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martes, 5 de abril de 2016

NIEBLA





PATIO DE ARMAS INTERIOR MURALLA

Nada que ver con esos paisajes decimonónicos de aquel Londres desapacible y nebuloso.

Este pueblo de 4000 habitantes me da la bienvenida en un día soleado, y de anfitrión, el río Tinto ya tan conocido. Franqueo la fabulosa muralla para acceder a Niebla. Es una fortaleza singular, al hallarse en llano y no oteando sus dominios desde algún otero. Es de color rojizo y su extensión es de algo más de dos kilómetros. He dejado atrás un puente romano y la Puerta del socorro, en honor a la Virgen de idéntica denominación. Enseguida me topo de frente con la bonita iglesia de San Martín, erigida sobre una mezquita pretérita.

Fue auspiciada por Alfonso X, allá por el siglo XIII, y declarada Monumento Nacional en 1922.





Un edificio interesante y hermoso es la actual Casa de la Cultura y antiguo Hospital de Nuestra Señora de los ángeles. Pero debo seguir explorando, y así, a través de un bellísimo arco mudéjar, me plantó en la iglesia de Santa María de la granada. 


Destila paz ese patio porticado interior, y mucho que contar esa vetusta pila bautismal visigoda, que  planta cara a los vestigios contiguos de identidad musulmana. Aunque el interior de esta iglesia se me antoja más amiga de las sombras que del claror, su sobriedad no le resta belleza; una belleza simple, desnuda, pero evidente. Estilos eclécticos conjugados en un resultado tan bonito y, como decía, tan carentes de presunción. Si izó la mirada me dan la razón esos arcos apuntados de herradura. Gótico por aquí, mudéjar por allá, una pizca de recuerdos visigodos, ornatos arabescos, cristianos, todo ello conviviendo en una compota de épocas diferentes e idiosincrasias dispares. Es un pueblo pequeño, así que no es de extrañar la ausencia de gente ni que las calles paseen su "palmito" bien limpias.






Para buenas fotos de la muralla te recomiendo la calle Campo castillo. El perímetro de la fortaleza a tu alcance, así como sus 6 puertas. Son imponentes los robustos torreones, cuatro en total logró atisbar. Ya que estamos, resta decir que es la atracción estelar la visita, ya sea guiada o por tu cuenta, del Castillo de los Guzmanes, siglo XV. Imponente por dentro como por fuera. Hastiado de rodear su contorno añoso, me planto ya en ese diáfano patio de armas que quedó tan apocado tras un pavoroso seísmo en Portugal en el año 1755. Hay un volumen humano dentro que ya auspicia lo que será una visita sobradamente merecida. Puedes "zascandilear" subiendo las escaleras que van a los torreones y miradores, y pensar en la magnitud de ese terremoto impío que hizo añicos también a la "desmembrada" iglesia de San Martín que visitara antes. Te harán falta varias horas para recorrer la fortaleza "abatida", pero vale la pena pagar esos 4,50 euros de la entrada general. Los amantes de lo sórdido, repugnante y espeluznante, a la par que vomitivo, disfrutarán de lo lindo en las mazmorras. Ingenios de tortura por doquier que te ponen los vellos de punta.





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