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viernes, 28 de octubre de 2016

QAQORTOQ II Y CAMINO DE LOS REYES


Algunos apuntes más acerca del singular Artic Café antes de emprender marcha hacia el llamado camino de los reyes. Aquí me he agenciado una bonita visera del local por 149 coronas. Después de la suculenta cena en el más que recomendable Lallaatis Corner, Rosa y yo nos hemos adentrado en este reino clandestino de melopeas. El ambiente no puede ser más deprimente. Singular, estrambótico y también aciago. Toda la paga del mes, los dineros, el peculio (dinero) pasan del bolsillo a engordar las golosas cuentas del propietario de este bar, que parece un cabaret de carretera con esa fachada roja que no pasa desapercibida. La clientela está cegada por la ebriedad. Algunos se caen, se tambalean, beben y gorjean vocablos ininteligibles con la mirada opaca y vidriosa.

Mucha gente que se cae de pura embriaguez, mujeres, hombres que se acercan para un romance imaginario, para charlar, para trabar amistad con unos foráneos que se les deben antojar tan inauditos como un narval flotando en la piscina municipal de turno. El ambiente es a la par atrayente y deprimente. De hecho, me quedo con lo de deprimente. Toda una paga que se regala a las arcas privadas de un negocio de alcohol, que se lleva tu dinero, tu vida, tu salud... 

Borracheras colectivas de un conglomerado de adictos al alcohol, en su mayoría hombres y mujeres que ya no se acuerdan de su niñez. Se nos acercan curiosos, sonríen, nos hablan, tratan de ganarse nuestro aprecio, nos miran como si fuésemos espejismos, foráneos que vienen a maquillar de novedad sus días eternos de noches oscuras y rarezas soleadas en los meses de verano. El local, de claro diseño norteamericano, es precioso, la
verdad. Hemos hablado con un ingente puñado de clientes, transeúntes, vecinos de Qaqortoq inmunes aún a las barrabasadas etílicas. Cristina, la mujer tras el mostrador, es una muchacha vivaracha, atractiva, rubicunda, locuaz y extrovertida. Yo la imagino como la reina de Saba en un reino de perdedores, súbditos y lacayos. Nos ha contado con su desparpajo natural que su tío es propietario de los dos locales Artic Café que hemos visitado en Groenlandia. Con inefable simpatía nos dice que allí son todos como una gran familia. Todos se conocen, están conectados con ese mundo de ahí afuera mediante internet. No quieren saber nada de ese mundo bullicioso que gira y gira a toda prisa, que consume el tiempo como un gigante voraz, que todo lo atesora y nada retiene. Aquí están tranquilos, están bien así. Le pregunto a Cristina si se sienten aislados, pero ella arruga el ceño, como si no comprendiera la pregunta. No me parece una persona desdichada, desde luego... 



IGALIKU, CAMINO DE LOS REYES


Nos hemos puesto en camino hacia Igaliku por el llamado camino de los reyes, que tiene poco de impresionante y mucho de llano y polvoriento. El pueblo, habitado por 40 personas tan sólo, es como de postal, bucólico, precioso, un cuadro de paisaje con escena rural. Se pueden visitar aún los despedazados restos de una catedral, en cuya tumba se hallaron los huesos pertenecientes al esqueleto del primer obispo cristiano que se atrevió a asentarse en este lugar, pese al pavor que inspiraban los vikingos sobre el año 1100. Hay que subrayar las veces que sean menester que este pueblo de ganaderos y granjeros poco tiene que ver con la horda harapienta de endemoniados guerreros que, sin la menor ética y moral, arrasaban todo a su paso. Sanguinarios salvajes, así los ha pintado la industria del cine para remarcar esa presunta ferocidad inhumana. Otro dato curioso acerca de los vikingos. Consideraban a los innuits poco menos que bestias, pues se alimentaban de carne cruda (esquimal, o sea "persona que come carne cruda). Ellos, los sibaritas vikingos, que no se alimentaban de nada que proviniese del mar, nada de catar focas, que vivían en enormes casas de piedra imposibles de caldear, perecieron de hambre y frío cuando sus pastos se congelaron, perdiendo así su única vía de alimentación.
El camino que me lleva a Igaliku, una llanura de unos 2,5 kilómetros, está "asfaltado" de unas curiosas piedras rojas con pintas blancas que solo se pueden encontrar aquí. En realidad es tierra prensada. Hemos pasado frente al llamado bosque de los niños, inaugurado en el año 2004 para festejar por todo lo alto el nacimiento de una nueva criatura. Por cada niño nacido, un nuevo árbol plantado. 


Hay pocos, la verdad, pero están protegidos con una barrera, para que a nadie se le ocurra cruzar al otro lado.

Igaliku es sin duda un reino de mansedumbre y desconexión del mundo en derredor. Aquí veranean príncipes y reyes, pero no llegan como nosotros, atravesando este sendero de bueyes. Lo hacen, por supuesto, a través del mar, o en helicóptero, sobrevolando estos cielos despejados.




Unos postes me indican en el camino la dirección a Igaliku e Itilleq, así como a unas cascadas y de retorno a Qaqortoq. 





Al fondo del valle se desnuda ya el pequeño pueblo de colores y casitas ordenadas para la foto. En medio, como una joya reluciente, hay un hotel y de satélites algunas ruinas vikingas y los restos del arzobispado de Gardar, capital religiosa de los vikingos. La amenaza de un foem ha sido suficiente para dejarnos al grupo contemplándolo desde la lontananza (lejanía).





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