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miércoles, 17 de mayo de 2017

CUEVAS DE SAN JOSÉ Y VINAROZ



CUEVAS DE SAN JOSÉ
VAL D'UXO

El mayor acicate para ver estas cuevas, no tan prodigiosas como tantas otras que vi durante mi existencia nómada, radica en su inmenso río subterráneo, el mayor de Europa. Aún no se conoce con precisión dónde acaba, cuál es el término de esta lengua acuática oculta bajo la faz terráquea. No necesitas ropa abrigada, pues la temperatura constante es de 20 grados. No es la típica experiencia que yo recomendaría al claustrofóbico por antonomasia. En una barca donde vamos aglutinadas quince almas, atravesamos el río por túneles, pasadizos y huecos que se me antojan "ratoneras", madrigueras fabricadas por ignotas criaturas que jamás vieron la luz del Sol. Si no agachas la testa corres el riesgo de llevarte por delante el canto de una roca que lleva ahí desde tiempos de Moisés, como quien dice...


Mis diez euros me dan acceso a un recorrido subterráneo bajo la mirada de un cielo pétreo. No se pueden hacer fotos. Te las hacen ellos y te cobran seis euros por columbrar a duras penas tu retrato junto a un grupo de gente a quienes no volverás a ver en lo que te resta de vida, bueno... quién sabe...
 
Las cuevas de San José son muy visitadas y los aluviones de visitantes son constantes y fluidos. No te faltan chiringuitos para tomar algo y alguna que otra tienda intrascendente. Hay que admitir que los barqueros que navegan por este espacio tan angosto tienen una pericia sobrenatural "buceando" con sus "flacos cuerpos de madera" que flotan sobre las aguas inmaculadas de la cueva.

Ahora me encamino a la insustancial Vinaroz. La única reseña destacable de esta población se halla en la Plaza Parroquial, donde descolla (destaca) la inmensa y preciosa Parroquia Arciprestal de la Asunción. 





Detalles barrocos en el interior y majestuosidad en su fachada, con copiosidad barroca esculpida en su faz soberbia. Si te quedas un rato por aquí, dirígete a la Calle Mayor, donde están las típicas tiendas de turno y al final de la calle, el bonito mercado de blanca fachada, ideal también para tomar algo en esta zona que se asoma al mar.




jueves, 11 de mayo de 2017

MORELLA






No apto para quienes padecen de vértigo y detractores de acantilados es el precioso Barranco de la Bota. Un paisaje muy montañoso que va ganando altura se aproxima por la curvilínea carretera al pintoresco pueblo de Morella. A lo lejos, en lo alto de una colina, dejando atrás ya ese paisaje "leonés", se insinúa la silueta de un castillo protegido por una gran muralla. 



Irrumpo en la ciudad a través de la Puerta de San Miguel (siglo XIV), flanqueada por dos imponentes torreones que parecen almas gemelas. Al igual que en Peñíscola, aquí también existe una reseña muy ufana que proclama a esta villa de calles medievales y empedradas como uno de los pueblos más bonitos del país. Mi primera parada la hago en el ayuntamiento. Allí hay unos centinelas gigantescos que se asemejan a los monstruos terribles que veía yo en mis sueños infantiles. Son los gigantes cabezudos que salen por estas calles en procesión. 
 
Me detengo poco rato en este lugar de trámites burocráticos para perderme por las calles escarpadas y angostas, repletas de tiendas y lugares con encanto para manducar (comer). En seguida llego a las conocidas como "Las cinco esquinas". Aquí se concentra la gente como si repartieran boletos premiados de la lotería. Tiendas, restaurantes, una zona porticada de la villa que engatusa al más pintado. Pero para autóctona y romántica, coqueta y preciosa la calle principal: Blasco de Alagón, conocida como "La Plaça". 
 
Esta zona de soportales fue desde siempre ubicación primigenia del mercado medieval. Merece la pena ver la Basílica de Santa María La Mayor
y su órgano barroco construido por Turull. Es gótica-renacentista. En la fachada te dan la bienvenida la Virgen y los 12 apóstoles. 

Es una entrada de lo más asombrosa por la calidad de las imágenes cinceladas en la piedra. Por poco que te gusten las iglesias, te gustará la escalera del siglo XV con preciosos bajorrelieves de alabastro; una representación de la genealogía de Cristo, así como el espectacular y abigarrado altar barroco.

Un personaje aquí imprescindible es Blasco de Alagón. Verás una entrada, la Puerta Ferrisa, por la cual irrumpiría con sus tropas victoriosas en el año 1231 para culminar los "detalles" de la rendición de las huestes musulmanas que se habían hecho con el control de la ciudad. Es momento ya de pasar al castillo. 
 

Por 3'50 visitas la fortaleza y el convento de San Francisco (1272). En el claustro gótico, fundado por Jaime I, se detiene la gente para hacer fotos. 


Es bonito y amplio. Yo en seguida me pierdo en dirección a la Sala Profundis. ¿A qué se debe tal nombre? Cuando perecía un monje joven era aquí "instalado" hasta el momento de su entierro. La congregación entonaba una serie de salmos en oficio litúrgico denominados De Profundis. Ahora la encuentro bastante deteriorada, un tanto lúgubre, como los frescos desvaídos de las paredes donde se adivinan colores. 


 Bueno, hay una escarpadura para ascender a la fortaleza que te llevará unos cuarenta minutos. Estamos a 1070 metros sobre el nivel del mar. El guía que me acompaña está hablando de unos restos neolíticos que aquí se hallaron. Es un castillo muy interesante que pide a gritos que lo explores. Data de los años 950-960 en época de Abderramán III, si bien ha sufrido muchas transformaciones a lo largo de los siglos. Hasta el año 1911 aún tenía funciones militares. 




 Explorando descubro la "malograda" Torre Zeloquia que fuera destruida por el general francés Elio durante la Guerra de la Independencia. Puedes seguir explicaciones de todo leyendo los textos en cada sala. Te aclarará cuanto codicie tu sed de conocimientos la Sala del Gobernador.



La crónica de hoy concluye en el embarcadero de Sant Jaume D' Enveja en el delta del Ebro. Paisajes hortícolas me llevan hasta este páramo acuífero en vías de extinción... Lo encuentro bastante anodino; una planicie de unos 320 kms de arrozales que surcan lanchas rápidas, barcas modestas y "navíos" turísticos como en el que yo viajo ahora, pendiente de las explicaciones del capitán, que se me asemeja a un fogueado pirata de los mares. Serrallo, que es el singular y obsceno nombre del barco, cubre trayectos de hora y media por una tarifa de 11 euros. Si te va la velocidad, tu embarcación se llama "La Bestia". Una lancha rápida que te "arrastra" por el lineal humedal durante una hora por sólo 13 euros. En la ribera, junto a lánguidos juncales, hay unas pasarelas de madera
donde se encaraman los pescadores para atrapar por las noches a las angulas, que son las crías de las anguilas. En estas aguas se pescan además lubinas, doradas, lenguados, sepias...



 En este barco, que navega sin la menor prisa, te venden productos autóctonos y arroz de estos cultivos. Debido al gran nivel de salinidad poco a poco va decreciendo la densidad arbórea de la ribera. Estamos ya de regreso y el capitán ha puesto música a todo volumen de la época de Mocedades y Los Brincos. Yo, que soy más de Vanilla Ninja, Den Harrow y Samantha Fox prefiero concentrarme en el humedal que poco a poco va devorando el mar.


lunes, 8 de mayo de 2017

PEÑÍSCOLA



PEÑÍSCOLA, UN LUGAR PINTORESCO JUNTO A LA PLAYA.
INTRODUCCIÓN


Lejos de mis habituales destinos remotos, arrumbando por un momento el exotismo de Oriente o la acendrada faz de la versátil Europa, hoy planto mi semilla de tinta y crónica viajera en la costera población de Peñíscola. Debo ser el único español que todavía no había clavado su pica y estandarte en aquellas tierras. Todo el mundo en derredor me mira con asombro, contándome maravillas de lo que yo estimaba como un mero destino de toalla y chiringuito. Mayor es mi asombro cuando me topo con una placa muy elogiosa que enmarca a Peñíscola como uno de los pueblos más hermosos a nivel nacional. Viajo hasta allí pues con la creencia errónea de sumarme a la ingente nube turística que llega hasta Peñíscola para robarle al sol un flamante bronceado y unos pocos largos en esos mares de verano que se llenan de visitantes de marchamo español y legiones inconmensurables de franceses, ingleses, alemanes, escandinavos y un largo rol de nacionalidades...
 


 Hay otro mundo más allá de las sombrillas, chiringuitos y gentío en paños menores hacinado como sardinas enlatadas. Mi primera impresión la extraigo yo de esos paisajes circundantes que me muestran suaves colinas verdosas y campos de cultivo feraces. Un autobús (tarifa1,50) que pasa sin prisa alguna, cada media hora nada menos, me lleva al casco histórico de Peñíscola desde el lujoso hotel donde me hospedo para olvidarme del tráfago madrileño. Tengo la opción de acercarme también a Benicarló y Vinaroz. Esta última población es algo más interesante que la primera. Benicarló carece de interés a nivel turístico, salvo que tu opción sea simplemente tostarte al sol. En ese caso Benicarló te puede ayudar en ese sentido si el atroz paisaje de horrendos hoteles frente al mar no te pone los vellos como escarpias. Ahora que el estío está aún por llegar, el bonito paseo marítimo no es una sopa humana donde es imposible moverse. Por ello puedo disfrutar a mis anchas de agradables caminatas y sentir bajo mis pies la suavidad de las dunas de la playa y la arena que se extiende rectilínea tratando de ganarle la batalla al mar. Unas fotografías retrospectivas que me enseña Adolfo, un guía turístico de lo más agradable, me muestran el dramático cambio que ha sufrido Peñíscola en las últimas décadas. Sobre una colina avizoro una colina donde se asfixian apelmazadas horrendas edificaciones que se han comido el paisaje. El disgusto se me pasa rápido cuando descubro los entresijos encantadores de este pueblo blanco y azul tan precioso y pintoresco, tan medieval y escarpado y angosto en sus calles laberínticas tan fotogénicas. 


 No puedo por menos que admirar la magnífica muralla renacentista de tiempos de Felipe II (1576) y erigida por Antonelli. Es una obra imponente. Pero yo, que soy de naturaleza curiosa, he buceado en los albores de Peñíscola para descubrir que las primigenias Gaya y Chersonesos en la antigüedad poseían una suprema importancia mercantil para navegantes fenicios y griegos, cartagineses, romanos, bizantinos... Y es que es de entender, dada la estratégica posición que ocupa frente al mar, coronando el peñón ahora atestado de viviendas veraniegas. Los árabes también dejaron aquí su impronta allá por los años 718-1233. 




Pero eso iba a cambiar con la llegada de Jaime I en el año 1233. Así quedaría "eliminado" del recuerdo el dominio asiático impuesto en 718 por Tarik. Peñíscola está presente en la memoria de la Orden del Temple si viajamos en el tiempo hasta 1294, y en la de la Orden de Montesa si avanzamos hasta 1319. Así, finalmente, montados en una vagoneta que recorre años como si fuesen las páginas de un libro, llegamos al celebérrimo Benedicto XIII (el Papa Luna) y su sucesor Clemente VIII como moradores ambos del castillo tan magnifico y emblemático que es enseña de Peñíscola. Gracias a sus destacables acicates, Peñíscola ha servido como enclave idóneo para grabar series de televisión tan famosas como " El chiringuito de Pepe" o la película "Calabuch" (1956) con José Luis Ozores en el reparto y argumentación taurina.


 A lo lejos, desde el puerto, observo una densa masa de vegetación esmeraldina. Se trata del Parque Natural de Irta. Si te quedas en silencio y te sitúas frente al Bar Café Casa Lucío puedes escuchar el rugido del mar que penetra por una oquedad natural que aquí se conoce como "El bufador". Empieza ya el despliegue de bares, restaurantes, locales para tomar algo, comer, cenar, etc... Si subes por la calle Mayor mejora la cosa de manera exponencial. Te das de frente con un mirador alucinante que domina la zona de Levante y de poniente.
 

Pasando la Plaza armas y la calle San Jorge descubro al ínclito prelado Benedicto XIII, una enorme mole de color verdoso. Su efigie aparece sedente (sentada), dando la bienvenida y bendiciones varias al viajero. Ya dentro del castillo templario, que me cuesta entrar cinco euros, me quedo asombrado por su austera belleza románica y singularidad. Es por así decirlo una fortaleza que conjuga función monástica y militar. Pero acaso lo más llamativo sea que fue erigido en tan solo 13 años. Esto me lleva a imaginar la cantidad de manos que tuvieron que trabajar ahí para alcanzar tamaña gesta. Como comentaba anteriormente, aquí residieron Benedicto XIII y Clemente VIII, situando a Peñíscola como la tercera sede papal del mundo. 
  
Merecidamente, en el año 1931 esta fortaleza fue declarada Monumento Artístico Histórico  Nacional. Visitando el interior, contemplando las panorámicas, se te va una hora como poco.