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viernes, 6 de noviembre de 2015

NUMANCIA




Ejercicio concienzudo de imaginación necesitarás para vislumbrar en este terreno desolado los que fueran los territorios irreductibles de los arévacos. He dejado atrás la minúscula población de Garray y llegado a los yacimientos arqueológicos de Numancia.

La entrada vale cinco euros, pero merece la pena la visita.

UN BUEN LOCAL PARA COMER, EN GARRAY, ANTES DE LLEGAR A NUMANCIA.
RESTAURANTE CASA ABEL. GARRAY.




Fundada a finales del siglo II a.c, el pueblo arévaco celtíbero que aquí vivió estuvo conformado por pastores, ganadores y guerreros aguerridos, a
fuerza de voluntad y un tesón inquebrantable, para repeler una y otra vez las consuetudinarias acometidas beligerantes de las tropas romanas.

Así, durante 20 años, mantuvieron a estas gentes bajo un asedio opresivo que no acababa de dar los frutos anhelados. Derrota tras derrota los romanos regresaban humillados y pesarosos, incapaces de subyugar a un puñado de ganaderos, años 153-133 a.c.


Tuvo Roma que recurrir a un héroe de renombradas gestas llamado Publio Cornelio Escipión para finalmente sojuzgar a la incombustible resistencia
numantina.

11 meses duraría su maquiavélica estratagema de derribo y acoso, cercándoles, agostando sus campos, contaminando sus aguas, asesinando a quienes les daban socorro y les abastecían. Muertos de hambre y sed poco duraría ya su arrojo y perseverancia.

A partir del siglo IV decae Numancia para convertirse en un asentamiento visigodo, allá por los siglos VI-VII.

Retornando al drama numantino, se sabe que los famélicos guerreros pastores acabaron suicidándose, murieron de inanición o fueron esclavizados quienes sobrevivieron. La ciudad, que estaba fuertemente amurallada, soportó las visitas romanas con invencible denuedo.


El recorrido por la yerma Numancia me lleva a imaginar entre las piedras una muralla inviolable. Es interesante la reconstrucción que se ha hecho de las típicas casas arévacas y romanas.



viernes, 30 de octubre de 2015

SORIA II



Es una delicia pasear por la zona del Collado y aledañas. Piérdete sin temor por los vericuetos que abrazan la bonita, grande y diáfana Plaza Mayor.



Te verás circuido de edificios nobles con fachadas dignas de mención. En la Plaza Mayor seguramente repararás en la estatua de una mujer. Se trata de la esposa de Antonio Machado, Leonor Izquierdo, muerta de tuberculosis a la precoz edad de los 18 años.

Prosiguen mis pasos buscando nuevas emociones, y así las hallan ante la bonita y grande concatedral, cuyo claustro está declarado Monumento Nacional. Me llama la atención tanto su estructura como esa fachada anaranjada que me agasaja con una portada preciosa plateresca. Esta iglesia del siglo XII la construiría el obispo de Osma y sería establecida como concatedral en 1569.


Es amplia por dentro, oscura, soportada por hercúleos pilares y revestida de maravillosos retablos, a los que ya me está acostumbrando con profusión la ciudad de Soria.

Si quieres acceder al claustro tendrás que abonar dos euros.

Ahora, bajando por la calle San Agustín, recorro el Duero desde la plataforma colgante del puente que lo cruza. Es un lugar casi de estacionamiento obligatorio para sacarle brillo a la cámara de fotos y dejar que inmortalice instantáneas de postal. Me encantan esos juncos de humedal a ambos lados del lecho de agua dulce, y la arboleda, que de presumida, se mira y regodea en el espejo transparente del Duero.






Desde la Plaza Mayor hasta aquí hay tan solo tres kilómetros. Es un camino que apreciarán nuestros sentidos, por mucho que los coches nos lleven raudos como cohetes, los pies sirven para andar, y andar aquí es una delicia.

Arrojada mi proclama a favor de las caminatas y en contra de los vehículos que algunos cogen incluso para acudir al bar que tienen frente a su casa, es momento ya de detenerse en el imprescindible monasterio de San Juan de Duero, siglo XII.








Perteneciente entonces a la Orden de los Hospitalarios de San Juan de Jerusalén, es Monumento Nacional desde 1882. La entrada te costará la nadería de un euro. Sábados y domingos gratis.

Es un lugar de reposo, sin duda, bonito, agradable; el mismo aire parece mecido en un susurro. Aprecia el camino junto al Duero, la exuberante arboleda.

Destaca especialmente ese claustro desnudo y vetusto, cuyas columnas juegan con ornamentos diferentes que nada tienen que ver con los de la que la sigue. Se trata de una curiosa y asombrosa mezcolanza románico-musulmana.

Enseguida se llega a la que fuera la demolida Puerta de Navarra. Cayó en 1848 y era el acceso principal. Quien no se hastíe fácilmente con los placeres de la fotografía, podrá bañarse de gozo ante las posibilidades que albergan esos paisajes, ahora otoñales, junto al río Duero, acaso desde los pictóricos puentes que lo cruzan. Pero uno de los grandes acicates de mi visita a Soria está esperándome en la ermita de San Saturio, siglo XVIII. El paisaje ahora en otoño no puede ser más bonito, preparado como está, posando tranquilamente para la paleta del pintor paisajista.




Mientras caminas por este regalo de colores encendidos, claros, amarillos, rojos y verdosos, detente para observar el monasterio de San Polo, siglo XII, fundado por Alfonso El Batallador. De origen templario, es privado, no se puede visitar.
A lo lejos ya se atisba sobre la roca, junto al río Duero, la que fuera morada del anacoreta Saturio. He llegado en un momento idóneo de cromatismo; el lecho del río que quiere ser espejo y se queda con la mirada del arbolado suspendida sobre la límpida superficie acuática.

Nos cuenta la historia que el noble Saturio decidió un buen día repartir sus riquezas entre los más necesitados para llevar una vida de retiro espiritual en el interior de una gruta junto al río Duero.




Sus restos mortales serían hallados en el siglo XVI. Entonces surgirá la devoción por el ermitaño y se erige el actual centro de peregrinación.

En su interior hallamos una representación del obispo de Tarazona llamado Prudencio, quien siendo niño adolescente acompañó al santo en su ostracismo voluntario.




Destaca también la preciosa sacristía barroca, documentada como camarín del Santo Cristo, siglo XVIII. Es preciosa la bóveda barroca blanquiazulada. Una maravilla la capilla que retrata pasajes de la vida del santo. Toda pintada y decorada, es una rotonda espléndida ornada con los frescos de Antonio Zapata.



Insisto, conviene llegar hasta aquí disfrutando del paisaje, saboreando el terreno caminado. Por un rato se puede dejar el coche aparcado y mover las piernas unos kilómetros inapreciables. El paisaje bien lo vale. 


SORIA

Mi llegada a Soria tiene previstas varias paradas sin apremios ni agobios de horarios. Para compensar estas palabras nada mejor que un paseo relajado por la bonita Dehesa o Alameda de Cervantes, que queda mucho más insigne y noble.






 Este pulmón natural en medio de la ciudad me sorprende con una cantidad ingente de arbolado, hábitat perenne de juguetonas y curiosas ardillas. El lugar es fotogénico, romántico, un gran parque dotado de bancos para reposar, locales para tomar algo, una rosaleda que debe ser primorosa en primavera, unos jardines mimados y unas fuentes y estatuas decorativas que embellecen aún más lo que ya era bello.

No te marches sin pasar por la ermita de la soledad, siglo XVI. Fue un antiguo santuario ampliado por la familia Ríos Salcedo. Aquí se venía para orar al Cristo del humilladero. La capilla es muy bonita, con esa muestra magnífica de Juan de Juni y su sublime talla del Cristo del humilladero.

Siendo un poco más mundanos ahora, volvamos a lo terrenal para distendernos por el animado Paseo del espolón. Numerosos acicates en su larga avenida, como el interesante museo numantino, construido en el año 1916 por Manuel Aníbal Álvarez e inaugurado tres años después por Alfonso XIII.






Me quedo en el museo para contemplar los restos prehistóricos de los yacimientos de Torralba, Los Tolmos, Ambrona... Hallazgos en la región de Caracena con una antigüedad de 300.000 años...

Es muy interesante la recolección celtíbera: esos frisos, cerámicas, cenefas, restos romanos antiquísimos. En este museo inevitable hay espacio para el mundo visigodo, islámico, cristiano...

Más curiosa es en una planta superior la reproducción de un típica vivienda celtíbera, un chamizo en realidad con techumbre de paja quebradiza.

Prosigo mi paseo al exterior por la calle Mariano Granados, donde puedes y debes pasar por la oficina de turismo. Allí me indican itinerarios que sigo con fidelidad por Benito Aceña y aledañas. Enseguida me toparé con la soberbia iglesia románica de Santo Domingo, siglo XII. El apocalíptico pórtico merece una detallada explicación, si tienes ocasión e intención. La iglesia, que mira como referencia a la de Nuestra Señora de Poitiers, es como un libro en piedra sobre la vida de Jesús, escenas bíblicas, efigies y detalles ornamentales que hablan del malhadado Apocalipsis.




Inicialmente dedicada a Santo Tomé, pertenece a la orden de las clarisas desde 1853. Es muy oscura, como suele pasar con el adusto románico.

Son preciosos los retablos.

Un edificio descollante, que llama la atención ya desde la lontananza, es el Palacio de los Gomara. De estilo renacentista, siglo XVI, es la actual sede de la Audiencia Provincial.


Una iglesia bonita, decorada con colores como de cuento, blanca y rosa, es la del Carmen. Una coqueta construcción renacentista que alberga en su interior interesantes retablos. Se encuentra en la plaza Ramón Ayllón.


viernes, 23 de octubre de 2015

ALMAZÁN



"La fortificación" o Almazán, es una bonita ciudad empedrada que descubre sus discretos encantos a través de la ojival Puerta de herreros, superviviente del siglo XII que nos cuenta algo de su origen. Cruzándola no tardo en plantarme ante la Plaza Mayor, diáfana y grande, como debe ser, y con un interesante conjunto histórico artístico. Te recomiendo para alojarte el magnífico Hostal Plaza Mayor. La habitación número 11 tiene unas vistas maravillosas. Aquí desayunarás de fábula, son muy agradables y se descansa genial.




Volviendo a las características de esta plaza amplia y acogedora, me topo con la efigie de un clérigo autóctono y egregio llamado Diego Laynez, quien fuera uno de los fundadores de la Orden de Jesús.



Este lugar se torna más bello al caer la tarde, cuando las luces bañan las sombras.
Una vista completa debería pasar por la iglesia de San Pedro, con ese magnífico altar barroco áureo en su interior. Camino ahora hacia la Puerta de la villa. Dejando atrás el arco ojival enseguida me sale al paso la ermita de Jesús. Ésta es especialmente bonita, deslumbrante en realidad, si comulgas a gusto con el barroco más profuso, untado todo en una mezcolanza de patinas asalmonadas, dorados y grises con blancos. La rotonda posee unos retablos magníficos. Es muy fotográfica la entradita ajardinada, que destaca aún más con el blancor de la fachada de la ermita.




Es rocambolesco el puente sinuoso, ebrio, que sube y baja como un tobogán sobre el río Duero. Para pasear tranquilamente está genial el Parque de la arboleda, con sus generosas zonas verdes, bares, efigies ocultas entre la exuberancia, avenidas larguísimas entre árboles y verdor. Si no eres de fatiga fácil llegarás a un puente desde donde se ve "El rollo de las monjas", que tiene apariencia de castillo.

Aquí mismo, en la calle de las monjas, hay un bonito convento de clarisas. Los amantes de las fotos en plan panorámico deben acudir a la calle Postigo de San Vicente para acaparar toda la belleza del Duero y las murallas ancianas del siglo XII-XIII con El Rollo de las monjas al fondo.


Camina por el perímetro vetusto de la muralla y arriba hasta la preciosa Puerta del Mercado para ver un primigenio paso de la cañada real soriana.



MEDINACELI




Aprovechando el puente del día de la Hispanidad, yo y mis circunstancias nos plantamos en Soria para conocer más a fondo sus vericuetos, regiones e idiosincrasia.



Nuevamente retornan mis pies a los caminos eternos del orbe. En esta ocasión es Medinaceli la homenajeada.

Nada más llegar oteo en la lontananza un castillo que parece señero y olvidado en lo alto de una cima, en el valle de Arbujuelo, igual de desconsolada. Se halla a 3 km de la entrada a esta localidad soriana. Tiene un bonito conjunto histórico artístico Medinaceli, así como curvas, meandros y cuestas la carretera que recorro. Pero merece la pena ascender los 1200 metros de la Sierra Ministra para contemplar la Occilis celtíbera, Medinat Salim árabe y Medinaceli actual.



El precioso pueblo de piedra me recibe con un singular arco honorífico romano del siglo I a.c. Radica su extravagancia en que es el único en nuestro país que posee tres arcos. Está en muy buen estado y es pretendido por los flashes de todos los visitantes.

Para una foto en condiciones, sacar toda su grandeza, mejor haced la foto desde la carretera.

Un cartel informativo me sopla al oído que Medinaceli está estimado como uno de los pueblos más bonitos del país. No seré yo quien deseche esa contundente afirmación. Lo cierto es que encantos tiene de sobra. Medinaceli tiene sangre romana. Trato sin éxito de imaginarla en tiempos pretéritos en la puerta de Coz, que era una de las principales entradas de la ciudad en tiempos romanos. Ya no queda nada, debo conformarme con el espléndido mirador que aquí se halla. Este lugar tenía una finalidad básicamente defensiva y era residencia de los condes de la villa.



Camino por este entorno pétreo para toparme enseguida con la puerta árabe ojival o de la villa. Como el arco triple, está en buen estado. En su día era uno de los cuatro accesos a la calle del cardo, o sea, el corazón de Medinaceli.

Alfonso I El Batallador la reformaría en el siglo XII cuando reconquista la ciudad.

Caminando llego hasta la Plaza Mayor, que está como arrumbada, escondida. Es un lugar con encanto, amplio y diáfano, como gustan las plazas principales. Aunque parece astrosa su fachada renacentista, obra de Gómez de la Mora, plagada de heridas del tiempo, se muestra soberbia la faz del palacio Ducal, siglo XVI, construido siguiendo el modelo del de Uceda, en Madrid.




Ahora recorro la plaza de San Pedro para ver otro mosaico, enorme también, cubierto por una mampara para preservarlo de los agentes meteorológicos y otras calamidades destructoras. Este es un buen lugar para callejear por los recovecos y angosturas medievales de Medinaceli.

Si queremos seguir viendo monumentos, la Colegiata de Nuestra Señora de la Asunción es una buena opción. La entrada vale un euro. Está algo deteriorada y es oscura, pero te encantará el retablo áureo del altar mayor. En todo caso, personalmente me quedo con su belleza externa.




Los golosos no pueden dejar de pasar por el convento de Santa Isabel, donde las monjas clarisas, en la calle Marimedrano 19, venden delicias artesanales. El convento es muy bonito y tiene unos preciosos retablos barrocos.