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domingo, 2 de agosto de 2015

JERUSALÉN 





Una de las joyas rutilantes de mi viaje me lleva hasta la ensoñadora, evocadora y siempre fascinante Jerusalén. Hablo todo el rato de esa compañera de viaje inseparable con nombre de fe e imaginación. Viene conmigo a esta ciudad, de lo contrario, solo vería una urbe moderna, jubilosa, juvenil, caldo de vida nocturna y escasa huella bíblica. 800.000 habitantes entregados al festejo, es un decir, pues es esa la cifra aproximada de habitantes, pululan por las calles en un armonioso crisol religioso que aúna a cristianos, judíos y musulmanes. 




En este mar humano de variada fe es inmensamente interesante el colectivo de ultra ortodoxos, esquivos como fantasmas, anacoretas inaccesibles, no les saques fotos, no les gusta demasiado...



Entregados a la oración, deben casarse y producir retoños sin menoscabo, pues cuantos mas hijos mejor, ya que un hijo es una bendición. Este es básicamente el timón de sus vidas, así, de manera somera y sin arañar la superficie. Es imprescindible pasar unos minutos aunque sea embebido en la observación del ritual emocionante y fascinante de la oración, con el mayor de los respetos y tolerancia siempre. Rezan con el cuerpo y el alma, meciéndose, izando las manos, transidos de fe, suplicas, bendiciones, agradecimientos, esperanza...

Cuando llega la noche, Jerusalén cobra un color diferente que hechiza al atravesar las maravillosas puertas de Herodes o la de Damasco, ambas preciosas. Gente merodeando en derredor del perímetro amurallado, Jerusalén se me antoja una ciudad para disfrutar sin prisas.

Pero mucho queda aún por escribir sobre la mítica ciudad del rey David y el primer templo de Salomón, allá por el año 950 a.c.



Me espera en el siguiente artículo de este cuasi insípido entrante la Vía Dolorosa, el Muro de las lamentaciones...







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