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miércoles, 26 de julio de 2017

TASHKENT FINAL CRÓNICAS ASIÁTICAS




Mi corazón viajero, que apenas ha aprendido a esperar con paciencia nuevas aventuras, ya tiene la mirada clavada en la remota Perú. Mi tinta ya se desliza parsimoniosa hacia los renglones que compondrán mis próximas crónicas nómadas. Concluyo aquí mi paso por Asia Central, que ha sido deleitable como bien adivinan quienes han viajado conmigo en persona o a través de mis palabras narradas. El mercado Chorsu o “mercado del cruce, donde cruzan los caminos”, es mi primera parada. Tienen algo especial, vernáculo, endémico, propio de la esencia de un país o una región concreta los mercados populares. Éste es muy espacioso y bonito. Auténtico como pocos, me muevo entre la multitud y los pasillos laberínticos, flanqueados por los puestos donde se vende de todo. Por algún motivo que no alcanzo a comprender no se permite aquí hacer fotos. Cosas que pasan, que todo sea eso…

 
Una nueva madrasa, en esta ocasión es la de Kukeldash o “Hermano de leche”. Muy próxima al mercado que acabo de dejar atrás, es del siglo XVI y su magnífico portal tiene una altura de 25 metros. En esta ocasión, una singular excepción, ésta sí está en funcionamiento y de hecho veo gente joven saliendo y entrando, en vez de los típicos mercaderes que te miran con la esperanza de que les compres un bolso tejido a mano o algún recuerdo trabajado en madera o telas de colores. En esta parte de la ciudad se respira un murmullo animado, casi febril, juvenil, gente que ocupa las calles y jardines. La madrasa data de la época de los Shaybsnidas y su reconstrucción fue impecable tras los terremotos en 1866 y 1886. 

 
Enseguida me planto en la Broadway Ave, que poco tiene que ver con la afamada calle norteamericana. También es amplia, generosa en dimensiones y jardines, locales para comer y mucha vida al aire libre. Como viene siendo ya habitual, el calor no da tregua y llegó casi “disecado” a la bonita plaza de Amir Temur, con monumento incluido del caudillo mongol. 

 
Ahí mismo se puede visitar también el museo del Tamerlan. Junto al precioso y fotogénico río anxhor es una delicia pasear sin prisas y de paso, quedarte a comer en alguno de los preciosos restaurantes que salen al paso. 




Veo gente nadando, gente que se me acerca para preguntar de dónde diantres viene “este turista con aspecto tan poco autóctono “. 

 
La gente es encantadora, cercana, afable, así da gusto viajar y conocer otros mundos. Concluyo este relato viajero añadiendo unas fotos de uno de los platos más típicos y recomendables de estas tierras, el famoso plov. Existen más de 1200 variedades, eso he leído por ahí, pero básicamente llevan como ingredientes carne de cordero, cebolla, arroz, legumbres, garbanzos zanahoria, pasas y especias como el comino.


SAMARKANDA II TASHKENT




Sigue este periplo asiático “atravesando en canal” la piel de Samarkanda. Me han recomendado visitar la mezquita de Bibi Khan, nombre que se refiere a la mujer favorita de Tamerlan. Destruida en 1740 por las huestes iraníes de Nadir Sha, renace de sus cenizas con el sempiterno colorido azul. 


Consta de cuatro minaretes y parece determinada a acariciar el cielo con sus 35 metros de altura. Me llama la atención un monumento, una estatua que trajese de tierras lejanas el científico Ulugbek. Se trata de un enorme Corán simbólico de piedra. No es algo anómalo que exista en torno a estos monumentos una leyenda, superstición o narración anexa. En este caso, se dice que si las mujeres pasan por debajo y dan tres vueltas quedan embarazadas. Prefiero ahorrarme la chacota o chanza de qué diantres puede haber ahí abajo para que se produzca tal milagro. Estoy ya en el mercado de Siyob o 30 ríos. 

 Aquí puedes encontrar toda suerte de enseres, género, alimentos bajo una carpa o techado muy cómodo cuando los tórridos ardores del verano agujerean la piel. Es fácil perder la noción del tiempo aquí, entretenido con unos y otros mercaderes que me sonríen y miran con cierta avidez. Cambio de registro para acercarme hasta el complejo de Shakhi Zinda, el complejo del “Rey vivo”. Es el templo de Kussam Ibn Abbas, primo de Mahoma. Construido por Ulugbek entre 1434-35 penetro en un área de bienvenida de color blanco con techo verdoso. Las manos del arquitecto Muhammad Siddik están ya impresas en los anales del tiempo en cada ornato que mis ojos exploran. 44 mausoleos me esperan a través de un angosto pasaje. Destaca en mi opinión la sala policromada de Kusan Ibn Abbas, acaso sea que mi aliento se ha enamorado ya de la verde y azul bóveda. 




Mucha intensidad rojiza y vegetales pintados en las paredes. Mucho menos aparente es el observatorio Ulugbek (1428-29). Ya no queda nada apenas; hay que hacer un esfuerzo para imaginarlo entonces, con ese foso de 30 metros desde el cual, a mediodía, me cuentan que se veían las estrellas. Ahora me dirijo hacia el complejo Xoja Doniyor, lugar sagrado para las religiones cristiana, Islam y judaísmo. A mi vera, como quien dice, discurre en silencio el río Siyob. Hay un misterio incognoscible en este lugar que pone los vellos de punta. Es el milagro de San Daniel. Sus huesos, presuntamente, no dejan de crecer. Eso explicaría los 18 metros de su tumba. Al lado, un árbol magnífico, un pistacho. Estuvo seco quince años después, de repente, reverdeció, comenzó a florecer, como si la primavera le hubiese reprendido por tamaño periodo de “asueto”. Un detalle que no he mencionado con anterioridad: es frecuente en estos lugares sagrados toparse con un gran poste, al cual han amarrado una cola de caballo. Esto significa que en este lugar hay un santo enterrado.

TASHKENT


Casi sin pretenderlo me he plantado ya en “la ciudad de piedra” o Tashkent, capital desde 1930. Mi viaje es una especie de periplo luctuoso que se afana en perseguir mausoleos, como el de Muhammad Kaffal Al Sashi, poeta, misionero y devoto practicante del llamado Shafitismo. Kaffal está considerado como uno de los
imanes más respetados del mundo musulmán. El mausoleo, construido por Gulyani Hussein, tuvo doce puertas de entrada. El interior es fresco, agradable en realidad, pese a las tumbas superficiales que ocupan varios jeques. Es inteligente este sistema de ventanas ojivales frente a frente, hace que el aire corra a ambos lados, inventando corrientes que desafíen a los calores asiáticos. La estética no puede escapar del influjo de Asia central: azules que pelean en una selva de textos árabes y ornamentos, jardines que rodean esta soledad, una cúpula muy bonita de color agua marina.

Me deja un poco indiferente la madrasa del santo Barakhov, pese a ese primer Corán del mundo escrito en el siglo VII por el tercer califa Osman. Más de 353 páginas, hojas de pergamino que han sobrevivido a un viaje desde Bagdad, después a Uzbekistán pasando por la “casilla” de San Petersburgo. Imponente información, relevante, sublime en realidad. Creo que por momentos Asia central me exige demasiado y no puedo con tanto estupor maravillado. Sin embargo no puedo dejar de apreciar esos coranes en miniatura y traducidos.

La sala en sí es aséptica, blanca neutral, ornamentada, eso sí, pero sin despliegue de fatuidad.


martes, 25 de julio de 2017

NURATA Y SAMARKANDA




Es triste despedirse de Bukhara; dejar atrás tanto colorido y ornamento glorioso. Pero me espera el encuentro sucinto con Nurata o “La luz”, “Ciudad de la luz “. Fundada por Carlomagno en el año 327 a.c cuenta con unos 50.000 habitantes. La gran mayoría trabajan fuera o viven más allá de estas fronteras, que se me antojan viudas, solitarias, desconsoladas con tanta soledad. 

 Penetro a través de una puerta de arco triple magnífica. Demasiado pronto saqué el pañuelo para enjugar mi llantina… Aquí vuelve la decoración enmarañada de estrellas, azulejos y textos árabes. Hay grupos de personas asomadas a un pequeño estanque, donde nadan sin preocupaciones un batallón de peces tan sagrados como esas aguas. Pescarlos y comérselos es un sacrilegio, un veto que nadie osa quebrantar. Se dice que un meteorito ocasionó el origen del estanque hace unos dos milenios. Me muevo como esos peces, despreocupado, entre monumentos de sosos interiores albos. Nada queda de aquella fortaleza de tiempos de Carlomagno, pero las vistas desde una colina terrosa, la subida no me resulta especialmente fatigosa, son excepcionales.



Ahora sí que cambio de registro, una permuta en toda regla para deshacerme de tanta filigrana añil y junglas florales donde apenas respiran salmos árabes. Las madrasas pueden esperar, no así el desierto eterno al que me dirijo. 


Una ruta anfractuosa me lleva desde Navoi a Yangigazgan hasta el implacable desierto de Kizil Kum, muy cerca del casi edénico lago Ayarkul. Esto me ha quedado un tanto exacerbado, pero majestuoso sí es. Pretendo pasar la noche en un campo de yurtas, que son unas moradas móviles que usaban los ganaderos trashumantes para moverse por esta parte del mundo tan avejentada y solitaria. El lago mencionado y ensalzado por mi léxico voraz es de origen artificial y tiene una extensión de unos 17000 kms2. Desafía con su mirada eterna a las lindes fronterizas de Afganistán. Hay un enorme camión de color negro aparcado a pocos metros de la orilla.

Una pareja joven francesa, acompañados de un perro que no para de ladrar, nos saluda con la mirada perdida de quien no conoce el significado del tiempo ni lo pretende. Han quedado hechizados por la tranquilidad del lago, habilitado con un rudimentario sombrajo caribeño y unos bancos de madera para contemplar las aguas y enamorarse del paraje un tanto irreal. La madera y la vegetación han llegado a un acuerdo para convivir sin molestarse la una a la otra. Yo, que tengo más de rebeco que de cetáceo, me introduzco en el agua después de algunos reniegos inútiles. El agua está caliente, una caricia maternal en forma líquida. 



A diez minutos del paraje se halla Quizilqum Safari, o sea, el campo de yurtas que velará mis sueños. Se duerme aquí de maravilla tan pronto como te olvidas de las inmensas grietas de nuestras cabañas, por las cuales podría colarse sin el menor problema cualquier alacrán o serpiente.


Las cabañas están bien protegidas con piel de camello, y este detalle lo encuentran aborrecible estos animales, así como las arañas, que quedan atrapadas como en una trampa o una malla. Quien no ha vivido esta experiencia mágica no puede comprender en toda su dimensión el significado autóctono del sonido del silencio y la eternidad, el arrullo de la naturaleza y la noche estrellada. Una experiencia así te hace sentir insignificante ante la magnificencia arcana del Cosmos.

Ya que estamos en este lugar de paisajes desérticos es menester un paseo en dromedario. No van más allá de los veinte minutos, pero la experiencia es amena y sosegadora.





SAMARKANDA
Ya estoy en carretera, rumbo a Samarkanda, que en mis oídos sonó siempre tan épica como Roma o Atenas. Samarkanda o “Ciudad opulenta” fue devastada para resurgir después de la mano del temible caudillo mongol Tamerlan, toda una paradoja viniendo de un destructor por antonomasia. 2700 años de historia me contemplan mudos. Timuridas, mongoles, persas, una pugna interminable por hacerse con el control de la preciada Ruta de la seda. Samarkanda de los tártaros y shaybanidas, la observo con expectación. Hoy me encuentro con una ciudad moderna que se mofa de la precariedad del desierto. Grandes edificios, remembranzas de la época soviética y un tráfico airado.

DATOS DE INTERÉS

SAMARKANDA FUE EN SU DÍA EL TROFEO QUE TODOS CODICIABAN: GENGIS KHAN, TAMERLAN Y CARLOMAGNO, TODO UN TRIUNVIRATO EQUIPARABLE EN AMBICIÓN. SAMARKANDA O “TIERRA DETRÁS
DEL RÍO” DE LOS ÁRABES, SE ESTIMA SU ORIGEN EN EL SIGLO VII A.C
SAMARKANDA ESTÁ ÍNTIMAMENTE LIGADA A LA FIGURA EXIMIA DE MARCO POLO, FUE LA PRIMERA CAPITAL SASÁNIDA. LA PLAZA PRINCIPAL, REGISTON, ES CITA INELUDIBLE EN LAS NOCHES DE
SAMARKANDA.


REGISTON
Con las madrasas iluminadas, esta plaza principal tiene un encanto especial que te atrae y seduce a partes iguales. Allí estamos todos, turistas y nativos, embelesados, contemplando Samarkanda con las luces de gala puestas. Ambiente festivo, colectividad humana, sensación de peligro nula. Nadie tiene tiempo para idear maldades cuando la noche iluminada te reclama. Registon o lugar arenoso es por ende el corazón de la ciudad, tiendas, paseantes, madrasas magníficas como la de Ulugbek, dedicada al científico de idéntico nombre y construida por Kavomiddin Sherdzi entre los años 1417-20. Poco que añadir ya a la consabida arquitectura y estética: profusión de estrellas, fusión de azules abigarrados. Me llama la atención poderosamente la portada de la madrasa de Sherdor (1619-36), con unos tigres en la parte superior. Sherdor o “lugar donde hay tigres”, tiene como característica principal esa escena fabulosa en el portal, donde vemos al Sol y a un tigre que está tratando de dar caza a un gamo. El artífice de tal ingenio arquitectónico es Usto Aboujabbor.



Es diferente Tillya Kori o madrasa dorada (1646-60) con su bóveda discreta, pequeña en realidad, obra de Yalangtush Bakhudur. No hay que dejar de subir al minarete, pues las vistas compensan todo amago de cansancio. Esta madrasa se construyó en dos décadas y el interior es básicamente un despliegue de oro y azul diría yo que exagerado, ostentoso. Es donde la madrasa adquiere un talante más suntuoso.

Se dirigen mis líneas a narrar ahora mi paso breve por el mausoleo de Amir Temur, Gur-E-Amir o tumba del rey, siglos XIV-XV. Precioso estilo decorativo, precursor del que encontraríamos en la de Humayan (Delhi) o Taj Mahal en Agra. 



Estética mozárabe por doquier con azules abigarrados que se convierten en junglas de trazos confusos. Como de costumbre, el minarete, en este caso dos. No es de extrañar que la tumba de Amir Temur (Tamerlan, 1336-1405) sea cónclave de visitantes heterogéneos. Lugar trascendental sin duda aquí donde yace el caudillo mongol natural de Kesh. Frente al mausoleo, un característico diseño de cuatro jardines que son inherentes al estilo de Tamerlan. El interior es una lluvia dorada de ornamentos. La mirada viaja hasta la cúpula, que está a doce metros de altura. Después regresa a esa estética tóxica de azules y dorados que lo colman todo. Le acompañan en su sueño eterno su profesor espiritual, Said Baraka y algunos de sus familiares y su nieto, Ulugh Bek. Tamerlan era una mala pieza, hablando claro, acaso por ello su tumba lleve en su “epidermis” una maldición impresa, una inscripción en la lápida que advierte de terribles pesares y tormentos a quien ose profanar el sueño eterno del Tamerlan.


lunes, 24 de julio de 2017

BUKHARA II





Es difícil desprenderse del hechizo asiático en Bukhara cuando a cada momento me sale al paso una nueva invitación al asombro emocionado. Bolo Hauz, la mezquita de veinte columnas, es el último testigo superviviente de la cultura medieval en la ciudad. Madera de avellano, olmo y cedro, las columnas se yerguen como brazos vetustos que quisieran tocar el cielo. Un hechizo visual transforma la veintena de pilares en un bosque de cuarenta columnas cuando estás se reflejan en el agua. Es una historia idílica, un espejismo. De nuevo me sorprenden los ayvanes o tres paredes ya conocidas en el precioso palacio de invierno (1712) y un minarete magnífico del año 1917 que construyera Usto Sharin. Si me quedo explorando este entorno, de apabullante ornamentación arábiga, corro el riesgo de prenderme para siempre de sus colores violáceos, verdes, añiles. Los capiteles de las columnas contrastan con sus tonos albos (blancos), contrastan y rivalizan en belleza con un firmamento colorista donde no faltan las estrellas. La ciudadela invoca mi nombre y allá acudo raudo, al encuentro del héroe Siyavush, quien según la leyenda la construyera en el primer milenio a.c
  


Teniendo en cuenta de qué época estamos hablando, su estado de conservación me parece encomiable. Aquí todo tiene un precio, por supuesto. Desembolso 300 soms para el permiso de hacer fotos. Los europeos somos una especie rara en Asia central. Por ello avistó una y otra vez grupos de jóvenes que me persiguen por las calles empedradas. Sin entrar en detalles, digamos “inconvenientes” o controvertidos, logro acceder a un solar vapuleado desde el cual me beneficio de unas vistas panorámicas de la ciudad que no tienen desperdicio. Vertiginoso barranco el que me recibe para espiar a Bukhara desde un promontorio que apenas conocen los turistas.

 Las madrasas son las huellas de mi camino. Madrasas por doquier, como la de Miri Arab (Siglos XVI-XVII), son acicate suficiente para viajar a Uzbekistán. 


114 habitaciones tuvo la del emir yemenita que con 22 años abandonara el trono para trasladarse a la boyante Samarkanda. En tiempos de la Unión Soviética permanecería cerrada. Los estudios coránicos no se retomarían ya hasta el año 1945. En general todo el conjunto patrimonial de Poi Kalan bien vale las horas de vuelo con escala incluida. Esta madrasa, que funcionó como tal durante cinco siglos, reúne los arquetipos básicos ya conocidos: “ensaladas” de colores azules en conjunción fraternal con ladrillo visto y ornamentación de jungla oriental. El Gran Minarete, así, sin ambages y en mayúsculas, es una preciosidad del siglo XII que busca el camino hacia el cielo y asciende sin cohibición 47 metros. La escalera espiral cuenta con la tortuosa cifra de 104 peldaños. Un ingenio laudable (loable) del arquitecto Bako. Lo observo embebido, aunque debo admitir que me cuesta imaginarlo como ese “lugar donde se enciende la luz”, minarete actual y faro otrora (en otra época). Llegar a esta parte de la ciudad supone de manera irrefutable visitar la mezquita de Kalyan (1514) para rendirle pleitesía a esos magníficos azulejos de mosaico y a su minarete, que es icono de Bukhara. Caminando he llegado distraído hasta el estanque de Lyabi Hauz. Aquí el alborozo es algo icónico también.

Gente por doquier que pasea con el placer del asueto pintado en el rostro. Locales para comer, tiendas, comerciantes que te observan con la esperanza de una venta en ciernes; un entorno idílico creado en tiempos de Nadir Diván Beghi en el año 1620.



DATOS DE INTERÉS

BUKHARA FUE EN OTRA ÉPOCA PATRIA DE LOS TEMÚRIDAS, CAPITAL DEL KHANATO Y EMIRATO ANTES DE LA LLEGADA DE LOS RUSOS. EL ÚLTIMO EMIR CONOCIDO SE LLAMABA MUHAMMAD AKIN KHAN, QUIEN GOBERNÓ ENTRE 1880-1944. PATRIA DEL IMPLACABLE TAMERLAN O “TIMUR EL COJO” (1336-1405), UN CAUDILLO MONGOL DE ORIGEN TURCO Y MINISTRO PRINCIPAL DEL VIRREY DE TRANSOXIANA QUE SE PROCLAMASE DESPUÉS REY INDEPENDIENTE, ALEGANDO SER HEREDERO DE GENGHIS KHAN. TAMERLÁN, IMPÍO, VIL, INSACIABLE EN LA MEDIDA DE SU CRUELDAD, PROVENÍA DE UNA FAMILIA ADINERADA Y ENSEGUIDA DESTACÓ COMO LUCHADOR. LLAMADO “El NÓMADA”
FUE HERIDO EN UNA PIERNA CON UNA FLECHA, LO CUAL ORIGINÓ SU SOBRENOMBRE DE “TIMUR EL COJO”.




Otra parada obligatoria en Bukhara se encuentra en Chor Minor o “Cuatro minaretes”. La construcción, que es del año 1807, fue un “antojo” de un rico comerciante llamado Half Niyazkul. 


Las retinas se quedan enganchadas en las curiosas cúpulas gemelas de color azul verdoso agua marina. La pequeña madrasa está construida en ladrillo del color del desierto. Sin entrar en detalles, otra vez, asciendo la escalera de uno de los minaretes. Merece la pena para ver de cerca a sus “hermanos” gemelos y de paso, vista de pájaro de la ciudad. Tres religiones: sufismo, islamismo y cristianismo, salpicadas de manera simbólica en la estructura de Chor Minor. Curiosa la explicación que araño investigando un poco acerca del sufismo o “lana dura”. Resulta que a los estudiantes sufíes se les entregaba al concluir sus estudios unas magníficas chaquetas de lana, de ahí la rocambolesca traducción. No menos desdeñable es el mausoleo de Bahuddin Naqshband, siglo XIV. Se trata de un remanso de paz donde mi espíritu inquieto encuentra un sosiego desconocido.

Ornamentación mozárabe y columnas de madera que buscan la cercanía con el techo ornamentado con dorados y azules, verdes, rojos…
 
El sosiego del que hablaba antes parece rezumar a borbotones del área de abluciones. 35 hectáreas dedicadas a la oración y a despejar los frentes más aciagos de las preocupaciones. Jardines, árboles, todo juega a favor de la serenidad. 



Hay un árbol enorme que parece “acostado” dormido, al que hay que tocar y dar tres vueltas alrededor con el fin de que tus deseos más fervorosos se hagan realidad. Casi concluyendo esta crónica en el palacio de verano de los últimos emires, “Sitora-I Mokhi Khosa” o “Palacio de la luna y las estrellas”, que tiene en castellano una melodía mucho más romántica y de puro ensueño. Visito pues el palacio del último emir, Amín Khan, quien gobernase entre 1911-20. Este regente fue conocido por su gran salacidad (deseo sexual irrefrenable), entre otras cosas. En este bello entorno de preciosos azulejos verdes, azules, rojos, rodeado de palacios como el que me encuentro nada más acceder por una puerta majestuosa, organizaba el emir sus bacanales. 


 Paseo por los soportales verdes con columnas de madera para admirar la curiosa fachada con molduras blancas y ventanas azules de un edificio singular. 


En el interior me esperan pinturas en las paredes que roban el aliento. La residencia estival es una explosión de jardines florales y mucha decoración arábiga que juega a combinarse con la estética puramente rusa. Muy llamativo es el estanque más grande de Bukhara. Según se cuenta, el concupiscente (salaz) emir arrojaba una manzana desde una altanera tarima para que alguna de las odaliscas, esclavas, “compañeras de juegos” que allí, en el estanque, se bañaban, cazase al vuelo el fruto. La afortunada, esto de afortunada es muy cuestionable, era la elegida por el emir para pasar con él la noche, o el día, o lo que se terciase…


 En su prolijo harén había cuarenta mujeres, carne de cañón para saciar los apetitos del orondo gobernante. Para finalizar, visita al entrañable personaje ficticio Khodja Nasreddin, un simpático trasunto (paradigma) de nuestro Sancho Panza. Montado en su pollino (asno), según la tradición sufí iba impartiendo enseñanzas de esta religión allá por los siglos XII-XIV. Una estatua recuerda a este Khodja o “maestro de la fe”.


domingo, 23 de julio de 2017

BUKHARA




 NOTA DEL AUTOR:

MI MAGNÍFICA CÁMARA DE FOTOS, QUE ME ACOMPAÑA SIN UNA QUEJA A TODOS Y CADA UNO DE MIS VIAJES "TROTAMUNDISTAS, SUFRIÓ GRAVES ACHAQUES EN LA REGIÓN DE KUNYA URGENCH. COMO RESULTADO DE ELLO, EL MATERIAL FOTOGRÁFICO QUE ACOMPAÑARÁ A MIS CRÓNICAS CARECE DE LA CALIDAD DESEADA Y PROPIA DE CRÓNICAS VIAJERAS ANTERIORES. DISCULPAS A MIS POCOS PERO LEALES SEGUIDORES. 

ORLANDO TÜNNERMANN O VÍCTOR VIRGÓS, COMO PREFIRAIS. 

Continúa mi periplo asiático por una ciudad del color del cielo y la arena del desierto. Buxoro, Bukhara “monasterio”, de la lengua sánscrita de los brahmanes del Indostán “Vihara” o “tierra sagrada y templo de zoroastrismo”, “Varaha” o “tierra del jabalí”, en alusión a este animal de simbología sacra. Me adentro embelesado en esta ciudad Patrimonio de la Humanidad desde 1993, aquella antiquísima capital samánida del siglo X-XI plagada hoy de madrasas. 2500 años de antigüedad que sufrieran en sus tierras las cicatrices dejadas por las tropas de Genghis Khan en el año 1220.



Nada más arribar me doy de bruces con la primera madrasa del día, la de Nodir Devon Begi (1622). El azul está impregnado en la fachada preciosa, jugando con dorados arábigos muy abigarrados en su ornamentación y arcos apuntados que delatan la prosapia (linaje) asiática. El interior es ahora el “hogar” de mercaderes especializados en textiles, madera, cerámica, etc. En esta misma línea encontraré después la madrasa de Kukel Dash (1568-69), aunque me apena ver que los azulejos aquí están más desgastados, valetudinarios (enfermizos), como la fachada “renqueante” que acusa el paso del tiempo. 



 Tiendas y más tiendas, un enjambre de mercaderes ha sitiado la ciudad y es imposible dar un paso sin toparte con ellos, sin poder escapar a esa mercancía maravillosa que entra por los ojos y quiere venirse conmigo a Madrid. Una y otra vez mis paseos confluyen en el bonito, céntrico y animadísimo estanque, que está plagado de gente, mercaderes, turistas, restaurantes…

Dejo atrás ya este cónclave turístico en el estanque de Lyabi Hauz para encontrarme con la sorpresa colorista de la que probablemente es la madrasa más bella de toda la ciudad. Se trata de la de Abdul Azizxon. 


 
Me deja sin aliento ese portal policromado, reflejo de acuarelas rojas, azules, imaginación abigarrada en la parte superior de esa fachada excelsa. Data del año 1652 y ahora ha quedado relegada a actividades comerciales. Allí adentro me espera una “jauría” de comerciantes que me miran, a ver si logran venderme algo. Textiles fabulosos, el mismo género que en todas partes en realidad…

Por la noche continúa el festival de gentío. Se puede pasear sin temor a ser asaltado. Este país es seguro. Hay música en directo y los restaurantes, deseando captar clientes. La cosa es especialmente palmaria en torno al estanque de Lyabi Hauz. En este punto, inciso para destacar la figura “heróica” de Elías, un español de lo más simpático y singular a quien conocemos a la salida del restaurante Bud Reddin. Elías, un muchacho de 25 años de edad,  lleva viajando por todo el mundo con su bicicleta desde Julio del año pasado. Él solo, con el espíritu  viajero por estandarte y su coraje por bandera. Charlamos durante un buen rato, me cuenta sus peripecias, no me cabe duda de que el suyo es el viaje por antonomasia, la sensación de libertad absoluta; alma, espíritu, emoción y el mundo como ventanal inmenso al que asomarse, con la sonrisa puesta y los pies que mueven la cadena de la bici, el motor de la pasión incombustible. Elías es un gavilán a quien la vida no pudo enjaular. Un tipo singular, inefable en su denuedo, en su fantástico proyecto de conquistar el orbe a golpe de pedal. Le insté entonces y lo reitero ahora: ¡Elías, si estás leyendo esto, tenemos una entrevista pendiente! Le insté en ese instante a que me contactase cuando finalizara su magistral periplo. ¿Lo hará? ¿Se acordará? Le doy mis datos para que me escriba, quiero entrevistarle, contar su historia, ya veremos qué devenires acaecen cuando su camino llegue a ese punto de inflexión en el cual, el regreso es la decisión que se posterga hasta el final pero que se sabe inexorable… ¡Ánimo Elías, qué grande eres! 


 Bukhara es sin duda una de las joyas de este viaje al corazón de Asia central. Galerías comerciales, soportales, pasadizos, mucha animación y un paraíso para los compradores compulsivos. Hay mucho que comprar, y todo es precioso. Ahora me pongo un poco más hierático (serio) para penetrar en el mausoleo sasánida de Isomoil Samoniy. 





Precioso, diferente al resto, decoración de ladrillo y color “desértico”. Sobrevivió milagrosamente a los desmánes “pantagruélicos” (sin medida, enormes) de Genghis Khan porque sus sagaces protectores lo cubrieron íntegramente con un manto de tierra.  Hay que atravesar un discreto parque de atracciones para verlo. El mausoleo está circuido de jardines, todo muy bonito y fotográfico. Es único en su género, está diseñado con 18 tipos diferentes de ladrillo,  y goza de una profusión de visitantes ingente. La historia nos cuenta que lo ordenó construir Amir Ismail, fundador de los sasánidas, para su padre Nasr I.