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viernes, 27 de junio de 2014

LOS ÁNGELES Y EL PASEO DE LA FAMA


Después de un escueto periodo de asueto, mi pluma y mi tintero retornan de la mano de mis musas para impregnar el papel de nuevas crónicas viajeras. Pero antes de entregarme acuciante al papel de escribano y desembalar los ingredientes que hilvanarán mis evocaciones, deseo introducir una nota de sincero afecto y deferencia para con el maravilloso grupo heterogéneo de viajeros que me han acompañado durante miles de kilómetros a lo largo de la costa oeste de los Estados Unidos. Un saludo para todos vosotros. Y es que a veces, el más insulso panorama que podamos imaginar triplica su encanto ante nuestros ojos si compartimos ese instante con la gente adecuada.

Este viaje está repleto de buenos momentos que, etapa tras etapa, iré transcribiendo con el lenguaje codificado del recuerdo.

Arranca pues mi andadura, con el corazón exultante ante el panorama de aventuras que me esperan a la vera del océano pacífico.

Arribo a L.A, Los Ángeles, con la idea preconcebida de quien se cita con la hermana menos agraciada de un clan de beldades. Ciertamente esta ciudad, residencia habitual de 15 millones de almas, está dotado de un atractivo casi obtuso, pese al egregio renombre del Paseo de la fama o el emblema hollywoodense deletreado sobre la loma de una colina. Me alojo en el hotel Doubletree, que abandono de inmediato para explorar debidamente la periferia. Cada pocos pasos me topo con zonas de aparcamientos y edificios pintados con magníficos murales que expresan el latido vivo de anónimos artistas urbanos. Pero la guinda del pastel, presuntamente, me espera en el celebérrimo Dolby Theatre, antiguo Teatro Kodak, epicentro de galardones, flashes, suntuosidad y paparazzi anejos a la sombra de los “George Clooneys” y “Charlize Theron” del momento…


 DOLBY THEATRE, ANTIGUO TEATRO KODAK

Para mi sorpresa y descontento se trata de un mero “centro comercial”, uno de tantos…

Al fondo, desde un mirador improvisado, columbro a duras penas un letrero que reza: Hollywood. A esta distancia implacable se me antoja vulgar y anodino. Promete mayor alborozo mi siguiente parada: El Paseo de la fama. Más de 2500 estrellas de terrazo rosa orlan el suelo terrenal. También hay manos y huellas, unas 200, que parecen petroglifos dejados por ancestrales tribus prehistóricas. El alborozo prometido pronto se escabulle por las cañerías del desconcierto y la frustración: una horda amorfa de turistas revoloteadotes planea como un tropel de moscardones en derredor de las condecoraciones estelares de Elton John, Marilyn Monroe, Arnold Schwarzennegger, en detrimento de los transnochadísmos Mae West, Julie Andrews, Greta Garbo, Ida Lupino o Deborah Kerr…

PASEO DE LA FAMA, ESTRELLA DE ELTON JOHN.

PASEO DE LA FAMA, HUELLAS DE ARNOLD SCHWARZENAGGER

Hacer fotos es tarea casi imposible e irritante. Pronto me doy por vencido, hay gente que ha tomado la calle y se cree con el derecho de ocuparla hasta el fin de los tiempos…

Se me retuerce el gesto cuando trato de visualizar Los Ángeles como prístina tierra de cultivos del otrora Pueblo de la reina de los Ángeles, fundado por Felipe de Neve en el año 1781.

Mucho más rocambolesca se me antoja la historia de una mujer emprendedora que adquirió unas tierras y, por puro capricho, un nombre que escuchó al azar, decidió reutilizarlo para bautizar aquella finca agreste donde hoy se ufana el letrero más famoso del universo cinematográfico: Hollywood.

Pero dejando aparcados los albores ya extintos de Los Ángeles, la realidad presente me transporta hasta el Hollywood Bowl, un anfiteatro con capacidad para 18.000 personas, no mucho más descollante que cualquier otro recinto de cualquier municipio dedicado a la celebración de eventos artísticos.

Ya estoy de nuevo en marcha. Acabo de dejar atrás una bonita iglesia metodista junto al Dolby Theatre. Me entero por una voz grabada en unos auriculares que en ese recinto sacro se grabaron numerosas escenas de la película “Sister act”, aquella que convirtiera a Whoopy Goldberg en una sor de lo más zascandil y marchosa.

Los prosélitos de la fatua vanidad quedarán sin duda abducidos en las exclusivas y “mega-ideales” Sunset Boulevard y Beverly Hills, paradigma y hábitat natural de archimillonarios y famosos.

Rodeo Drive, a continuación, es fonda obligada para los idólatras de las firmas caras y el boato por los cuatro costados. Los Ángeles no me convence, ni termina de ejecutar sobre mi persona martingala alguna de taumaturgia. Lo intenta Labrea Tarpits, con esas curiosas albercas anegadas de alquitrán, donde quedaran atrapadas hasta 650 especies diferentes de animales prehistóricos, hogaño bien fosilizados…

La cosa promete y se anima cuando desemboco en el fluido caudal humano arracimado en el Farmer´s Market: más de 100 restaurantes y tiendas al aire libre con oferta variada para mimar los apetitos del paladar (entre Fairfax y la 3rd Street).

Farmer´s Market fue un exitoso proyecto de Arthur Fremont Gilmore, gestado en el año 1870 tras la adquisición de un solar inmenso. Totalmente recomendable este lugar.

Los Ángeles, aquella tierra irrelevante que allá por el año 1923 y hasta 1940 estableciera sobre una colina el eslogan “Hollywood Lands” a modo de luminoso reclamo comercial, está hogaño vinculado a la farándula y las mansiones de lujo, como las que jalonan la zona de Melrose Ave, donde orbita celestial la sombra indeleble de los estudios Paramount Pictures.

Fracasa estrepitosamente en su conato de engatusamiento el área en torno a Fashion Dist o Bunker Hill, por mucho que se empecinen sus notables rascacielos.

RASCACIELOS EN LOS ÁNGELES

Qué distinto debió ser entonces… allá por el año 1781, cuando un puñado de “hortelanos”, 44 personas, faenaban en los campos de El pueblo de la reina de los ángeles. Para ahondar más en la nostalgia de aquellos días, nada mejor que visitar la Casa Ávila (1818), en la calle Olivera, la más vetusta morada de Los Ángeles, adquirida entonces por el ranchero mexicano Francisco de Ávila. El interior es espartano, como abúlico o exánime, aunque sus hechuras son generosas. Al despuntar ya la tarde madura me entero de que existe un  modo de atisbar el letrero hollywoodense de un modo varios grados por encima de notable.

La s colina ya no me parece tan señera. En compañía de mi mujer y unos buenos amigos californianos, Charis y Trevor, nos encaminamos todos hacia el observatorio Griffith.

PANORÁMICA Y ATARDECER DESDE EL OBSERVATORIO GRIFFITH

¡Ahora sí, eureka! Desde aquí se puede apreciar la magnitud colosal de la ciudad, apostado como estoy en un privilegiado mirador, y finalmente el susodicho letrero de Hollywood.

Hay mucha gente, casi un batallón de personas que llegan por doquier para espiar a la Luna desde portentosos telescopios. Nada desdeñable es esperar el ocaso, hasta que el Sol decide cerrar las persianas del mundo y teñirlo de añiles oscuros…

Es realmente precioso el monolito albo a la entrada del planetario, con efigies de Copérnico y Kepler. También la sala del péndulo de Foucalt, que siempre me deja embobado observando su cadencia eterna…

Si lo que nos gusta es pasear junto al pelotón uniforme del movimiento turístico, The Grove es una elección excelente: tiendas, espectáculos al aire libre, animación, un encantador trenecito verde, parece de juguete, que te lleva a través de los vericuetos “angelinos”.

TREN TURÍSTICO EN THE GROVE

Y una postrera recomendación para acabar el día con la sensación de haber aprovechado bien el tiempo, es visitar Santa Mónica. El Big blue bus número 3, un autobús de color azul, te lleva hasta esta rayana localidad, epítome de playa, ocio, tiendas, restaurantes, mucha, mucha gente, turismo 100%...

Puedes bajar en la parada de Broadway.

Para comer, económico, buen servicio, comprensión de la lengua castellana, pizzas suculentas, un local popular y de muy buena acogida, a tiro de piedra del centro más agraciado, es el 800 degrees, una pizzería napolitana ubicada en 120 Wilshire Boulevard.