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viernes, 17 de abril de 2015

EL VALLE DEL JERTE



Llegué tarde para apreciar la nívea floración… El valle del Jerte, maravilloso paisaje de naturaleza, arbolado, valles suaves cubiertos de verdor, se ha adelantado y me ha privado de verlo vestido de blanco.




Apenas algunos cerezos tardíos, poco madrugadores, remolones, traviesos, sí han querido brindarme el consuelo de un escaso pero glorioso blancor.



En todo caso, blanco, verde, o gris, el valle del Jerte no decepciona, más bien impresiona con paisajes casi bucólicos arremansados a la vera del camino.

El valle Xerit, valle del Jerte o de aguas cristalinas, valle del río angosto, me regala un mirador imponente en el Puerto de Tornavacas. Se aprecia apenas un pueblo lejano, casi fagocitado por el verdor lozano.

Me animo cuando en este camino despoblado de cerezos blancos sobreviene de repente un espécimen inaudito que aún no se ha desvestido de blanco, que aún no acude al encuentro de la hoja verde y simplona.

Esta crónica viajera ha quedado un tanto huérfana, y concluye con una visita al interesante Parque de los Pinos, en Plasencia. Es una parada casi obligatoria para familias con niños, pues el lugar es pintoresco, fotogénico, incluso idílico; un canto al entorno natural donde pasean despreocupados patos, ánsares, pavos reales, montones de ellos, por cierto…






Presuntamente habitan aquí también algunos conejos y cisnes, aunque verlos, yo no los he visto.

VÍCTOR VIRGÓS


WWW.EL-HOTEL-DE-LAS-ALMAS-PERDIDAS.BLOGSPOT.COM

viernes, 10 de abril de 2015

BURGO DE OSMA

BURGO DE OSMA


Llego a esta localidad cercana con el ánimo vivo de exploración: conocer nuevos lugares, nuevos acicates para dar pábulo a mi espíritu viajero infatigable. Burgo de Osma es pequeña y coqueta, ideal para pasar un día agradable, mucho más si amanece, como es el caso, soleado y brillante.


Me encuentro en la Plaza Mayor, que es diáfana, amplia, un elegante conjunto arquitectónico del siglo XVIII de color terracota. Me dan cobijo los soportales, donde reparo en un bar-restaurante ideal para tomar algo. Está siempre lleno de gente y el servicio es bueno: Bar Restaurante Capitol.

Cruza la localidad el río Ucero, que discurre tranquilo mirando acaso a la fabulosa muralla.  Son bonitos y fotogénicos los paisajes que encuentro en la población de idéntico nombre que el susodicho cauce fluvial. Abundan las construcciones de piedra, los tonos arcillosos, terrosos… pero si izamos la vista a los cielos impolutos se llena todo de plumaje, se llena de alas enormes que planean entre las nubes majestuosas: son buitres. Planean como dueños del tiempo entre montañas y riscos quebrados, deformados por miles de erosiones, creando un paisaje orográfico distorsionado y plagado de curvaturas y hoces en los valles. La cosa se pone mucho más alucinante en torno al río Lobos. Entre la vegetación se alzan los pinos pudios o laricios. Es un buen lugar, pienso yo, para practicar montañismo, escalada, senderismo.


Llego caminando hasta la preciosa, aislada, como huérfana del mundo, la ermita de San Bartolomé, que es de ese color terracota sempiterno en Burgo de Osma. Es una zona de cuevas, como la enorme, casi atemorizadora gruta de San Bartolomé. Se puede entrar, con precaución, pues resbala el terreno y no está lo que se dice muy iluminada. Además, el suelo es anfractuoso y muy lóbrego el interior a medida que te hundes en las fauces de la cueva. En este “agujero” vivieron en tiempos que se me antojan inmemoriales tribus, familias, clanes de la Edad del Bronce.








Hay buenas posibilidades de fotos desde el “Balconcillo”, o sacando al fondo el Puente de los siete ojos, con el minúsculo río Lobos reivindicando su presencia.

De vuelta a intramuros, es agradable pasear por la calle San Pedro de Osma, donde encuentro enseguida la efigie del mencionado. Es alucinante, casi milagrosa, como un espejismo en una localidad tan pequeña como esta, la catedral, iniciada por San Pedro de Osma en 1101. Esta zona, por cierto, es perfecta para tomar algo. Son preciosas las fachadas de las viviendas, los soportales, las callejuelas de piedra medieval.



Volviendo a la iglesia gótica, no se pueden hacer fotos, así que no encontraréis gran cosa sobre este particular en mi crónica viajera. Es alucinante la  policromada capilla de Nuestra Señora del Espino, patrona de Burgo de Osma.

A los lados reflejan toda su luz celestial las vidrieras, que son una gozada. Uno se queda alelado paseando por las naves laterales de esta construcción gótica de estilo cisterciense francés remozada en el siglo XVIII. Intervinieron en su construcción lo más granado de la arquitectura contemporánea, aprovechando la generosidad de Carlos III: Salvador Maella, Juan de Villanueva, Sabatini, Martín Martínez,  Martín González…




Todo sobrecoge y sorprende en la catedral de Burgo de Osma, como la sacristía, blanca y diáfana. Tampoco se queda atrás el Retablo Mayor barroco revestido de pan de oro, una obra manierista construida entre 1550-54 por Juan de Juni y Juan Picardo.

Una de las joyas o singularidades de este templo sagrado es el Cristo del Milagro, románico (1100). Quizás llame más la atención, sin embargo, el cristo a sus pies, de alabastro.

Más maravillas inesperadas: el sepulcro gótico de San Pedro de Osma, policromado, y los nervios del techo, también coloridos.

También es muy importante el códice Beato románico (1086), que acoge entre sus páginas comentarios apocalípticos de Beato de Liébana.