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lunes, 24 de julio de 2017

BUKHARA II





Es difícil desprenderse del hechizo asiático en Bukhara cuando a cada momento me sale al paso una nueva invitación al asombro emocionado. Bolo Hauz, la mezquita de veinte columnas, es el último testigo superviviente de la cultura medieval en la ciudad. Madera de avellano, olmo y cedro, las columnas se yerguen como brazos vetustos que quisieran tocar el cielo. Un hechizo visual transforma la veintena de pilares en un bosque de cuarenta columnas cuando estás se reflejan en el agua. Es una historia idílica, un espejismo. De nuevo me sorprenden los ayvanes o tres paredes ya conocidas en el precioso palacio de invierno (1712) y un minarete magnífico del año 1917 que construyera Usto Sharin. Si me quedo explorando este entorno, de apabullante ornamentación arábiga, corro el riesgo de prenderme para siempre de sus colores violáceos, verdes, añiles. Los capiteles de las columnas contrastan con sus tonos albos (blancos), contrastan y rivalizan en belleza con un firmamento colorista donde no faltan las estrellas. La ciudadela invoca mi nombre y allá acudo raudo, al encuentro del héroe Siyavush, quien según la leyenda la construyera en el primer milenio a.c
  


Teniendo en cuenta de qué época estamos hablando, su estado de conservación me parece encomiable. Aquí todo tiene un precio, por supuesto. Desembolso 300 soms para el permiso de hacer fotos. Los europeos somos una especie rara en Asia central. Por ello avistó una y otra vez grupos de jóvenes que me persiguen por las calles empedradas. Sin entrar en detalles, digamos “inconvenientes” o controvertidos, logro acceder a un solar vapuleado desde el cual me beneficio de unas vistas panorámicas de la ciudad que no tienen desperdicio. Vertiginoso barranco el que me recibe para espiar a Bukhara desde un promontorio que apenas conocen los turistas.

 Las madrasas son las huellas de mi camino. Madrasas por doquier, como la de Miri Arab (Siglos XVI-XVII), son acicate suficiente para viajar a Uzbekistán. 


114 habitaciones tuvo la del emir yemenita que con 22 años abandonara el trono para trasladarse a la boyante Samarkanda. En tiempos de la Unión Soviética permanecería cerrada. Los estudios coránicos no se retomarían ya hasta el año 1945. En general todo el conjunto patrimonial de Poi Kalan bien vale las horas de vuelo con escala incluida. Esta madrasa, que funcionó como tal durante cinco siglos, reúne los arquetipos básicos ya conocidos: “ensaladas” de colores azules en conjunción fraternal con ladrillo visto y ornamentación de jungla oriental. El Gran Minarete, así, sin ambages y en mayúsculas, es una preciosidad del siglo XII que busca el camino hacia el cielo y asciende sin cohibición 47 metros. La escalera espiral cuenta con la tortuosa cifra de 104 peldaños. Un ingenio laudable (loable) del arquitecto Bako. Lo observo embebido, aunque debo admitir que me cuesta imaginarlo como ese “lugar donde se enciende la luz”, minarete actual y faro otrora (en otra época). Llegar a esta parte de la ciudad supone de manera irrefutable visitar la mezquita de Kalyan (1514) para rendirle pleitesía a esos magníficos azulejos de mosaico y a su minarete, que es icono de Bukhara. Caminando he llegado distraído hasta el estanque de Lyabi Hauz. Aquí el alborozo es algo icónico también.

Gente por doquier que pasea con el placer del asueto pintado en el rostro. Locales para comer, tiendas, comerciantes que te observan con la esperanza de una venta en ciernes; un entorno idílico creado en tiempos de Nadir Diván Beghi en el año 1620.



DATOS DE INTERÉS

BUKHARA FUE EN OTRA ÉPOCA PATRIA DE LOS TEMÚRIDAS, CAPITAL DEL KHANATO Y EMIRATO ANTES DE LA LLEGADA DE LOS RUSOS. EL ÚLTIMO EMIR CONOCIDO SE LLAMABA MUHAMMAD AKIN KHAN, QUIEN GOBERNÓ ENTRE 1880-1944. PATRIA DEL IMPLACABLE TAMERLAN O “TIMUR EL COJO” (1336-1405), UN CAUDILLO MONGOL DE ORIGEN TURCO Y MINISTRO PRINCIPAL DEL VIRREY DE TRANSOXIANA QUE SE PROCLAMASE DESPUÉS REY INDEPENDIENTE, ALEGANDO SER HEREDERO DE GENGHIS KHAN. TAMERLÁN, IMPÍO, VIL, INSACIABLE EN LA MEDIDA DE SU CRUELDAD, PROVENÍA DE UNA FAMILIA ADINERADA Y ENSEGUIDA DESTACÓ COMO LUCHADOR. LLAMADO “El NÓMADA”
FUE HERIDO EN UNA PIERNA CON UNA FLECHA, LO CUAL ORIGINÓ SU SOBRENOMBRE DE “TIMUR EL COJO”.




Otra parada obligatoria en Bukhara se encuentra en Chor Minor o “Cuatro minaretes”. La construcción, que es del año 1807, fue un “antojo” de un rico comerciante llamado Half Niyazkul. 


Las retinas se quedan enganchadas en las curiosas cúpulas gemelas de color azul verdoso agua marina. La pequeña madrasa está construida en ladrillo del color del desierto. Sin entrar en detalles, otra vez, asciendo la escalera de uno de los minaretes. Merece la pena para ver de cerca a sus “hermanos” gemelos y de paso, vista de pájaro de la ciudad. Tres religiones: sufismo, islamismo y cristianismo, salpicadas de manera simbólica en la estructura de Chor Minor. Curiosa la explicación que araño investigando un poco acerca del sufismo o “lana dura”. Resulta que a los estudiantes sufíes se les entregaba al concluir sus estudios unas magníficas chaquetas de lana, de ahí la rocambolesca traducción. No menos desdeñable es el mausoleo de Bahuddin Naqshband, siglo XIV. Se trata de un remanso de paz donde mi espíritu inquieto encuentra un sosiego desconocido.

Ornamentación mozárabe y columnas de madera que buscan la cercanía con el techo ornamentado con dorados y azules, verdes, rojos…
 
El sosiego del que hablaba antes parece rezumar a borbotones del área de abluciones. 35 hectáreas dedicadas a la oración y a despejar los frentes más aciagos de las preocupaciones. Jardines, árboles, todo juega a favor de la serenidad. 



Hay un árbol enorme que parece “acostado” dormido, al que hay que tocar y dar tres vueltas alrededor con el fin de que tus deseos más fervorosos se hagan realidad. Casi concluyendo esta crónica en el palacio de verano de los últimos emires, “Sitora-I Mokhi Khosa” o “Palacio de la luna y las estrellas”, que tiene en castellano una melodía mucho más romántica y de puro ensueño. Visito pues el palacio del último emir, Amín Khan, quien gobernase entre 1911-20. Este regente fue conocido por su gran salacidad (deseo sexual irrefrenable), entre otras cosas. En este bello entorno de preciosos azulejos verdes, azules, rojos, rodeado de palacios como el que me encuentro nada más acceder por una puerta majestuosa, organizaba el emir sus bacanales. 


 Paseo por los soportales verdes con columnas de madera para admirar la curiosa fachada con molduras blancas y ventanas azules de un edificio singular. 


En el interior me esperan pinturas en las paredes que roban el aliento. La residencia estival es una explosión de jardines florales y mucha decoración arábiga que juega a combinarse con la estética puramente rusa. Muy llamativo es el estanque más grande de Bukhara. Según se cuenta, el concupiscente (salaz) emir arrojaba una manzana desde una altanera tarima para que alguna de las odaliscas, esclavas, “compañeras de juegos” que allí, en el estanque, se bañaban, cazase al vuelo el fruto. La afortunada, esto de afortunada es muy cuestionable, era la elegida por el emir para pasar con él la noche, o el día, o lo que se terciase…


 En su prolijo harén había cuarenta mujeres, carne de cañón para saciar los apetitos del orondo gobernante. Para finalizar, visita al entrañable personaje ficticio Khodja Nasreddin, un simpático trasunto (paradigma) de nuestro Sancho Panza. Montado en su pollino (asno), según la tradición sufí iba impartiendo enseñanzas de esta religión allá por los siglos XII-XIV. Una estatua recuerda a este Khodja o “maestro de la fe”.


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