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viernes, 30 de septiembre de 2016

TASIUSAQ INLANDIS DE TASERMIUT





 Continúa la incesante travesía por este apartado y pintoresco lugar del mundo, donde las palabras son silencio y los colores casas de madera en pueblos casi abandonados. La historia de Tasiusaq, junto al inlandis de Tasermiut, no puede ser más aciaga (triste, infeliz). Sus habitantes fenecieron de hambre en el año 1870. Lo que ven ahora mis ojos es el resultado del arduo trabajo de los herederos, descendientes, quienes quedaron, a fin de cuentas, para resurgir el ave fénix de sus cenizas. 88 habitantes para ocupar un pueblo fantasmal a la par que precioso. El paisaje es de postal; fiordos allá, montañas acullá, neveros, un fiel trasunto (copia, algo parecido) del encantador pueblo canadiense de Banff.





 Senderos, cumbres inexploradas, un entorno casi ignoto (desconocido) que pone a hervir mis neuronas de viajero infatigable.



Hoy dormimos en el campamento Kuusuaq, que adopta su complejo nombre del río salmonero más relevante del sur groenlandés. De regalo, el lago Mayor, que es de postal canadiense, y el inlandis de Tasermiut, que con su belleza devora la tristeza y te impregna de emoción.



Los amantes de la pesca se reúnen por aquí para probar suerte en esas aguas gélidas tan fotogénicas y virginales. Es una maravilla caminar por el sendero de Saputit, pero antes haremos una breve parada en la destartalada mina de grafito de Amitsoq, que funcionase desde principios del siglo XX. 




Los mineros que trabajan y vivían aquí, noruegos y daneses, esperaban como agua de Mayo los víveres, que llegaban tan solo dos veces al año. La mina está abandonada, aunque eso no impide que los terribles mosquitos groenlandeses, que serán como una pesadilla durante mi estancia en Groenlandia, campen por allí a sus anchas y no den tregua. La mosquitera, que es como un burka de color verde; se convertirá en el mejor invento del hombre después del fuego, si se permite la broma. Sin la mosquitera tragarás mosquitos como si fueran caramelos o golosinas a la puerta del colegio.


TASERMIUT

Muy al gusto canadiense y de aquellos parajes increíbles de Alaska, o incluso de la costa oeste americana, está este entorno bendecido por las musas de la naturaleza salvaje e inexplorada. 




Nos quedamos sin palabras cuando la zodiac nos "arrima" al frente glaciar de Tasermiut. El día se presenta ventoso y desembarcar allí es más difícil que encontrar un león por estos lares helados. J.J, experto navegante, lo consigue finalmente después de varios conatos. El agua tiene un sonido y una fuerza casi mitológicos, pero la experiencia merece la pena, aunque ese tronido y el aire tremendo nos hagan de vez en cuando contemplar con reticente anhelo el regreso. 



Pero para imponente, la barrera de hielo de Ulamertorsuaq, cuya altura es incluso superior a la del famoso Gran Capitán del P.N. de Yosemite.

Este viaje tiene mucho de aventura, por eso no me sorprende encontrar ocasionales escaladores y un puente de madera que debemos cruzar, que se mueve, cruje y vibra.



Tiene emoción la cosa, con ese río abajo que parece invocar tu nombre cuando cruzas el artilugio colgante de recentísima inauguración. Carmen nos muestra por el camino un insignificante cúmulo de piedras que, por su disposición, parece querer indicar otra cosa mucho más relevante. Se trata de una tumba innuit del año 1700. Personalmente prefiero dejarme arrastrar por la belleza incontestable de las montañas Ketil y Tininnertuup, y que quienes perecieron descansen en paz bajo el "atolón" pétreo. La caminata de hoy nos llevará a sortear infinidad de escollos y follaje enraizado por este paisaje groenlandés tan afín a las escarpaduras, la roca y la turba. A veces el sendero hay que inventárselo, pues la maleza lo ha fagocitado (devorado) y Carmen va improvisando, buscando caminos alternativos. Uno de nuestros compañeros, Adolfo, sufrió un leve percance en este camino, como digo, tan antipático. Nada que no pudiera curar el buen humor y el espíritu viajero, aún a riesgo de que sus rodillas no estén muy de acuerdo con esto.
Y hablando de compañeros, el inefable doctor todoterreno, Unai, pescó ya por la tarde un ejemplar de salmón que trajo la felicidad a nuestro campamento. Delicioso pescado, cocinado con la maestría de un gran chêf. Más tarde repetirían la gesta, para solaz del resto, Luis, Adolfo y el propio Unai, está vez con un "mega-botín" de siete salmones nada menos.





Nada desdeñable tampoco la paella que nuestra guía, Carmen, "se sacó de la chistera" el día anterior. Este es uno de esos viajes donde todo es posible, incluso en medio de ninguna parte, abrazando la eternidad y las horas muertas. Bien entrada ya la tarde, en torno a las tiendas de campaña, una nueva sorpresa nos esperaba en la forma
cuadrúpeda de un revoltoso zorro ártico que andaba por allí husmeando, dando brincos y carreras, buscando comida y de paso despertándonos a todos del marasmo (inmovilidad, suspensión de actividades) tras la jornada diaria.




PRÓXIMO DESTINO: NANORTALIK


miércoles, 28 de septiembre de 2016

SAARLOQ





NOTA DEL AUTOR: (EL NOMBRE DE LA LOCALIDAD ES SAARLOQ, HAY UN ERROR EN LA TRANSCRIPCIÓN DEL TÍTULO).


SAARLOQ



Otro nombre precioso para un pueblo mudo y de belleza sin admiradores que la adulen. Un pueblo fantasmal, al cual llegamos atravesando una niebla vitanda ( espantosa, abominable ) y un bosque de montañas heladas que aparecen de repente como cadáveres de seres mitológicos. La zodiac se abre paso. Vamos todos muy quietos y callados, pues la situación es algo tensa en ese mar ciego sembrado de icebergs.



Un puñado "invisible" de familias viven en este pueblo de relato de terror. Eso sí, la vista es preciosa. Casas de colores de maderas vetustas, desvencijadas, descoloridas, recién reparadas o en estado de abandono permanente. 





Al igual que en Narsaq, aquí hay un mercado Pilersuisoq, esos lugares de género heterogéneo donde puedes sorprenderte descubriendo que frente a los limones y las manzanas verdes te venden una moto o un rifle para abatir bisontes...



Me he colado brevemente en la casa comunal. Todo muy ordenado y limpio. La radio está encendida y la televisión también, pero ni rastro de gente. Tampoco hay nadie en la pequeña y coqueta iglesia de madera. Todo limpio, como recién pintado. Allí adentro se respira una tranquilidad balsámica, de esas que te hacen reconsiderar tu posición en la vida; esas vidas presurosas que llevamos para tenerlo todo y al mismo tiempo no tener lo esencial: tiempo para vivir, para llevar a cabo tus sueños, para saborear el paso del tiempo vivido.



Nos marchamos a Uunartoq. Tres horas de navegación que son mucho menos pesadas de lo que me temía. Acampamos en un lugar idílico y perdido de la mano de Dios, con el regalo cálido de unas pozas de aguas termales, tres en total, muy cercanas. Estas aguas tórridas forman ya en mi recuerdo posos reconfortantes, placenteros, una de esas experiencias de la vida que por muchas tempestades que arrecien uno nunca olvida. 







Lo pasamos de fábula allí, claro, nadie quiere salir del agua. Nos cambiamos en unas casetas de madera muy precarias pero útiles, que cumplen su función. Solo una de las tres piscinas termales tiene cantidad de agua suficiente como para darnos "asilo" al grupo sin que colisionemos como sardinas enlatadas. Algunos valientes, con el frío que hace fuera en paños menores, salen a toda pastilla hacia una de las pozas más próxima a la línea de la costa. Es más pequeña, pero el agua está muy caliente allí también. Estamos solos hasta que llegan unos visitantes muy discretos, acompañados de un perro muy simpático pero poco acostumbrado a que los extraños le hagan carantoñas. Rosa se lleva un pequeño susto, lo mismo que el perro en cuestión. Las vistas de los glaciares en la playa de Ippik son una delicia. Este paisaje tan edénico (relativo al paraíso) parece un pedacito de la Patagonia argentina.





Ya de regreso al camping, con sus tiendas de campaña plantadas en medio de una soledad inusitada, nos preparamos para acudir al encuentro de la cena en la única casa habitada de Uunartoq. 






El ágape vespertino (de la tarde) es excelente, típica cena groenlandesa que nos sabe a gloria, preparada por unos cocineros magníficos que viven aislados en esta casa durante el estío. La morada en cuestión es pequeña y acogedora. El salmón recién pescado tiene un sabor inigualable.

NARSAQ II


 


COMIENDO EN EL HOTEL NARSAQ 

Sigo deambulando por este bonito pueblo de colores que, comparado con otros que visitaré, viene a ser casi el "Nueva York" groenlandés. Me saluda la gente que está sentada, por no decir petrificada, en los bancos cerca de los puertos. De todos modos, aunque mencione a ocasionales habitantes, la sensación prevaleciente es fantasmagórica.



Poblaciones prácticamente desérticas, un silencio que habla de los orígenes del tiempo y un diezmado ramillete de lugareños que parecen ocultar tras su sonrisa afable secretos arcanos. He llegado hasta una tienda muy pequeñita del tipo de negocios chinos que te venden toda suerte de "alhajas" por un euro. No hay nada autóctono. Todo muy caro e importado del pueblo que queda al lado de mi casa, por así decirlo. Estoy en la zona alta de Narsaq, donde vive la Jet Set, la gente más adinerada. Dejo atrás la bonita tienda blanqui-verde de artesanía y me detengo ante el hotel Niviarsiaq; otro precioso nombre que parece arrancado de la mente de Tolkien y su "Señor de los anillos". 





Niviarsiaq o "chica bonita" es también la preciosa flor violeta que alfombra los valles y enseña nacional. Mi cámara se enamorará de sus pétalos livianos y morados pálidos con copiosa insistencia.
Aquí para comer sólo existe una opción: el hotel Narsaq. Cuando me planto ante su bonita fachada amarilla no paro de preguntarme qué diantres hacen ahí esas bombillas colgadas, dispuestas como si fuesen ornatos navideños. El local es casi idílico, muy bonito y agradable, con su terraza exterior que invita a sentarse y departir sin prisas. Ya en busca de un local que, escuchando a nuestra querida guía, Carmen, se me antoja espectral, sórdido y como de novela de terror, paso una y otra vez por la emisora de radio local, 93MHZ, que no es más que una singular cabaña azul junto al puerto de pescadores. El Artíc Café, el local en cuestión, es enorme y se ve desde lejos, pero casi desisto y lo dejo para otro siglo, pues mi búsqueda es un fracaso constante, hasta que las explicaciones inmejorables de Adolfo, si no recuerdo mal, me llevan por fin hasta la puerta de este "reino de perdición".

ARTIC CAFÉ



Aquí es donde confluyen la estupefacción y la pena, pues este precioso bar de estética norteamericana, estuve en muchos parecidos en una población llamada Jackson Hole, es donde la tristeza y la vida "regalada" se combaten a base de sobredosis etílicas con un fementido (falso) maquillaje de alegría postiza. La paga mensual se cuela por las rendijas que engordan las arcas del Artic Café. Gente sola, gente ebria, gente que sonríe como presa de un éxtasis divino. El local rojo de madera tiene un aspecto clandestino que me hace recordar aquellos similares de la épica serie de televisión "Twin Peaks", básicamente un delirio constante con telón de fondo aterrador y misterioso. En cuanto a los moradores de este "inframundo", es cierto lo que me cuenta Carmen. Tanto ellos como ellas se insinúan y mantienen en todo momento una actitud depredadora, sicalíptica (insinuante, erótica); en acción el juego más antiguo del mundo; el romance, el galanteo, el "ligoteo", vaya. Estos groenlandeses son pocos y lo de aumentar como sea la demografía local es un asunto que se toman en serio. La concupiscencia (lujuria o apetito carnal desenfrenado) no es un tema especialmente reprobable cuando lo que se pretende es fulminar las tasas de natalidad precarias. Me encuentro el Artic Café muy poco poblado, pero una imagen vale más que mil palabras, y lo observado revela precisamente ese caldo caliente, donde las emociones saltan y brincan al mínimo roce. Miradas, insinuaciones, intenciones desnudas, extraños que se acercan como abejas al panal... La híper protección danesa, exceso de ocio, carestía total de ambiciones más allá de las que manda el placer inmediato, una vida pues dedicada a gastarse lo que no llega con el esfuerzo propio, forman una madeja mortal de la que es difícil escapar. El Artic café es un reducto humano de vidas dilapidadas, atrapadas esas almas en las redes de una adicción destructiva.

Después de varios intentos he logrado acceder a la pequeña tienda taller de artesanía, que es anodina y apenas tiene nada sobre esas estanterías desnutridas. 

TUUTUPITS -PIEDRAS EXCLUSIVAS DE NARSAQ Y LA PENÍNSULA DE KOLA, EN RUSIA.


TUPILAKS




Básicamente expenden piedras locales con las que hacen collares, pendientes, bisutería de andar por casa. Mucho más interesantes me parecen los horrendos tupilaks. Estas figuritas deformes, feas, extrañas, pertenecen a la mitología innuit y sus intenciones no son nada benignas, pues pretenden precisamente causar perjuicio al prójimo en una especie de ritual que evoca las malas artes negras de la hechicería o el vudú.

La intención en el uso de los tupilaks, por tanto, era netamente maléfica y se elaboraban a partir de huesos de animales, cabellos, tendones piel y, sin yo querer ponerme escabroso, en ocasiones también se utilizaban partes u órganos humanos (niños). Mediante cánticos y rituales se buscaba arruinar, destruir, perjudicar a determinada persona.

PRÓXIMA PARADA EN SARLOQ...