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jueves, 12 de octubre de 2017

SILOS



SILOS



¿A qué huelen las palabras? Barruntaba (conjeturaba) un spot publicitario hace algún tiempo. A mí Silos me huele a sotana raída de monje dominicano, me huele a incienso de catedral “capitalicia” y a canto gregoriano, si es que tal cosa puede imaginarse siquiera. En mi mente, Silos tiene forma de monasterio y de coro masculino de voces unísonas que resuenan como ecos celestiales bajo la mirada imperturbable de una bóveda románica y un altar muy espartano. Silencio, retiro espiritual y un claustro dominado por árboles frutales y el murmullo de una fuente que derrama un chorro modoso (que guarda compostura) de agua cristalina. A eso me huele a mí Silos, a calma y recogimiento.

 
Ubicado a 57 km de Burgos me sale al paso este monasterio de monjes benedictinos. Hay que retroceder hasta el siglo X, con Fernán González como primer conde de Castilla, para tener noticias del convento. La villa de Silos es pequeña y coqueta, estilo medieval. En esta línea primigenia quedan ya tan sólo la Puerta de San Juan y la de Calderera. Pero sin duda el mayor estímulo se encuentra en el visitado y conocidísimo monasterio. Pago religiosamente la entrada, 3,50, y accedo enseguida al fascinante claustro románico, siglo XII-I. Me cuentan que este lugar debe su reputación y áureo renombre al denuedo del monje Domingo Manso, quien en 1041, transferido desde el monasterio de San Millán de la Cogolla, reforma el monasterio. Es precioso el artesonado policromado y las columnas gemelas, abrazadas en el tiempo inmemorial. En la galería norte inferior se halla el sepulcro de Santo Domingo. Mi mirada es remisa a abandonar el claustro y por eso se ha quedado prendada de los capiteles de las columnas, rematadas con relieves de ábacos, arquivoltas y ajedrezado de Jaca. Esta es la mano del hombre artesano que esculpe y
cincela, crea prodigios sobre la superficie dura de la piedra. Capiteles diferentes que hablan de motivaciones diferentes, que forman parte de un momento histórico de recreación e inspiración. 


 
Más espiritual se me antoja el “oasis” o vergel hortícola en medio del claustro. La serenidad, atrapada en la raigambre del tiempo, me susurra y me conmueve.





 Longevidad inconmovible es lo que representa el ciprés añoso que se erige allí en medio, como un vigía de todos los siglos vividos. 150 años acompañando las penas y alegrías de este recinto señero, recluido. 


 


Sigo caminando para toparme con la maravillosa imagen de Nuestra Señora de Marzo, siglos XIII-XIV. Son magníficos algunos de los relieves, en su día coloridos como una festiva primavera floral. Destacan sin duda, reclamando mi atención, el de “Anunciación y coronación de María” siglo XII y el de “El resucitado y Tomás”, siglo XI. 
 



En otra línea dispareja abordo ahora la umbrosa concavidad de la pequeña rebotica y el museo, que también es modesto y que me permite adivinar el contorno del pretérito refectorio, hasta el año 1970. Un incendio puso fin a sus días de manduca (almuerzo) en reverente silencio. 

 
También encomiable es la “Virgen de la manzana”, fabricada en talla de madera policromada y dorada del siglo XV, o el arca del Jueves Santo. Y para rayar en la obscenidad del boato, el ostensorio de bronce y piedras semi-preciosas, o sea, una de esas cosas que te hacen meditar sobre la ambigüedad del estatus clerical y sus comentados votos de pobreza. Pero el paradigma de esta brutal incongruencia por antonomasia tiene su cúlmen en el suntuario Vaticano papal.

Concluye esta crónica de Silos con un par de indicaciones más sobre el monasterio, que es a fin de cuentas la guinda de un pastel de renombre mundial. Hubiese querido festejar con mayor derroche palabrero las cualidades de la propia villa, pero en realidad caben en un puñado de adjetivos y definiciones lo que nos espera en sus calles. Como siempre digo, la mejor manera de ampliar la información obtenida es a través de los ojos propios y unos pies infatigables que no le tengan miedo al recorrido desconocido y menos turístico.

martes, 3 de octubre de 2017

DESFILADERO DE LA YECLA



DESFILADERO DE LA YECLA



Me pasa con frecuencia cuando viajo, que cuando visito los típicos enclaves y puntos calientes turísticos, estos resultan ser tan sólo una porción incompleta de todo lo que tiene que ofrecerme el nuevo desafío aventurero que me traigo entre manos. Los bucaneros buscaban tesoros, mercancías intercambiables. Yo busco recuerdos para atrapar en mi maravillosa NIKON D-80 y por ende, en mi álbum de fotos memorístico. Hay que pasar siempre por la Oficina de Turismo y preguntar sin rodeos, desnudar ese pedazo de tierra inexplorado, abrirle las entrañas y ver qué diantres hay tras las costillas. Eso viene a ser básicamente el desfiladero de La Yecla; un tesoro inexplorado de camino a Santo Domingo de Silos. Hemos dejado aparcado en la cuneta el Ford Focus, que es más viejecito que la primera edición del “Un, dos, tres” (un tanto exagerado yo) pero que va como una flecha, para penetrar en una senda estrechísima engullida literalmente entre dos montañas. El paisaje es idílico y a simple vista puedes ver cómo planean sobre tu cabeza las aves rapaces.

DATOS DE INTERÉS

EL CAÑÓN TIENE 100 METROS DE ALTURA Y ESTÁ SURCADO POR EL ARROYO EL HELECHAL


En ocasiones, por magro que seas, tendréis que pasar en fila india. El camino es bonito, tiene un punto de aventura y lo puede hacer todo el mundo, desde ancianos a niños. Además, está bien asfaltado y hay una pasarela para evitar caídas al vacío. Que no cunda el pánico. 



 

Es más peligroso caminar por la Gran Vía de Madrid que por aquí. Si te pasa como a mí, que convivo a diario con dosis ingentes de ansiedad y estarme quieto como un tótem más de diez minutos es tarea imposible, adorarás el sonido del silencio y del goteo constante del agua que cae sobre el lecho de un arroyo casi insignificante.
ORLANDO TÜNNERMANN

jueves, 28 de septiembre de 2017

COVARRUBIAS, "VILLA RACHELA"



COVARRUBIAS, “VILLA RACHELA”.

DATOS DE INTERÉS. COVARRUBIAS, ASÍ DENOMINADA POR LA INGENTE CANTIDAD DE CUEVAS ROJAS RAYANAS (PRÓXIMAS) AL CASCO URBANO EN EL ÁREA DEL RÍO EN DIRECCIÓN A LA VECINA SALAS DE LOS INFANTES.

  
Empecé mis nuevas crónicas viajeras de un día y medio deteniéndome en la bella Lerma del duque Francisco de Sandoval y Rojas, valido del monarca Felipe III. El regusto placentero aún habita delicioso y memorable en mi paladar, pero ese sabor tan delectable parece henchido de satisfacción cuando arribo a la vecina Covarrubias, también llamada “Villa Rachela”. La exégesis o explicación de tan singular denominación tiene su miga, tiene su aquél, vaya. Existen diferentes ramales o brazos que finalmente desembocan en una análoga conclusión: belleza, hermosura. El conde Fernán González se enamoró en su día de una beldad (belleza) local, natural de la villa. Dio en llamar a aquella lugareña “Rachela”,  en alusión a la hermosa esposa de Jacob, Rachel. Covarrubias, eso dicen, está, estuvo siempre preñada de belleza femenina. Este atributo tan deseable y admirable se asocia ya de manera intrínseca a aquel calificativo acuñado por el conde Fernán González y a la evocación de la bíblica Rachel, esposa del patriarca Jacob. Covarrubias, por su belleza indiscutible, se granjeó igualmente el apelativo “Villa Rachela”. 


Declarada en el año 1965 Conjunto Histórico Artístico Nacional, sus orígenes datan del siglo X y fue la primera capital del primer infantado de Covarrubias en tiempos del ínclito Fernán González,  quien fuese además primer conde independiente de Castilla. Estas tierras de pasado romano y celtíbero, se sabe que la tribu de los turmódigos merodeó por estos territorios a sus anchas, esconden tras el arco que da acceso al casco histórico una villa medieval digna de estancias largas y visitas recurrentes. No me lleva ni medio suspiro toparme de frente con la Oficina de Turismo y una suerte de callejones de corte medieval,  con suelos empedrados y casas de estilo colonial, balcones de madera con preciosas rejas, celosías y una selva de plantas pendiendo hacia la calle. La vida bulle en la Plaza de la infanta Doña Urraca, que es donde se ubica el Ayuntamiento. Como yo soy una criatura observadora, al menos cuando viajo pertrechado de mis trebejos (útiles) de escritor, he reparado en la belleza generalizada de Covarrubias; una belleza que salpica a cada uno de los vericuetos y elementos que conforman la ciudad. De hecho, incluso las papeleras son preciosas: recintos para almacenar residuos con forma de casas coloniales. 

 Si a esto le añadimos el descubrimiento de secretos callejones de halo romántico, parecemos ya personajes de un cuento clásico. Me deja epatado (fascinado) el municipio o villa que vería nacer al preeminente Divino Vallés, médico de cámara de Felipe II, considerado máximo exponente de la medicina renacentista. En las fachadas de los principales monumentos ha quedado pintada la claridad del día y el amanecer, como en un anhelo desesperado por contraponerse a la sobriedad del barroco y la tristeza del gótico. Covarrubias merece pleitesía y tiempo de cortejo, pero mi tiempo es limitado y mis ansias de fagocitarme la villa (comérmela entera) son colosales. En todo caso, el reloj me tiene sojuzgado (sometido) y debo sopesar quién se queda dentro y quien sale de mis planes de exploración y análisis metódico. No puedo liberar de esa lista indispensable a la antigua botica del licenciado Luis Martínez del Valle.

 Realmente bonita, conserva la esencia primigenia de principios-mediados del siglo XX. La visita se realiza con un tipo de lo más locuaz y amable, Raúl Martínez, descendiente directo del boticario. 




Los enseres que allí se ven expuestos, objetos, todo ha sido mimado, conservado y remozado (restaurado) al detalle por Raúl, para orgullo, allá donde esté, de su tatarabuelo. Rezuma alma decimonónica (siglo XIX) este remanso de paz entre albarelos o “tarros de drogas” pintados a mano, obras de arte en realidad que datan desde el siglo XVIII-XX. Para disfrutar de esta travesía por el recuerdo añejo tan sólo te pedirán un donativo. Esta botica es como un pequeño museo de la farmacología. También muy amena la visita a la iglesia de Santo Tomás. A primera vista parece pedir a gritos un lavado de cara, un aseo completo con limpieza de cutis y rejuvenecimiento facial. Data la original de tiempos de Doña Sancha, año 1148, aunque la actual es del siglo XV. En este mismo lugar, un tanto umbrío y necesitado de cariño, compro un libro de apariencia anacrónica (de otra época) pero que relata a las mil maravillas las excelencias de Covarrubias. Volviendo a Santo Tomás debemos olvidarnos de esa primera impresión con forma de desdoro y carencia de lustre (brillo, elegancia, nitidez). 


 


La iglesia es magnífica y en su interior penumbroso se guarece una preciosa escalera plateresca, un tanto gastada ya. 

Sin duda los clérigos hacían uso de ella con frecuencia para acceder a sus dependencias. Veo seis retablos y un órgano magnífico del siglo XVIII. Otra joya inesperada es el púlpito policromado del siglo XVI, así como los sepulcros y el baptisterio donde fuese bautizado ese galeno preclaro y preeminente llamado Divino Vallés, médico de cámara de Felipe II y máximo exponente de la medicina renacentista.

De los retablos cabe destacar el que se dedica a San Juan Bautista, atribuido a Juan de Amberes. Sigo avanzando por uno de los pueblos más bellos de España, así lo indica un marchamo de reconocimiento a su excelencia, esa belleza “Rachela” que cuelga de los balcones de madera o está prendida en las fachadas coloniales y las calles medievales. El río Arlanza parece deprimido de pura sequedad, pero ello no es óbice (obstáculo) para que mi ánimo viajero quede incólume (ileso) y así pueda yo disfrutar de mi siguiente parada en la Colegiata de San Cosme y Damián. En un paraje tranquilo, callado, sereno se alza esta mole del siglo XV, erigida sobre los restos de una iglesia románica y otra muy anterior visigótica, allá por el año 645 en tiempos de Chisdasvinto. 



La rodea un parque con bancos y mucho arbolado, idóneo para el romance y la buena lectura, los paseos sin prisa y las hondas reflexiones. Aquí me encuentro con la estatua de la princesa noruega Kristina, esposa de D.Felipe, quien fuera hermano de Alfonso X El Sabio. 

 
Su sarcófago se halla en el interior, donde descansan en paz los restos mortales de la escandinava princesa. La Colegiata en sí misma es acicate de sobra para acercarse a Covarrubias, aunque solo fuese para admirar el soberbio tríptico de “La Adoración de los Reyes Magos”, en palabras del Marqués de Lozoya: “La obra más excelsa del arte flamenco”.

Es precioso el claustro del siglo XVI y el órgano del XVII, el más antiguo que aún suena en Castilla y León. Me inunda la luz “catedralicia”, columnas titánicas y galerías soberbias donde surge el esplendor del barroco. Tumbas por doquier y gótico me salen al encuentro. Berruguete y Van Eyck tienen aquí su momento de gloria también, aunque todo parece solapado cuando admiras una vez más el retablo antes mencionado,
probablemente obra de algún discípulo de Diego de Siloé.

martes, 26 de septiembre de 2017

LERMA



LERMA
(FUNDADA HACE 400 AÑOS).



Han cogido polvo mis maletas después de aquellas travesías peruanas de Julio. Para quietarles la pátina de melancolía me he escapado un día y medio a la localidad de Lerma, en la Comarca de Arlanza. Me adentro en la epiglotis de Lerma atravesando el arco de la cárcel, entrada original de la villa ubicada en la muralla medieval.
En la Oficina de Turismo me inscribo a una excursión, guiada por el simpático y dicharachero Claudio, que me permite admirar los puntos álgidos de esta villa barroca, con permiso del duque de Lerma, Francisco de Sandoval y Rojas, valido de Felipe III
desde 1598.

DATOS DE INTERÉS
EL DUQUE DE LERMA, VALIDO DE FELIPE III, FUE PROCESADO Y DESTERRADO EN 1618 POR EL CONDE DUQUE DE OLIVARES. COMO CARDENAL VIVIRÍA EN VALLADOLID LOS ÚLTIMOS SIETE AÑOS DE SU VIDA. A ÉL DEBEMOS LA FISONOMÍA BARROCA DE LERMA, SUS CASAS NOBLES, ERMITAS, CONVENTOS, UN HOSPITAL…, TODO ELLO ERIGIDO EN EL MARCO TEMPORAL DE 17 AÑOS.

Desde la propia Oficina de Turismo accedemos al alucinante Palacio Ducal, actual Parador Nacional de Turismo, y a la zona de conventos, a los cuales el duque llegaba “guarecido” de miradas curiosas a través de un pasadizo. 
 




Era sin duda un ingenioso y taimado sistema para eludir al vulgo y los chismorreos ingratos. A través del pasadizo podía asistir a los oficios religiosos junto a su comparsa sin ser visto ni molestado. El Palacio Ducal, de estilo herreriano, se asoma a los anodinos campos panorámicos de la vega del río Arlanza. Ya en estas calles medievales empedradas es una delicia explorar sus vericuetos y cuando los pies lo decidan, penetrar en el sagrado refugio de La Colegiata de San Pedro y San Juan Bautista.
 
Sencilla y austera su portada herreriana, guarda en su interior un portentoso altar barroco de estilo churrigueresco.



Columnas salomónicas, lapislázuli y mármol en los ornatos que me hacen considerar la pequeñez de mi ser humano frente a estas maravillas estéticas. El duque de Lerma erige este templo con denuedo ímprobo, coadyuvado (ayudado, apoyado) por Felipe III, la bendición del Papa Clemente VIII entre 1613-17 y las manos artesanales de Fray Alberto de la Madre de Dios. Son una maravilla los órganos de Diego Quijano, construidos en madera de pino entre 1615-16, así como la estatua de bronce del arzobispo de Sevilla, tío del Duque de Lerma, Cristóbal de Rojas y Sandoval, construida en 1603 por Juan de Arfe y Lesmes Foez del Moral. Desde las bancadas hieráticas (calladas, serias) no puedes verla, como si adrede buscase refugio junto a un magnífico retablo. Mis manos, que son juguetonas y curiosas, lo quieren tocar todo, sienten la tentación de acariciar los pliegues de su vestimenta, rugosos, crispados, como si el viento o el oleaje de un mar “gallego” los alterase en una tarde procelosa (tempestuosa) de invierno. 
 
Como si de una maldición faraónica se tratase, algunos de los operarios que trabajaron en su construcción perecieron. Nada espectral ni maléfico destila la estatua de bronce, pese a que inicialmente fuese concebida o ideada para cumplir funciones funerarias. Fue el mercurio, que también se utilizó en su elaboración, lo que acabó con sus vidas. Poco queda de esa impresión primigenia que yo calificaba de austera y anodina en la portada. Es el turno del fascinante y elegante coro de Juan Gómez de Mora y Pedro de Archerestrua. Mis pies me llevan ahora hasta la magnífica mesa taraceada que ocupa la sacristía, como si le perteneciera y quisiera subyugarla. Son fascinantes sus piedras incrustadas con lapislázuli, jaspe, ágata. Se trata de un diseño italiano trabajado con la técnica denominada “Comesso”, básicamente un dibujo o patrón con teselas, esas piedras de colores que forman escenas romanas en los mosaicos, dispuestas sobre una pieza de mármol. La sacristía en sí misma es casi tediosa, acogotada por la suntuaria (lujosa) mesa.

 Sigue la misma estética adusta exterior la iglesia de la Ascensión del Señor. Muy recoleta y pequeña, alberga un retablo magnífico en su interior decorado en madera policromada con cuádruple columnata y cuadros de Carducho. Prosigo fascinado observando en detalle el precioso relicario y una singular virgen, acostada en una cama barroca dorada tras una celosía de reja. De algún modo he llegado hasta la Plaza Mayor, cuya parte norte constituyese el pasadizo del Palacio Ducal que, subrepticiamente, conducía a la Colegiata.

Me siento espiritual y divino. Será por ello que me detengo en el convento de Clarisas Hermanas Jesu Communio. Llamo al timbre y al rato aparece una monja de clausura en la puerta de enfrente. Esta es una parada “técnica” de abastecimiento para comprar dulces artesanales que producen las religiosas. La oferta ante mis ojos concita los estímulos necesarios para que comience a salivar de pura gula edulcorada: bombones, pastelitos, brownies, dulces de membrillo, almendras de Pascua, pastas de té, rodajas de naranja confitada… Me quedo con el dato imprescindible de que además, todos estos productos se pueden adquirir vía internet. 

 Me atendieron las monjas con amabilidad y una sonrisa radiante que me alegró el resto del día. Aquí, en la Plaza de Santa Clara yacen los restos del héroe Jerónimo Merino, “El cura Merino”. Fue un guerrillero afamado, intrépido y osado en la Guerra de la Independencia, esto que les entusiasma tanto a algunos catalanes, cuando en aquellos días aciagos las tropas francesas irrumpieran en la villa de Lerma para robarles toda suerte de víveres, alimentos, suministros…


 
Una repentina desconexión sacra me lleva a distender en la Plaza del Mercado, a la que arribo casi sin pretenderlo siguiendo la Calle Chica y la Plaza Mayor. Pero aquí en Lerma, si quieres calarte de iglesias lo tienes fácil. Otro convento: el de San Blas (1613-17). Me gusta la fachada, blasonada sobre la piedra clara. En su diseño vuelvo a reencontrarme con Fray Alberto de la Madre de Dios y Francisco de Mora. De la misma época es el monasterio de Santo Domingo, sencillo pero bonito y también blasonado, como por arrebato de envidia. Si no has tenido suficiente puedes dilatar la experiencia místico-sagrada en el monasterio de la Madre de Dios, que es sencillo y austero y sigue la estética blasonada ya comentada antes.



viernes, 8 de septiembre de 2017

MACHU PICCHU



MACHU PICCHU

WWW.EL-REINO-DE-VERBANIA.BLOGSPOT.COM


“NO ROMPAS EL SAGRADO SILENCIO SI LO QUE TIENES QUE DECIR NO ES MÁS IMPORTANTE”.

 

 


Este lema me parece idóneo para visitar una de las SIETE MARAVILLAS DEL MUNDO, ésta en concreto muy merecedora de tal galardón. Concluye mi periplo por tierras incas en la JOYA DE LA CORONA por antonomasia: MACHU PICCHU.

Partimos del animado, pintoresco y precioso pueblo de Aguas Calientes, escindido por los ríos Aguas Calientes y Urubamba. 



El grueso del grupo vamos enzarzados en animadas conversaciones en un tren que se me antoja de fantasía romántica, novelesco en realidad, cómodo, muy decorado y pertrechado con mesas para tomar el té. Parecemos personajes de una novela de Agatha Christie. Nadie pierde de vista el paisaje. Tenemos hora y media de trayecto para soñar con la arcana ciudad perdida descubierta en 1911 por el explorador y profesor de historia norteamericano Hiram Birgham.

El paisaje es montañoso, circuido de naturaleza exuberante. Barrancos y verdor amazónico a través de la ventana. 
 
El tren avanza sin prisa, conchabado con mi cámara para que ésta pueda congelar en un momento instantes de mi vida en dirección a Machu Picchu o “Montaña vieja” según las transcripciones quechuas. Aún nos queda otra fase determinante para que el romance de comienzo. Debemos tomar un autobús y ascender ocho kilómetros por una carretera anfractuosa, angosta, terriblemente accidentada, en cuyo firme fangoso no me extrañaría descubrir huellas de salvajes depredadores. Esto es la jungla inexpugnable. Parece un milagro que el autobús no se rompa en mil pedazos como una mera ilusión óptica. En ocasiones, cuando un autobús sube otro baja. La carretera no está como para hacer malabares. Con tanta curva y barranco, las emociones están garantizadas. Viajamos en una batidora con ruedas pero al fin llegamos. Hay gente que ha hecho este mismo camino a pie, que a mi juicio, es bastante más parecido a una aventura en toda regla. Pero vamos en un grupo, formo en esta ocasión parte de un “rebaño”. Tampoco es plan de ir por la vida de anacoreta (ermitaño).

Ante las taquillas se arremolina un torbellino humano de dimensiones bíblicas: aquello parece el éxodo judío. La entrada, si vas por libre, te cuesta 152 soles. 
 


A juzgar por la gente que avizoro, los ingresos obtenidos gracias a los turistas aquí deben ser copiosos, pingües, una barbaridad vaya. Las vistas espectaculares comienzan enseguida con una panorámica de barrancos y terrazas incas cuya visión le hacen a uno dar gracias a la vida por haber nacido. Estamos a unos 2480 metros. Este es el hábitat del oso de anteojos o “Ukuku” en quechua. También del precioso gallito de las rocas, ave nacional de Perú, cuyo plumaje anaranjado tiene el fulgor del fuego. Se me antoja singular la confluencia simbiótica de las terrazas agrícolas incas con las ruinas de la ciudad que, como todo secreto arcano, finalmente emergen a la luz para revelar toda su belleza soterrada como pasto (nutrientes) de la madre Tierra. 




 No hay referencia alguna del origen de Machu Picchu. Su hallazgo fue algo fortuito, pues la selva impenetrable cobijaba a la ciudad en las simas más profundas de su corazón, como si quisiera reclamar para si todos sus misterios y con aire atrabiliario (huraño) desdeñase a quienes ahora veneramos su fisonomía verde-montañosa. 



 
Fue un campesino apellidado Arteaga quien a cambio de un sol, o sea, calderilla, informó a Birgham en el año 1911 de la existencia de unas construcciones prehispánicas. El humilde labrador estaba quemando sus campos con el fin de ampliar sus dominios. Bingham, que en realidad buscaba oro, logró desenterrar nada menos que 40.000 piezas arqueológicas, cuatro templos y ciento sesenta viviendas. Se estima que la población oscilaba entre 800 y 1000 almas. Dispongo de cuatro horas para embadurnarme de emociones con la mera contemplación de esta maravilla al alcance de unos pocos privilegiados. Mientras me muevo a ritmo cadencioso por este gigantesco laberinto lítico (de piedra), imagino a Birgham y a su partida arqueológica “desembalando” restos humanos que vomita la tierra: 173 en total, de los cuales 150 eran femeninos y tan solo una minúscula partícula humana formada por un reducto colectivo de 23 hombres. Unos pocos afortunados, quienes han logrado “hacerse entender” con la agencia de viajes que ha organizado este tinglado, se ve que mi castellano aún dista mucho de ser comprensible, pues bueno, esos otros afortunados que se explican de maravilla, han reservado una excursión que hay que pedir con mucha antelación para ascender a la cima del Waynapicchu o “Montaña joven”. Yo, que soy de buen conformar, como el desaguisado ya no tiene solución, me quedo tan feliz con mi Machu Picchu, recorriendo este dédalo (laberinto) de piedra con la ilusión y emoción de Birgham a principios del siglo XX. Como lo que tengo que decir no es más importante que el silencio sagrado, no voy a romperlo. Os dejo con las imágenes de Machu Picchu