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viernes, 23 de septiembre de 2016

NARSAQ I



Me encanta el nombre de esta localidad, como las que iré conociendo paulatinamente, sembrada de casas de madera y de colores muy alegres, todo muy al estilo nórdico.





Narsaq, Nanortalik, Sarloq, Uunartoq... cuanto más lo pienso más me gustan estas denominaciones. Tienen una fonética que vislumbro perfectamente para bautizar una aldea o un villorrio asolado en series de televisión como "Juego de Tronos".

Hay poco que ver, salvo el paisaje colosal y todopoderoso. Cerca del hostal Narsaq Kayak, donde nos alojamos, hay un mercado que veré hasta en sueños: el Brugseni, algo así como El Corte Inglés groenlandés, si hago uso de una retórica un tanto delirante por excesiva. Hay un poco de todo, y eso en Groenlandia es un milagro cotidiano y un privilegio, pues traer abastos (género, mercancía) a esta parte del mundo se me antoja casi de gesta. 


Es muy bonita y coqueta la iglesia blanca y roja con vistas a la imponente colina que otea el pueblo. Una y otra vez la encuentro cerrada, para disgusto de mi alma, tan afín a visitar estos templos sagrados, remansos de paz e iconos de la cultura religiosa vernácula (propia de un lugar, endémica). Desde los ventanales, que están impolutos, atisbo una preciosa hilera de bancos azules que parecen recién barnizados y pintados.

LA IGLESIA ACTUAL ES DEL AÑO 1927, PINTADA POR DENTRO EN TONOS BLANCOS, AMARILLOS, OCRES Y AZULES; DISEÑO MUY HABITUAL POR TODA GROENLANDIA.

Más tarde podré hablar mínimamente con un lugareño muy sonriente y hospitalario que me cuenta que la iglesia es muy antigua, la actual es del año 1927, y que por esta parte del mundo abunda el luteranismo, algo de ortodoxia e incluso ramalazos de paganismo. Su inglés es minúsculo, casi inapreciable, por lo cual el entendimiento se hace bastante arduo. Narsaq cuenta con tres puertos, uno de pasajeros, otro pesquero y finalmente el industrial. Arribar a Narsaq ha supuesto atravesar el mar con la zodiac y sortear un buen puñado de icebergs.



Cuando el inusitado claror matinal de hoy se convierta en las noches de clausura de invierno, esas masas heladas flotantes se convertirán en jaulas de las que nada puede escapar; una puerta sin llave, una vía sin entrada ni salida. Aislamiento y oscuridad... podría ser un buen argumento para novelistas como Stephen King o Dean R.Koontz, tan proclives ellos a llevar el espanto a cotas excelsas.


 HOTEL NARSAQ

Regreso a la casa común donde conviviremos el grupo. Es fácil encontrar el albergue de madera azul. Zapatos siempre fuera, otra costumbre muy nórdica y saludable. El Narsaq Kayak, aparte de bonito, cuenta con un buen ramillete de literas donde se duerme muy bien, si uno es capaz de adaptarse a la melodía nocturna de los habituales ronquidos, que serán uno de los eslóganes más comentados de esta aventura groenlandesa. Ronquidos suaves, bramidos, cacofonías abstrusas que suenan a lengua hebrea, así discurrirán las noches, para disgusto de algunos y sonrisas cómplices de otros. Se lleva todo con buen humor y tolerancia. El comedor es muy amplio y tenemos unos baños comunes que visto lo visto se me antojan ya palaciegos. En Narsaq, y también en el resto de poblaciones, veré un volumen ingente de "caminantes" beodos, lugareños "fosilizados" que sonríen de oreja a oreja y saludan con mohín de felicidad suprema, impregnados en alcohol o devastados ya por la adicción malsana de la botella y la copita de turno. La gente es muy agradable, pero en ese envase tan perfecto se esconde una realidad devastadora que me produce una tristeza tan honda como el fondo de esos fiordos que cruzamos con las zodiac. Adictos al alcohol, borrachos de noche, por la tarde y al mediodía. Consumidores precoces que siguen una senda autodestructiva, gente de todas las edades que no trabaja, que lleva una vida contemplativa con una botella de ginebra, o lo que haya, como fiel compañera de viaje. El gobierno danés subvenciona a Groenlandia. Cuando hay día de paga, es día de bacanal, una orgía de alcohol que convierte a los hombres y mujeres en depravaciones deformadas, enfermos a fin de cuentas que me producen lástima, tristeza, que dejan el alma desconsolada. Aquí no se trabaja, se trabaja poco, se trabaja cuando apetece o se hace simplemente, casi por inercia... Está todo cerrado, pero si pasas en un rato igual encuentras la puerta abierta, o esa puerta no se vuelve a abrir hasta que alguien decida que hoy o mañana es un buen día para trabajar. Otro "gran almacén", donde uno puede encontrar género bien dispar, es el Pilersuisoq.



 JUNTO A LAS GOLOSINA, UNA MOTO.

Y ANTES DE PASAR POR CAJA, TE PUEDES LLEVAR UNA ESCOPETA.



Aquí no te extrañes si junto al pan o el champú te venden una moto o rifles para cazar osos. Hay una tienda de ropa curiosa en Polar Magasinet, pero para singular la de Inuit Young, que parece de llavero, de juguete, una cabaña roja y negra muy bien puesta y tan pequeña como un alfiler, si se me permite la comparación exacerbada.


He estado buscando algo para regalar que sea originario de esta isla enorme y helada, pero la misión ha sufrido un descalabro estrepitoso. Todo es importado y esas estanterías están repletas de enseres, comida, cachivaches diversos que uno podría encontrar en cualquier parte del mundo. Pero eso sí, a precios groenlandeses, pues traer hasta aquí un paquete de café de Colombia es algo como poco memorable y encomiable. He pasado de largo el museo Ammavoq, que no me atrae, que se me antoja anodino, para entrar directamente en una encantadora casita roja de madera; La Oficina de turismo. Desde aquí se pueden contratar tours o rutas por la ciudad, excursiones en barco.

Caminando he llegado hasta un mirador fabuloso frente a los depósitos de queroseno, que es el combustible que se utiliza por aquí. Sigo avanzando para, a los pocos minutos, verme imbuido de un aroma típicamente marítimo y que anuncia que acabo de adentrarme en el puerto pesquero. Junto a la orilla del mar, aparte de mucha inmundicia difícil de clasificar, he topado con el esqueleto de una foca. Una imagen tan sórdida y execrable solo puede evaporarse con un trasplante emocional, que obtengo cuando poso la mirada en las pequeñas casas de colores que se asoman a esta región del mundo.




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