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viernes, 14 de octubre de 2016

NANORTALIK II


 NANORTALIK II

Caminando he llegado hasta un hotel abandonado que bien podría insuflar ideas de lo más macabras para alguna de mis novelas. 




El entorno, con una gasolinera destartalada que parece de película de terror de serie B, le confiere al hotel Tupilak, pintado de blanco sucio y negro, un aspecto como para anidar en su interior un torrente de pesadillas. Más allá aparece otro albergue turístico, pero a este, con fachada azul cerúlea, se le nota ya de lejos su catadura moderna y vigente, aunque no encuentro el nombre del hotel por ningún sitio, como si un tupilak maléfico se lo hubiera tragado para pergeñar (llevar a cabo) esotéricos conjuros. Antes de catar un café bastante horrendo en el Café 44, he pasado por nuestro alojamiento novísimo, muy cerca de uno de esos fiordos autóctonos que te hacen apreciar las cosas más inanes de la vida y reflexionar sobre la brevedad del tiempo y la necesidad de hacer buen uso de él. 


El llamativo café 44, con esa fachada verde que es como el ojo de un dragón enfurecido, es un local acogedor con música de ambiente moderna y un escenario para todo aquel que lleve un artista dentro y quiera descubrirlo.


MERCADO DEL PESCADO





 Ahora nos embarcamos con dirección a la impronunciable localidad pesquera de Alluitsup Paani. Como todas las demás, pareciera que un cataclismo se hubiese llevado los últimos vestigios de vida humana. Es difícil no ver la perturbadora iglesia de color negro delante del puerto.

ALLUITSUP PAANI



 ALOJAMIENTO

ALREDEDORES DE ALLUITSUP PAANI







Cogemos provisiones hídricas, o sea, agua, en una casa de color azul pitufo. Hay un caño donde uno puede abastecerse con solo pulsar un botón que la vomita con un estruendoso chorro.


 La mansedumbre de cementerio me persigue mientras atisbo alguna tienda por aquí algún mercado por allá. Rápido llega esta vez el final, antes de enfilar los prolegómenos de la primera parte de mi siguiente crónica viajera por la interesantísima Qaqortoq.


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