, una permuta en toda regla para deshacerme de tanta filigrana añil y junglas florales donde apenas respiran salmos árabes. Las madrasas pueden esperar, no así el desierto eterno al que me dirijo. 


Una ruta anfractuosa me lleva desde Navoi a Yangigazgan hasta el implacable desierto de Kizil Kum, muy cerca del casi edénico lago Ayarkul. Esto me ha quedado un tanto exacerbado, pero majestuoso sí es. Pretendo pasar la noche en un campo de yurtas, que son unas moradas móviles que usaban los ganaderos trashumantes para moverse por esta parte del mundo tan avejentada y solitaria. El lago mencionado y ensalzado por mi léxico voraz es de origen artificial y tiene una extensión de unos 17000 kms2. Desafía con su mirada eterna a las lindes fronterizas de Afganistán. Hay un enorme camión de color negro aparcado a pocos metros de la orilla.

Una pareja joven francesa, acompañados de un perro que no para de ladrar, nos saluda con la mirada perdida de quien no conoce el significado del tiempo ni lo pretende. Han quedado hechizados por la tranquilidad del lago, habilitado con un rudimentario sombrajo caribeño y unos bancos de madera para contemplar las aguas y enamorarse del paraje un tanto irreal. La madera y la vegetación han llegado a un acuerdo para convivir sin molestarse la una a la otra. Yo, que tengo más de rebeco que de cetáceo, me introduzco en el agua después de algunos reniegos inútiles. El agua está caliente, una caricia maternal en forma líquida. 



A diez minutos del paraje se halla Quizilqum Safari, o sea, el campo de yurtas que velará mis sueños. Se duerme aquí de maravilla tan pronto como te olvidas de las inmensas grietas de nuestras cabañas, por las cuales podría colarse sin el menor problema cualquier alacrán o serpiente.


Las cabañas están bien protegidas con piel de camello, y este detalle lo encuentran aborrecible estos animales, así como las arañas, que quedan atrapadas como en una trampa o una malla. Quien no ha vivido esta experiencia mágica no puede comprender en toda su dimensión el significado autóctono del sonido del silencio y la eternidad, el arrullo de la naturaleza y la noche estrellada. Una experiencia así te hace sentir insignificante ante la magnificencia arcana del Cosmos.

Ya que estamos en este lugar de paisajes desérticos es menester un paseo en dromedario. No van más allá de los veinte minutos, pero la experiencia es amena y sosegadora.





SAMARKANDA
Ya estoy en carretera, rumbo a Samarkanda, que en mis oídos sonó siempre tan épica como Roma o Atenas. Samarkanda o “Ciudad opulenta” fue devastada para resurgir después de la mano del temible caudillo mongol Tamerlan, toda una paradoja viniendo de un destructor por antonomasia. 2700 años de historia me contemplan mudos. Timuridas, mongoles, persas, una pugna interminable por hacerse con el control de la preciada Ruta de la seda. Samarkanda de los tártaros y shaybanidas, la observo con expectación. Hoy me encuentro con una ciudad moderna que se mofa de la precariedad del desierto. Grandes edificios, remembranzas de la época soviética y un tráfico airado.

DATOS DE INTERÉS

SAMARKANDA FUE EN SU DÍA EL TROFEO QUE TODOS CODICIABAN: GENGIS KHAN, TAMERLAN Y CARLOMAGNO, TODO UN TRIUNVIRATO EQUIPARABLE EN AMBICIÓN. SAMARKANDA O “TIERRA DETRÁS
DEL RÍO” DE LOS ÁRABES, SE ESTIMA SU ORIGEN EN EL SIGLO VII A.C
SAMARKANDA ESTÁ ÍNTIMAMENTE LIGADA A LA FIGURA EXIMIA DE MARCO POLO, FUE LA PRIMERA CAPITAL SASÁNIDA. LA PLAZA PRINCIPAL, REGISTON, ES CITA INELUDIBLE EN LAS NOCHES DE
SAMARKANDA.


REGISTON
Con las madrasas iluminadas, esta plaza principal tiene un encanto especial que te atrae y seduce a partes iguales. Allí estamos todos, turistas y nativos, embelesados, contemplando Samarkanda con las luces de gala puestas. Ambiente festivo, colectividad humana, sensación de peligro nula. Nadie tiene tiempo para idear maldades cuando la noche iluminada te reclama. Registon o lugar arenoso es por ende el corazón de la ciudad, tiendas, paseantes, madrasas magníficas como la de Ulugbek, dedicada al científico de idéntico nombre y construida por Kavomiddin Sherdzi entre los años 1417-20. Poco que añadir ya a la consabida arquitectura y estética: profusión de estrellas, fusión de azules abigarrados. Me llama la atención poderosamente la portada de la madrasa de Sherdor (1619-36), con unos tigres en la parte superior. Sherdor o “lugar donde hay tigres”, tiene como característica principal esa escena fabulosa en el portal, donde vemos al Sol y a un tigre que está tratando de dar caza a un gamo. El artífice de tal ingenio arquitectónico es Usto Aboujabbor.



Es diferente Tillya Kori o madrasa dorada (1646-60) con su bóveda discreta, pequeña en realidad, obra de Yalangtush Bakhudur. No hay que dejar de subir al minarete, pues las vistas compensan todo amago de cansancio. Esta madrasa se construyó en dos décadas y el interior es básicamente un despliegue de oro y azul diría yo que exagerado, ostentoso. Es donde la madrasa adquiere un talante más suntuoso.

Se dirigen mis líneas a narrar ahora mi paso breve por el mausoleo de Amir Temur, Gur-E-Amir o tumba del rey, siglos XIV-XV. Precioso estilo decorativo, precursor del que encontraríamos en la de Humayan (Delhi) o Taj Mahal en Agra. 



Estética mozárabe por doquier con azules abigarrados que se convierten en junglas de trazos confusos. Como de costumbre, el minarete, en este caso dos. No es de extrañar que la tumba de Amir Temur (Tamerlan, 1336-1405) sea cónclave de visitantes heterogéneos. Lugar trascendental sin duda aquí donde yace el caudillo mongol natural de Kesh. Frente al mausoleo, un característico diseño de cuatro jardines que son inherentes al estilo de Tamerlan. El interior es una lluvia dorada de ornamentos. La mirada viaja hasta la cúpula, que está a doce metros de altura. Después regresa a esa estética tóxica de azules y dorados que lo colman todo. Le acompañan en su sueño eterno su profesor espiritual, Said Baraka y algunos de sus familiares y su nieto, Ulugh Bek. Tamerlan era una mala pieza, hablando claro, acaso por ello su tumba lleve en su “epidermis” una maldición impresa, una inscripción en la lápida que advierte de terribles pesares y tormentos a quien ose profanar el sueño eterno del Tamerlan.


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