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viernes, 14 de agosto de 2015

OLOMOUC



Abandono ya los arcanos milenarios de Israel y Jordania para adentrarme en un territorio cuya faz parece recién lavada, bendecida con inspiración colorista y recreada en sí misma con edificios cuyas fachadas son museos al aire libre: CHEQUIA.


Mi primera etapa arranca en la idílica Olomouc. Apenas 100.000 habitantes se reparten un tesoro de calles medievales de colores, donde el sonido del barullo está prohibido y se rinde pleitesía a la armonía del silencio. Villa vinculada a la Eclesía, ciudad de reposo de obispos, en sus genes distintivos religiosos, predomina el barroco allá donde se pierde la mirada. Para perderse callejeando, podemos despegar alerones cruzando Ul.8Kvetna. Seguro que nos salen al paso románticos tranvías que parecen dormidos y que miran con nostalgia esas fachadas de colores casi impresionistas.




Vayas donde vayas, estos museos al aire libre, museos de fachadas, sorprenden en Tr.Svobody y prosiguen al adentrarme en Rijna, con su fuente preciosa que parece, como toda la villa, sumida en un hechizo.


De camino desde mi hotel veo muchos deportistas que corren o van en bicicleta, todo ello contribuye a un clima de natural serenidad vacacional.

En todo caso, es Olomouc reclamo turístico, y así lo demandan las numerosas tiendas que se pierden hasta Horni Namesti. Por supuesto, todo periplo debe acabar en el ayuntamiento y ese reloj barroco renacentista de cuento de hadas, astronómico como el de Praga, construido en 1378-1743 y que fuera mencionado por primera vez en 1519. Es una joya artística elaborada por Jakub Kniebaldi y Georg Berger.



El ambiente en Olomouc es inmejorable. Por las noches es ideal salir a tomar algo y contemplar la villa iluminada. Lejos de turismos agresivos de ciudades mucho más populosas, Olomouc se deja querer y fotografiar sin las legiones turísticas que encontraré en oleadas en la insuperable Praga.

Una plaga abominable como fue la peste del medievo tiene en esta ciudad, y en muchas otras que visitaré, un púlpito enhiesto que evoca aquel periodo de mortandad extrema. La columna de la Santísima Trinidad o de la peste negra, siglo XVIII, es una maravilla barroca de 32 metros de altura construida por Vaclav Render y fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en el año 2000. Hay una escalerilla para ver una pequeña capilla.




Olomouc es menuda y al mismo tiempo enorme en cuanto a su nutrido arsenal de prodigios. Así llego hasta la catedral de San Mauricio, una exquisitez gótica del siglo XIV. No desmerece la de San Wenceslao, neogótica, blanca con capirotes negros. Como antes comentaba, esta villa medieval parece crecerse como una dama hermoseada cuando llega la noche, con esas fantásticas fuentes mitológicas 
iluminadas.

 


Es muy curiosa la estatua del mundo marino, representado por una enorme tortuga que acarrea a sus espaldas el peso del mundo marítimo.

Algunos asuntos retrospectivos de Olomouc nos cuentan que fue fundada por Julio César en el 44 a.c y que en el 1346 arrecia la peste negra proveniente de unos barcos de Mongolia plagados de ratas, transmisores prístinos de la enfermedad. Así, de esta guisa, entraría como un ciclón para propagarse por Europa.

Bajando por Zerotinovo Namesti hallamos una Olomouc preciosa que casi nos hace olvidar los desmanes de aquella terrible enfermedad que necrosaba los órganos, dejándolos negros como el azabache.

Una iglesia digna de encomió es la de San Miguel, con exacerbada ornamentación barroca y pinturas por doquier. Si bajas a la gélida cripta verás el enclave exacto donde se les apareció San Miguel a las monjas.

Gracias a la amabilidad sin parangón de un sacerdote tengo el honor de subir casi hasta la misma bóveda de la fantástica iglesia capilla de  San Juan Sarkander, quien fuera en 1620 torturado por los ortodoxos con el fin de que admitiera que reveló y divulgó secretos de confesión. 



Sarkander, canonizado por Juan Pablo II, soportó tal tormento durante un mes. Murió al caer en un pozo.



IGLESIA CAPILLA DE SAN JUAN SARKANDER






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