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jueves, 31 de marzo de 2016

MINAS DE RIOTINTO





Tengo la sensación de haber sido introducido en una cápsula espacial con destino al planeta rojo: Marte. Y no es para menos mi despropósito, pues la segunda explotación minera más grande del orbe, 5000 años de antigüedad, es análoga a aquella "esfera" inexplorada. Pero antes de comentar estos menesteres, visito el interesante museo minero de Ernest Lluch. Aquí te espera una recolecta ingente de pirita, jaspe, cuarzo, calcita, calcopirita, galena, cobre, gossan, o la azulada y preciosa calcantita.



Me remonto al año 1725 para descubrir los orígenes de la explotación de Riotinto.




El ferrocarril minero no llegaría hasta 1873. Para ver una muestra de esto, el museo cuenta con algunos trenes de la época, como el suntuario vagón del Maharajah, que es alucinante, esplendoroso, un lujo al alcance de pocos. En esta mina, por aquellos días aciagos, era habitual el uso de trabajadores menores de edad y de esclavos. Y es que los niños eran "herramientas" perfectas para alcanzar los filones más angostos. 


Resta decir que las condiciones en que  laboraban eran nefastas, infrahumanas. La esperanza de vida era breve como un suspiro. Todo esto se puede percibir muy bien en la réplica de la mina que visitó dentro del museo. Se ven esclavos, grilletes, cilindros y norias para remover el agua... Un panorama pavoroso, la verdad. Sólo faltan los esclavos reales, de carne y hueso, para hacer la experiencia más espeluznante. El edificio en el que me hallo fue en época británica un hospital. 


Y digo bien, pues los derechos de explotación y propiedad tenían entonces marchamo inglés. Pero paso ya a narrar las particularidades de viajar en el tren turístico que me llevara a la vera del río de aguas anaranjadas, verdes, grises, blancas, negras y amarillas. Es ancestral, todo madera crujiente; vibra, cruje, bota, se zarandea... De hecho, es original, usado por los mineros de entonces.






El paisaje a través de la ventanilla se torna de colores como de feria. El río más ácido del planeta despliega una gama de colores tan variada que no puede uno por menos que pensar en Marte. No en vano, por aquí andan los de la NASA haciendo experimentos científicos, estudiando a esas bacterias inauditas que sobreviven en un hábitat tan "diabólico". Mi última parada me lleva ahora hasta la mina de Peña de hierro. Es interesante también para conocer el punto donde nace el desconcertante río Tinto. Colores de paisaje de delirio impresionista.





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