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domingo, 23 de julio de 2017

BUKHARA




 NOTA DEL AUTOR:

MI MAGNÍFICA CÁMARA DE FOTOS, QUE ME ACOMPAÑA SIN UNA QUEJA A TODOS Y CADA UNO DE MIS VIAJES "TROTAMUNDISTAS, SUFRIÓ GRAVES ACHAQUES EN LA REGIÓN DE KUNYA URGENCH. COMO RESULTADO DE ELLO, EL MATERIAL FOTOGRÁFICO QUE ACOMPAÑARÁ A MIS CRÓNICAS CARECE DE LA CALIDAD DESEADA Y PROPIA DE CRÓNICAS VIAJERAS ANTERIORES. DISCULPAS A MIS POCOS PERO LEALES SEGUIDORES. 

ORLANDO TÜNNERMANN O VÍCTOR VIRGÓS, COMO PREFIRAIS. 

Continúa mi periplo asiático por una ciudad del color del cielo y la arena del desierto. Buxoro, Bukhara “monasterio”, de la lengua sánscrita de los brahmanes del Indostán “Vihara” o “tierra sagrada y templo de zoroastrismo”, “Varaha” o “tierra del jabalí”, en alusión a este animal de simbología sacra. Me adentro embelesado en esta ciudad Patrimonio de la Humanidad desde 1993, aquella antiquísima capital samánida del siglo X-XI plagada hoy de madrasas. 2500 años de antigüedad que sufrieran en sus tierras las cicatrices dejadas por las tropas de Genghis Khan en el año 1220.



Nada más arribar me doy de bruces con la primera madrasa del día, la de Nodir Devon Begi (1622). El azul está impregnado en la fachada preciosa, jugando con dorados arábigos muy abigarrados en su ornamentación y arcos apuntados que delatan la prosapia (linaje) asiática. El interior es ahora el “hogar” de mercaderes especializados en textiles, madera, cerámica, etc. En esta misma línea encontraré después la madrasa de Kukel Dash (1568-69), aunque me apena ver que los azulejos aquí están más desgastados, valetudinarios (enfermizos), como la fachada “renqueante” que acusa el paso del tiempo. 



 Tiendas y más tiendas, un enjambre de mercaderes ha sitiado la ciudad y es imposible dar un paso sin toparte con ellos, sin poder escapar a esa mercancía maravillosa que entra por los ojos y quiere venirse conmigo a Madrid. Una y otra vez mis paseos confluyen en el bonito, céntrico y animadísimo estanque, que está plagado de gente, mercaderes, turistas, restaurantes…

Dejo atrás ya este cónclave turístico en el estanque de Lyabi Hauz para encontrarme con la sorpresa colorista de la que probablemente es la madrasa más bella de toda la ciudad. Se trata de la de Abdul Azizxon. 


 
Me deja sin aliento ese portal policromado, reflejo de acuarelas rojas, azules, imaginación abigarrada en la parte superior de esa fachada excelsa. Data del año 1652 y ahora ha quedado relegada a actividades comerciales. Allí adentro me espera una “jauría” de comerciantes que me miran, a ver si logran venderme algo. Textiles fabulosos, el mismo género que en todas partes en realidad…

Por la noche continúa el festival de gentío. Se puede pasear sin temor a ser asaltado. Este país es seguro. Hay música en directo y los restaurantes, deseando captar clientes. La cosa es especialmente palmaria en torno al estanque de Lyabi Hauz. En este punto, inciso para destacar la figura “heróica” de Elías, un español de lo más simpático y singular a quien conocemos a la salida del restaurante Bud Reddin. Elías, un muchacho de 25 años de edad,  lleva viajando por todo el mundo con su bicicleta desde Julio del año pasado. Él solo, con el espíritu  viajero por estandarte y su coraje por bandera. Charlamos durante un buen rato, me cuenta sus peripecias, no me cabe duda de que el suyo es el viaje por antonomasia, la sensación de libertad absoluta; alma, espíritu, emoción y el mundo como ventanal inmenso al que asomarse, con la sonrisa puesta y los pies que mueven la cadena de la bici, el motor de la pasión incombustible. Elías es un gavilán a quien la vida no pudo enjaular. Un tipo singular, inefable en su denuedo, en su fantástico proyecto de conquistar el orbe a golpe de pedal. Le insté entonces y lo reitero ahora: ¡Elías, si estás leyendo esto, tenemos una entrevista pendiente! Le insté en ese instante a que me contactase cuando finalizara su magistral periplo. ¿Lo hará? ¿Se acordará? Le doy mis datos para que me escriba, quiero entrevistarle, contar su historia, ya veremos qué devenires acaecen cuando su camino llegue a ese punto de inflexión en el cual, el regreso es la decisión que se posterga hasta el final pero que se sabe inexorable… ¡Ánimo Elías, qué grande eres! 


 Bukhara es sin duda una de las joyas de este viaje al corazón de Asia central. Galerías comerciales, soportales, pasadizos, mucha animación y un paraíso para los compradores compulsivos. Hay mucho que comprar, y todo es precioso. Ahora me pongo un poco más hierático (serio) para penetrar en el mausoleo sasánida de Isomoil Samoniy. 





Precioso, diferente al resto, decoración de ladrillo y color “desértico”. Sobrevivió milagrosamente a los desmánes “pantagruélicos” (sin medida, enormes) de Genghis Khan porque sus sagaces protectores lo cubrieron íntegramente con un manto de tierra.  Hay que atravesar un discreto parque de atracciones para verlo. El mausoleo está circuido de jardines, todo muy bonito y fotográfico. Es único en su género, está diseñado con 18 tipos diferentes de ladrillo,  y goza de una profusión de visitantes ingente. La historia nos cuenta que lo ordenó construir Amir Ismail, fundador de los sasánidas, para su padre Nasr I.

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