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viernes, 15 de agosto de 2014

SAN FRANCISCO II


 Segunda etapa de mi crónica “Franciscana”. Es una gozada montar en el emblemático “Cable-way” por la calle California. Este ancestral tranvía baja y sube por calles empinadísimas o con declives de infarto. Llegada la hora del avituallamiento, me detengo a comer en el precioso y concurrido Pier Market (muelle 39). Es imposible quedar insatisfecho en este local, amplio, encantador, terraza exterior, buen ambiente. Está muy sabroso el pescado, la especialidad New england clam Chowder, la trucha de Idaho, o el pacific sole, una especie de lenguado.

La ubicación no puede resultar más idónea, con esas vistas fabulosas al puerto en el Pier 39 (muelle 39). El servicio es excelente.

Ahora me dirijo a las zonas exclusivas de Cow Hollow y Pacific Heights, donde exuda cada centímetro cuadrado un aura innegable de boato y elegancia. Sin embargo, si nos sentimos tentados por la pulsión consumista, mejor volcar esos desahogos en el barrio chino o en el puerto, ya que es bastante más económico.

 BARRIO CHINO
Paso de largo unas magníficas casas victorianas, las hay por doquier en San Francisco, y arribo al fascinante Palace of fine arts. Se trata de un fabuloso templo helenístico relativamente moderno (1915), erigido con motivo de una exposición sobre la construcción del Canal de Panamá.



PALACE OF FINE ARTS

SAN FRANCISCO AL ANOCHECER (BAHÍA)

Retorno brevemente al Golden Bridge para recorrer sus 3 kms de envergadura, y de paso, deleitarme con las panorámicas de la bahía, con la deshabitada Angel island al fondo. Fue este lugar punto de entrada de inmigrantes, allá por los años 40. Al otro lado me espera ya la población de Sausalito. Aquí es mi deber de turista recomendar el Café Tutti. Es un local de lo más agradable, coqueto, buen servicio. Disponen de un café excelente y un buen surtido de heladería y pastelería. Los helados están muy ricos. Aunque el local parece algo pequeño, hay mesitas para sentarse tranquilamente. El café Tutti, además, goza de buenas referencias y reputación en el famoso portal viajero Trip Advisor.

Hoy va la cosa de apetito, y por ello, ahí va otro apunte gastronómico. En 340 Jefferson Str. Se encuentra el acogedor y recomendable Pompei´s Grotto. Se trata de un bonito local de grandes dimensiones, con un servicio diligente y amable. Su fachada blanquiazulada lo hace reconocible al instante. Algunos de los camareros hablan y entienden el español. La comida es excelente y abundante. Está muy rica la pasta en general y las ensaladas. Ubicación perfecta.

Para concluir la jornada, nada mejor que una visita “vertiginosa” a la celebérrima Lombard Str. Sus curvas son tan cerradas como eses reprimidas, y sus desniveles parecen desafíos humanos. Es un espectáculo que nadie se quiere perder y todos fotografían, cuando bajan los coches por estas carreteras de diseño demencial. En el entorno, mansiones de lujo similares a las que hemos visto en Painted Ladies (Alamos Square)

LOMBARD STR. 


GOLDEN GATE

jueves, 14 de agosto de 2014

SAN FRANCISCO I


 PUENTE DE OAKLAND

La que describo hoy arranca con una de las más indiscutibles etapas gloriosas de mi viaje: San Francisco.

Egregia a nivel ecuménico, la ciudad del Golden Gate, (800.000 habitantes), y las colinas ondulantes, me da la bienvenida con algunas “delicatessen” vernáculas, como el Clam Chowder, un caldo caliente riquísimo, o las Crab Cakes, una hamburguesa pertrechada con cangrejo, especias, camarones. Es ésta una ciudad mayúscula, soberbia, rezumante de turismo febril. El clima, sin embargo, me solivianta, lo admito. En un mismo día puedes transitar tranquilamente por el verano para acceder al invierno, con injerencias primaverales y un “chorrito” de otoño. En mi primera impresión es imposible no reparar en el alto índice de mendacidad y su hermano antagonista: la economía boyante que mira de lado a los menesterosos.


 PANORÁMICA DE SAN FRANCISCO DESDE MIRADOR EN TWIN PEAKS

San Francisco está escindido por el pacífico y la bahía. Mi mirada escudriña el horizonte para posarse relajada sobre la estructura férrea del puente de Oakland (1936) o de la bahía. Más allá, el “flamígero” puente encarnado del Golden Gate (1937).

PUENTE DEL GOLDEN GATE

La bahía, hermosa como un atardecer islandés, está bañada por las gélidas aguas del Pacífico y el río Sacramento. Las corrientes son 9 o 10 grados por encima de tremebundas, así como la certeza de que en esas aguas campan a sus anchas los tiburones.

Para moverme por la ciudad cogeré en ocasiones el transporte de cercanías Bart. Es imprescindible aparcar el espíritu en la entretenida zona de Market Place, Washington Str, Mission Str y aledañas. Siempre se concitan por aquí gentes heterogéneas, acaso esperando la salida de algún ferry junto al embarcadero, o abarrotando toda Market Str desde el muelle 31-33.

Podemos tomar uno de estos transportes náuticos hacia la siniestra y malhadada prisión de Alcatraz.


 PRISIÓN DE ALCATRAZ

La preciosa ciudad de tranvías legendarios me ofrece un abanico espectacular de propuestas culinarias difíciles de rechazar. La diversidad abruma entre la zona perimetral de los muelles 31 al 39, si bien, es más económico a partir del 41, donde se asentaron los prístinos inmigrantes italianos. Para dirigirse al centro, nada mejor que tomar el tranvía F. Dejando atrás ya la magia de los atracaderos, cambia la fisonomía de San Francisco en Columbus Str. Comienzo a descubrir calles con subidas y bajadas que son como jorobas de camello, pero 10 o 20 grados por encima de apoteósicas. Un claro ejemplo de esto lo hallo en Lombard Str.

Pero San Francisco tiene también su barrio chino, que es una maravilla, por cierto. Para ello, deberíamos dirigirnos a Stockton Str.

Aburrirse es imposible en San Francisco: teatros, acuario, restaurantes, espectáculos, turismo, puentes colgantes, tiendas, diversión, una miríada de cosas por hacer y muy poco tiempo…





Hay que darse un paseo por la animadísima Geary str y fijarse en las fachadas con escalera exterior en Hyde Str y alrededores. Pero para casas victorianas, sin duda, las de Alamo Square, en Divisadero y aledañas.


MANSIONES DE LUJO EN ALAMO SQUARE

OLMSTED POINT: SECUOYAS



Salimos hacia el impresionante Yosemite Valley. A través del precioso Tioga Pass, con un idílico fondo de montañas nevadas, subimos unos 3300 metros entre pinares y lagos. Me maravilla tanto el lago como la zona escindida por el río Tolumne. Encuentro un mirador de lo más “aprovechable” en Olmsted Point, rumbo a los bosques cuasi novelescos de las titánicas secuoyas.



Estos árboles, de altura inabarcable y talle de matrona hipertrófica, contienen en su corteza ácido tánico, lo cual los convierte en seres vivientes ignífugos. Longevos como Matusalén, pueden vivir hasta 3 milenios. Me encuentro en Tamarack Flat, y voy en pos de las secuoyas cruzando Tolumne Grove.





Todavía me queda un kilómetro de caminata para llegar hasta la célebre secuoya cuyo tronco está horadado en la base, creando un pasadizo como de cuento de hadas. Concluye esta jornada con una caminata, varios grados por encima de delectable, en torno al río Merced, en Yosemite Valley o “Valle maravilloso de osos”. Me da la bienvenida, o se despide de mí, un paisaje canadiense de cedros altísimos, fondo de montañas y cataratas.



domingo, 10 de agosto de 2014

GOLDFIELD NEVADA




Tomamos dirección a Mamoth Lakes y cruzamos como espías furtivos el clandestino e impenetrable área 51, aquel de las películas de expedientes clasificados y extraterrestres lobotomizados. Es un territorio miserable, apartado, recóndito y escurridizo; la sensación de ostracismo es inevitable. Está vallado, protegido como un búnker, kilómetros y kilómetros de vallado que prohíben la cercanía a los curiosos. El misterio insondable es inherente a esos muros de alambre que contemplan el mundo con ojos de anacoreta misántropo, si se me concede esta greguería, este despropósito imaginario de personificación.

Puedo ver fácilmente a los drones sobrevolando el desierto más solitario del mundo, otra hipérbole. Me pregunto, acaso removido por los relatos de Asimov, las narraciones de Sagan o de Iker Jiménez, qué suerte de enigmas se esconden tras esas instalaciones impermeables… ¿Acaso el gobierno estadounidense esté pergeñando allí procelosas y umbrosas investigaciones científicas ocultas ante el gran ojo del resto de los mortales?


Queda ya atrás el área 51 y me detengo ahora en la fantasmagórica localidad de Goldfield Nevada. Se trata de un espectral pueblo abandonado donde solían concitarse buscadores de oro, allá por el año 1910.




Esta fuente de esperanza, esta actividad de áureos relumbres, se prolongó hasta 10 años después. Fue en su día Goldfield Nevada sinónimo de urbe próspera y bulliciosa, grande y referente. Contaba entonces con unas 20.000 almas, en pos de un futuro nimbado de riquezas. Así se muestra en estos días el infame presente de aquel pasado rútilo: GOLDFIELD NEVADA




EL VALLE DE LA MUERTE


 ELVALLE DE LA MUERTE



Funesto nombre para un lugar de tamaña belleza. Desde la carretera puedo columbrar un paisaje plagado de rocas volcánicas y minerales: son testigos mudos de seísmos antiquísimos.




El valle de la muerte debe su innoble e infausto nombre a las prístinas historias de aquellos valientes que perecieron tratando de cruzarlo. Fueron muchos, y es que las tórridas temperaturas aquí, cuasi “marcianas” pueden ser infernales. No hay sombras, nada bajo lo cual guarecerse. La tierra nativa de los indios Timbisha Shoshone es volcánica, salvaje, vestida de colores gracias la gran diversidad mineral. Hay una parada obligatoria en Zabriskie Point. Desde aquí, es fascinante otear en la distancia las pequeñas colinas que se cubren de ocres, verdes, amarillos, rojos…

No puedo evitar compararlo con el también alucinante paisaje islandés de Landmannalaugar.

 


El escenario cambia radicalmente en el punto más bajo sobre el nivel del mar en Usa (86 m.) Se trata de la “selenita” Bad Water, un paisaje lunar inhóspito y desangelado. Las temperaturas en verano oscilan entre los 40º y 50º. De hecho, Bad Water es el territorio más árido de toda Norteamérica.



viernes, 8 de agosto de 2014

LAS VEGAS


 HOTEL EXCALIBUR
Estamos ya en el desierto de Mojave, Nevada, con destino a Las Vegas, abierto al público desde 1931. En el paisaje deprimente abunda el mítico Joshua Tree del célebre álbum de U2. Se asemeja en cierto modo al rechoncho Saguaro que dejamos atrás en Arizona.



Es curiosa, a la par que rocambolesca, la historia que se narra sobre este arbolito singular y espinoso. Resulta que cuando los mormones atravesaban estos páramos, deshidratados y famélicos como iban, fruto de un espejismo, creyeron ver al profeta Joshua. Éste se les revelaba para salvarlos de su calvario.

Los mormones corrieron alborozados a abrazarlo, pero el falso profeta y cactus real acabó pinchándoles y éstos, quedaron transidos de dolor, clavados entre esos brazos espinosos y zainos.

En medio de un terreno baldío y casi fantasmagórico, surge de repente en el horizonte la difuminada “osamenta” espectral de una ciudad artificial que se me asemeja a un recortable desdibujado.

El camino de entrada a Las Vegas no puede resultarme más antipático. Por fin descubre su faz, en medio de este desierto feo y tórrido, blandiendo enormes edificios altivos, rascacielos y locales suntuosos. Pródiga es Las Vegas en hoteles que son como palacios: BIENVENIDOS A LAS VEGAS.





Es curioso descubrir la asincrónica mezcolanza de ricachones, que llegan en vehículos que sólo había visto en las películas de James Bond, y gente mundana de lo más adocenada; gente que parece haber llegado a Las Vegas juntando la calderilla que guardaban en una hucha de aquellas con forma de cerdito rompible.

Me alojo en el hotel de fantasía Excalibur. Inmediatamente me invade una marea de ludópatas que pierden sus cuartos de sol a sol. Máquinas tragaperras, casinos concatenados, ruletas, lucecitas de colores que parpadean, aroma a dinero despilfarrado, monederos desplumados y bolsillos pletóricos de dólares, esos que se dejan los clientes de este negocio redondo y de tintes casi clandestinos, como de novela negra.

El boato lo impregna todo con sus guantes de diamantes. Rutilante, ostentosa, así es la ciudad del juego. Me topo de cuando en cuando, sobre todo en Downtown, la parte antigua, clásica de Las Vegas, con gente inclasificable, desde menesterosos hasta hercúleos boys e hipertróficas chicas Playboy, que airean sus turgencias 10 o 15 grados por encima del decoro y el recato. También hay drag-queens, magos, vaqueros, sujetos extravagantes (9 0 10 grados por encima de “raritos”).   Este panorama que describo, como digo, se halla en la celebérrima jungla luminosa de la zona antigua de Las Vegas, la que vemos en todos los reportajes, vaya. Algunos hoteles como el propio Excalibur, el Bellagio, Mirage, Luxor, The Venetian, Aria, Treasure Island, Caesars Palace, Wynn, Encore o Mandalay Bay son titánicos palacios faraónicos.


 HOTEL BELLAGIO
Para ver espectáculos gratuitos, los de pago pueden alcanzar varios cientos de euros a veces, hay que dirigirse a hoteles como el Excalibur, Bellagio o el Mirage, entre otros. Los espectáculos son una maravilla. Los que no tienen inconveniente en gastar pueden darse el gustazo, y sablazo para su cartera, de disfrutar de celebridades como Elton John, Olivia Newton John, Meat Loaf, Lionel Ritchie, Celine Dion, Shania Twain…

Las Vegas siempre concita a famosos afines a los que menciono.

La diversión es ilimitada, pero tiene un precio, y éste es pocos grados por debajo de abusivo. En Las Vegas abundan los vigilantes, y también las camareras cañón, mujeres explosivas que hacen la pelota a los más afortunados jugadores para que no escatimen monedas y sigan tentando a la suerte caprichosa, a la par que hacen más millonarios a quienes dirigen estos negocios.

Me dirijo al hotel Luxor (pirámide egipcia, maravilloso hotel) desde el propio hotel Excalibur, a través de gigantescos pasillos enmoquetados, eso sí, cruzando siempre el casino, acaso para tratar de que germine en mí una inexistente vena ludópata.


Me asomo a la ventana de mi hotel y puedo atisbar un paisaje típico de parque de atracciones. Atrás queda ese desierto implacable del Mojave, plagado de yuca, Joshua tree, palo verde, vegetación variada pero rala, variedades de pino y muchos, muchos cactus.


domingo, 3 de agosto de 2014

P.N.BRYCE CANYON Y P.N. ZION

BRYCE CANYON



La tierra roja queda salpicada de pinos y rocas con formas singulares que recuerdan a la Capadocia turca. Bryce Canyon es un alucinante anfiteatro natural declarado Parque Nacional en 1928. Dejo paso a las fotografías, para que ellas narren lo que estos ojos de viajero vieron






P.N.ZION





Ahora le llega el turno al P.N.Zion. Con 3.000.000 de visitantes, este paraíso mormón está escindido por el timorato río Virgen. Aquí podemos atisbar, en el más osado de nuestros sueños y si así lo decide el hado, venados, lobos, coyotes, serpientes, conejos, jaguares, pumas, aves rapaces…

Me encuentro en un paisaje asalmonado, vestido para la ocasión con rocas titánicas y ancestrales, sajadas por estrías que tratan de apaciguar los pinos dispersos y la vegetación. Puedo columbrar pavorosas grietas y oquedades, pasadizos y formas más o menos cuadradas. Es un terreno anfractuoso, como torturado o convulso. A muchos se les congelará el alma en el pecho cuando crucen en carretera un túnel de unos dos kilómetros, donde se aprecia fugazmente un espectacular paisaje a través de unas “linternas” naturales que son como ventanas abiertas a un mundo mágico.


Bordeo el río Virgen, que más que un río, por tacañería en magnitud, se me antoja más bien una poza o un charco con pretensiones. Si comparo este paisaje, sin duda bellísimo, con aquellos que dejé atrás en Yellowstone, o hace un rato en Bryce Canyon, el paraíso mormón queda deslucido y desaventajado como una dama de honor ante la novia que asciende al altar para desposarse. Los senderos aquí son sencillos, aunque jalonados de escarpaduras. Se pueden visitar tres áreas con pequeñas charcas y “mojigatas” cascadas decorativas. Hace mucho sol, pero es fácil buscar asilo al amparo de enormes rocas o árboles que medran en los lugares más insospechados.