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lunes, 5 de septiembre de 2016

ESTOCOLMO- MUSEO NÓRDICO (SIGLO XIX, ISAK GUSTAV CLASON, ARQUITECTO)




Narrados ya los avatares de aquel fiasco de barco llamado Vasa, que acabara en el fondo del océano nada más zarpar, me adentro ahora en el precioso museo nórdico, un castillo inmenso de estilo renacentista y de sólida piedra con unos bonitos penachos puntiagudos de color negro que rasgan el cielo.

Se me antoja, ahora que lo miro con detenimiento, una mansión victoriana, una gran casona del siglo XIX, acaso propiedad de una aristocrática familia inglesa de abolengo. 




Es un museo de lo más interesante, y las visitas guiadas en inglés, cada media hora, son una buena opción para enterarse un poco de qué vamos viendo en cada sala. Me he quedado estupefacto, nada más acceder al interior, ante la inconmensurable efigie del rey sueco Gustavo Vasa, allá por los años 1523-60. La escultura, año 1925, es de Carl Milles. Se trata de una mole inmensa que muestra sentado en su trono al orondo monarca, luciendo sus ropajes una suerte de colores vívidos. Ahora viene el estupor de la mano del mobiliario policromado del siglo XVIII, así como relojes de época. Todo diáfano y hermoso, una galería porticada muy nítida deja atrás las dimensiones titánicas del rey Vasa. El museo, fundado por Arthur Hazelius en 1873, es una delicia para admirar sin prisas.











Me gusta mucho la sala que recoge aspectos de la vida ancestral de los samis. Casas, vestimentas, costumbres, todo queda cerca del visitante tras las vitrinas y despliegues informativos. Son fantásticos los hogareños interiores de las casas de muñecas, diseñadas
en Holanda y Alemania. Alguna de estas maquetas tiene más de tres siglos.

En cuanto a los Samis, son un pueblo antiquísimo que tiene su origen en Finlandia. Los primeros vestigios de vida en aquel país de bosques y lagos se remontan a 10.500 años.
Los primigenios pobladores eran trashumantes y vestían con las pieles de los animales que cazaban. Más les valía si querían sobrevivir a las durísimas condiciones del entorno.


 
Tras la jornada cinegética (referente a la caza) regresaban a sus casas precarias, en forma de tipi o subterráneas. Para mantener el calor, preservar de humedad, etc, las cubrían de pieles y corteza de abedul. Una de las características de este pueblo nómada es la cría de renos, actividad a la que llevan entregados durante generaciones. Los samis contemporáneos, sus orígenes se remontan a unos cuatro milenios, descienden de aquellos primeros trashumantes. La agricultura se impuso después, instaurando un nuevo estilo de vida mucho más sedentario.



LOS PUENTES DE ESTOCOLMO

Me he embarcado en un bote turístico para admirar la belleza de Estocolmo bajo los puentes del lago Mälaren. Mis ojos navegan un momento ante la fachada del museo dramático que fundara Gustavo III y donde actuasen celebridades suecas como Max Von Sydow o la bellísima Greta Garbo. Un recorrido imprescindible para ver la ciudad desde otro prisma diferente. 





Es interesante ver cómo se abren y cierran las esclusas para dejar que entre el agua dulce del Mälaren, que se encuentra a varios metros sobre el nivel del mar.


Por un error sin importancia me he quedado sin excursión a la isla vikinga de Bilka, primer asentamiento de este pueblo retratado siempre como feroz y hostil luciendo poderosos cascos astados. Básicamente los vikingos eran  comerciantes, pescadores, cazadores, pero la desbordante imaginación de algunos les ha convertido en sanguinarios guerreros sin alma. Parece ser que tan nefanda (espantosa) leyenda fue difundida para amilanar a los enemigos. Ya tengo mis pies en la tierra y camino por Vasterlanggattan, que es una calle animadísima ideal para consumidores activos y devotos de los souvenirs. También proliferan los lugares para calmar los apetitos culinarios.

Mi próxima parada me llevará hasta el subsuelo para explorar algunas de las más maravillosas estaciones de metro de Estocolmo, que son de museo, una pasada, vaya.







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