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lunes, 8 de mayo de 2017

PEÑÍSCOLA



PEÑÍSCOLA, UN LUGAR PINTORESCO JUNTO A LA PLAYA.
INTRODUCCIÓN


Lejos de mis habituales destinos remotos, arrumbando por un momento el exotismo de Oriente o la acendrada faz de la versátil Europa, hoy planto mi semilla de tinta y crónica viajera en la costera población de Peñíscola. Debo ser el único español que todavía no había clavado su pica y estandarte en aquellas tierras. Todo el mundo en derredor me mira con asombro, contándome maravillas de lo que yo estimaba como un mero destino de toalla y chiringuito. Mayor es mi asombro cuando me topo con una placa muy elogiosa que enmarca a Peñíscola como uno de los pueblos más hermosos a nivel nacional. Viajo hasta allí pues con la creencia errónea de sumarme a la ingente nube turística que llega hasta Peñíscola para robarle al sol un flamante bronceado y unos pocos largos en esos mares de verano que se llenan de visitantes de marchamo español y legiones inconmensurables de franceses, ingleses, alemanes, escandinavos y un largo rol de nacionalidades...
 


 Hay otro mundo más allá de las sombrillas, chiringuitos y gentío en paños menores hacinado como sardinas enlatadas. Mi primera impresión la extraigo yo de esos paisajes circundantes que me muestran suaves colinas verdosas y campos de cultivo feraces. Un autobús (tarifa1,50) que pasa sin prisa alguna, cada media hora nada menos, me lleva al casco histórico de Peñíscola desde el lujoso hotel donde me hospedo para olvidarme del tráfago madrileño. Tengo la opción de acercarme también a Benicarló y Vinaroz. Esta última población es algo más interesante que la primera. Benicarló carece de interés a nivel turístico, salvo que tu opción sea simplemente tostarte al sol. En ese caso Benicarló te puede ayudar en ese sentido si el atroz paisaje de horrendos hoteles frente al mar no te pone los vellos como escarpias. Ahora que el estío está aún por llegar, el bonito paseo marítimo no es una sopa humana donde es imposible moverse. Por ello puedo disfrutar a mis anchas de agradables caminatas y sentir bajo mis pies la suavidad de las dunas de la playa y la arena que se extiende rectilínea tratando de ganarle la batalla al mar. Unas fotografías retrospectivas que me enseña Adolfo, un guía turístico de lo más agradable, me muestran el dramático cambio que ha sufrido Peñíscola en las últimas décadas. Sobre una colina avizoro una colina donde se asfixian apelmazadas horrendas edificaciones que se han comido el paisaje. El disgusto se me pasa rápido cuando descubro los entresijos encantadores de este pueblo blanco y azul tan precioso y pintoresco, tan medieval y escarpado y angosto en sus calles laberínticas tan fotogénicas. 


 No puedo por menos que admirar la magnífica muralla renacentista de tiempos de Felipe II (1576) y erigida por Antonelli. Es una obra imponente. Pero yo, que soy de naturaleza curiosa, he buceado en los albores de Peñíscola para descubrir que las primigenias Gaya y Chersonesos en la antigüedad poseían una suprema importancia mercantil para navegantes fenicios y griegos, cartagineses, romanos, bizantinos... Y es que es de entender, dada la estratégica posición que ocupa frente al mar, coronando el peñón ahora atestado de viviendas veraniegas. Los árabes también dejaron aquí su impronta allá por los años 718-1233. 




Pero eso iba a cambiar con la llegada de Jaime I en el año 1233. Así quedaría "eliminado" del recuerdo el dominio asiático impuesto en 718 por Tarik. Peñíscola está presente en la memoria de la Orden del Temple si viajamos en el tiempo hasta 1294, y en la de la Orden de Montesa si avanzamos hasta 1319. Así, finalmente, montados en una vagoneta que recorre años como si fuesen las páginas de un libro, llegamos al celebérrimo Benedicto XIII (el Papa Luna) y su sucesor Clemente VIII como moradores ambos del castillo tan magnifico y emblemático que es enseña de Peñíscola. Gracias a sus destacables acicates, Peñíscola ha servido como enclave idóneo para grabar series de televisión tan famosas como " El chiringuito de Pepe" o la película "Calabuch" (1956) con José Luis Ozores en el reparto y argumentación taurina.


 A lo lejos, desde el puerto, observo una densa masa de vegetación esmeraldina. Se trata del Parque Natural de Irta. Si te quedas en silencio y te sitúas frente al Bar Café Casa Lucío puedes escuchar el rugido del mar que penetra por una oquedad natural que aquí se conoce como "El bufador". Empieza ya el despliegue de bares, restaurantes, locales para tomar algo, comer, cenar, etc... Si subes por la calle Mayor mejora la cosa de manera exponencial. Te das de frente con un mirador alucinante que domina la zona de Levante y de poniente.
 

Pasando la Plaza armas y la calle San Jorge descubro al ínclito prelado Benedicto XIII, una enorme mole de color verdoso. Su efigie aparece sedente (sentada), dando la bienvenida y bendiciones varias al viajero. Ya dentro del castillo templario, que me cuesta entrar cinco euros, me quedo asombrado por su austera belleza románica y singularidad. Es por así decirlo una fortaleza que conjuga función monástica y militar. Pero acaso lo más llamativo sea que fue erigido en tan solo 13 años. Esto me lleva a imaginar la cantidad de manos que tuvieron que trabajar ahí para alcanzar tamaña gesta. Como comentaba anteriormente, aquí residieron Benedicto XIII y Clemente VIII, situando a Peñíscola como la tercera sede papal del mundo. 
  
Merecidamente, en el año 1931 esta fortaleza fue declarada Monumento Artístico Histórico  Nacional. Visitando el interior, contemplando las panorámicas, se te va una hora como poco.


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