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viernes, 31 de julio de 2015

MONTE DE LAS BIENAVENTURANZAS, CAPHARNAUM Y MONASTERIO DE TABGHA





MONTE DE LAS BIENAVENTURANZAS

Siguiendo los pasos de Jesús llego hasta el Monte de las Bienaventuranzas, un lugar sagrado, remanso de quietud y espiritualidad, circuido por atildados jardines. Me hallo frente al lago Tiberiades, cerca de Tabgha y Caphernaum, dos destinos imprescindibles en mi travesía mística.

Me adentro en una iglesia blanqui-negra de bella estructura que fuera construida en tiempos de Mussolini, erigida en 1939 por Berluzzi. Actualmente está regida por una orden religiosa franciscana. No voy a explayarme en detalles armoniosos ni decorativos, como soy tan proclive a regalar, pues radica su importancia en que aquí daría Jesús el sermón de la montaña, dirigido a sus discípulos como narra el Evangelio, según San Mateo.




CAPHARNAUM







Capharnaum o pueblo de consuelo, ciudad de Jesús, arribo con la esperanza de seguir el rastro de Pedro, pero tan solo me topo con los desolados restos de unas ruinas paupérrimas de la que fuera su casa, donde la imaginación es fundamental amiga de viaje para entender lo que los ojos confunden. Allí mismo veo también los restos olvidados de una sinagoga del siglo V. A un nivel inferior, otros incluso más antiguos. Acaso fuera un templo romano...

La Capharnaum judía, opulenta villa en tiempos de los romanos, fue cónclave de Jesús con sus primeros discípulos. La ciudad fue devastada por los árabes en el siglo VII y adquirida por los franciscanos en 1891.

Es éste un periplo por la historia más remota, allá donde la memoria se extravía y la vista desvirtúa cuando se posa en desdentados muros, paredes y suelos de lo que debió ser, otrora, un hogar cristiano o una gran avenida populosa.


TABGHA



Tabgha, Heptageon o lo que es lo mismo, "siete manantiales", "siete fuentes", es el lugar donde se produjo el milagro de los panes y los peces. Como viene siendo ya habitual, todo es paz en derredor. Visito la iglesia benedictina alemana, reciente, casi reluciente, si se aprecia la hipérbole, pues data de 1980. Bajo un altar de piedra nada impresionante me espera la piedra, el punto exacto, la roca donde presuntamente Jesús obró el milagro. Más vistosos son los mosaicos nada desdeñables que hay justo al lado. Salgo casi decepcionado de la Magadan o aguas de fortuna, como muy probablemente se llamaba entonces este lugar en aquellos prístinos días de enseñanzas y revelaciones del Mesías.

En todo caso, un acto de fe debería llevarnos hasta las lindes ya desdibujadas de una peregrina llamada Egeria, año 383, quien transmitió el milagro de la transformación de panes y peces.

Como en el río Jordán y me adentro en sus aguas bíblicas, sintiéndome un poco parte de la historia más apasionante que ha conocido la humanidad. Es un río ancho, esmeraldino, pero me cuesta imaginarlo como lecho bautismal o de cónclave religioso-espiritual. Parece todo demasiado presente, recién lavado, como si el pasado presumido jamás hubiera lamido esas aguas verdes y fuera todo un bello cuento épico. Imaginación, fe... Siempre en la maleta, compañera de viaje e inquilina del corazón.






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