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martes, 13 de septiembre de 2016

VALLE DE LAS MIL FLORES





Nos espera una jornada que dará mucho que hablar, pues detrás de este título tan bucólico subyace una caminata con remate final en una escarpadura de órdago que no la quieren para sí las cabras ni las ovejas. Más que el cansancio físico, que tampoco es para tanto, la dificultad radica en la complejidad de ese sendero anfractuoso (irregular, escabroso), angosto, repleto de matas, matojos, ramas anchas y rugosas, piedras y rocas que resbalan, que se mueven, tramos donde debes agarrarte con manos y tentáculos si ello fuera posible. Como todo en Groenlandia, un pequeño esfuerzo vendrá siempre recompensado con una maravillosa vista panorámica, un glaciar, un fiordo alucinante o un paisaje edénico (relativo al edén o paraíso). La primera etapa de la excursión es tranquila.


EL HORRENDO "BURKA ANTI-MOSQUITOS", IMPRESCINDIBLE PARA SOBRELLEVAR EL ACOSO DE LOS INSECTOS VOLADORES.





Terrenos llanos y bonitos que dedicaré a recrearme en los sentidos, pues este es uno de esos viajes donde las palabras son un lastre y las emociones un lenguaje que debes dejar libre para que explore sin descanso.


 Groenlandia me hipnotiza y me deja en un estado catatónico que me impide constantemente interactuar con las cosas más sencillas, como si hubiese entrado en un estado transitorio de "navegación" espectral y el mundo mundano me interesase ya lo justo. Es algo que hay que experimentar, pues las palabras, como digo, a veces son un lastre. El valle de las mil flores me sorprende con su colorido impresionista. Me pregunto qué dirían de esto Sisley, Monet o Pisarro, eximios (famosos) representantes de este género pictórico. Valle de las mil flores, así denominado por la cantidad de flores típicas groenlandesas aquí hacinadas, si lo tienen a bien los granjeros de la zona, que se empeñan en recortar y segar el prado para disgusto de quienes buscamos una típica estampa floral. Tras una caminata de nivel básico se llega a la parte más antipática, no apta para gandumbas (holgazanes), flojos ni quejicosos. Debemos subir el grupo, en estos momentos muy participativo y locuaz, luego cambiará la cosa, por una rampa preñada de vegetación molesta, piedras muy traicioneras y unas cuerdas azules, si no recuerdo mal, que alguna vez debieron servir para agarrarse y coadyuvar (ayudar con) con la subida, y que ahora son cadáveres de hilo, trampas mortales que es mejor no tocar.






Están las cuerdas en un estado deplorable. 500 metros de subida para disfrutar de unas vistas tremendas y broche postrero con el glaciar Kiatuut. La gente llega cansada, algunos execrando la rampa, esas rocas inestables que producen rasguños, tropiezos y deslizamientos involuntarios. Pero al final de la jornada, el bálsamo del enorme Kiatuut parece suficiente para llevarse la fatiga y dejar espacio para el embeleso.





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