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viernes, 16 de septiembre de 2016

CAMPAMENTO DE FLETANES -QALERALIQ-


CAMPAMENTO DE FLETANES  (QALERALIQ)



DATOS SOBRE GROENLANDIA. METEOROLOGÍA


Antes de iniciar mi crónica sobre el campamento de Qaleraliq, mi próxima parada, ahí van algunos apuntes de revestimiento, para ponernos un poco en situación. Groenlandia es una tierra de cambios constantes en la meteorología. El tiempo impone un estilo de vida,
unas pautas de actuación, el tiempo manda y es soberano. La mejor época para venir acaso sean los meses de Junio y Julio, pues a partir de Agosto la cosa se va poniendo más fea y puedes llegar a conocer el atrabiliario (malhumorado) carácter de los terribles vientos foem o avannak, entre otros. Son bastante huracanados y pueden llevarse en volandas un campamento entero, con sus habitantes dentro y todo. Eso he oído...


FLETANES -QALERALIQ-



Llegada al campamento "lunar" de Qaleraliq. Y hago esta referencia al satélite de nuestro planeta porque es la primera impresión que tengo cuando lo veo. Parecen módulos espaciales, domos los llaman, pero a mí estas circulares moradas con forma de iglú me hacen pensar en investigaciones astrofísicas relacionadas con el cosmos. Dentro se duerme en literas. El frío será bastante presente durante la noche, como un pasajero que se apuntara a un ágape sin invitación previa. Las vistas desde aquí son una pasada. Una lengua gigantesca de hielo queda ante nuestro campamento como testigo de un invierno
eterno. Para vaciar la vejiga y demás tenemos que compartir una letrina bastante rudimentaria, que no todo el mundo se afana por mantener limpia y "perfumada" con unos maravillosos productos que convierten la fetidez en algo aceptable. Personal de mantenimiento y gente de otros grupos convivimos como refugiados exiliados en busca de la tierra prometida. Es difícil olvidar la gelidez del agua en el "arroyo" donde debemos lavar los platos. También es algo digno de recuerdo esos momentos compartidos de barullo caótico en el comedor, distribuyendo la Nutella, los panes Wasa, el embutido, el té del amor, cuya receta custodiaba Carmen, nuestra guía, como si fuera un tesoro inca. 


Se come de fábula, la verdad. Imposible pasar hambre con los festines pantagruélicos (comida abundante) que quedan desplegados sobre la mesa. Hay de todo, aunque siempre sea lo mismo. Pero esto es Groenlandia, y obviamente cualquier alimento que viene de fuera es un lujo, un privilegio que pocos se pueden permitir, un pequeño milagro en medio de los glaciares. Otro aspecto que define los momentos vividos en Qaleraliq son los "cañonazos" estruendosos de los glaciares cuando rompen y se desprenden, cayendo al mar como cachalotes heridos. Tiene algo de pavoroso y aciago el sonido del final del iceberg que se rompe despedazado, el hielo más antiguo del planeta fundiéndose en un mar longevo.






La caminata de hoy nos llevará al gran lago, a través de un paisaje baldío sembrado de colores fosforescentes amarillos y naranjas, colinas, dunas, collados pedregosos y una soledad y silencios que no son de este mundo. Se pueden ver caribúes, y de hecho hemos visto alguno a la fuga, brincando y corriendo en ese terreno extraño que parece ajeno al paso de la humanidad. 



También habitan estos lares los zorros árticos y las liebres, enormes, que incluso son de mayor tamaño que los escurridizos raposos. Nos cuenta Carmen que si vemos algún caribú solitario, eso solo puede significar que ha sido destronado. En este páramo de desolación sin parangón crecen enanos abedules y falso algodón, que es delicado y bonito, liviano y fraudulento en cierto sentido, por su parecido con ese hilo preciado con que se tejen algunas prendas. 



ALGODÓN ÁRTICO -FALSO ALGODÓN-

Y hablando de la vegetación rala, tacaña, que apenas asoma, me viene a la mente un marco temporal inmenso: nada menos que cien años sin hielo hacen falta para que los primeros brotes se animen a medrar (crecer).
Después de atravesar el desierto extenso llegamos al gran lago, que como el mismo paisaje, parece testigo de millones de sucesos jamás registrados por la memoria humana.



Todos, menos Rosa y este servidor, han decidido en un acto de heroísmo adentrarse en el lago. 


El agua tiene un grado de gelidez que se me antoja el apropiado para agarrar un buen acceso de hipotermia. Me quedo con esa imagen indeleble ya para participar por primera vez en una actividad fascinante: caminar por el hielo con crampones. Esto es: se pone una plataforma de metal con clavos enormes a la suela de tus botas. Es la única manera de caminar por semejante pista deslizante. 



La experiencia me resulta en extremo divertida, pero mi enardecimiento me ha valido una merecida reprimenda por parte del guía de montaña, pues brincar y correr por este lugar no es de lo más sensato. Es lo que tiene el entusiasmo, que cuando viajamos le soltamos la correa.




El paisaje no puede ser más bonito. Abrigados en condiciones y pertrechados con gafas de sol, tanta blancura deslumbra, descubrimos inmensas oquedades subterráneas en cuyo fondo discurre agua glacial jamás mancillada por el ser humano. Así me gusta verlo, con esa pizca poética. Me encantan los penachos de hielo que atisbo en la cima de estas rampas heladas. Esos cucuruchos puntiagudos me recuerdan a las montañas de la Capadocia turca, pero en versión invernal.





En este punto del viaje tengo mi primer conocimiento de los nunataks o montañas flotantes. Se me queda grabado este término por su carácter sibilino (misterioso).

Acabamos la jornada en esas "pateras" naranjas donde vamos hacinados, en ocasiones pasando frío y dando tumbos como delfines. Al cabo de los días le iremos cogiendo el gusto, pero más de una hora y media de navegación en las zodiac se torna bastante cansado e irritante. Me viene a la mente el orondo capitán navegante J.J., que a diferencia de "Fernando Alonso", así le hemos apodado, nos lleva sin sobresaltos. "Fernando" no está en mi lista de pilotos preferidos. Presuroso, un punto de chaladura e imprudencia al volante, vuela sobre las olas como si los icebergs que nos acosan fuesen de chicle.



Nos plantamos ante un frente glaciar colosal, ya de regreso a Qaleraliq. Desde aquí se puede escuchar el gimoteo del hielo y el "grito de socorro" cuando cae al mar. Gaviotas a granel planean sobre el mar, pescando, admirando esa muralla blanca con tintes azules y negros, cristalinos y turquesas...






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