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viernes, 31 de enero de 2014

SHANGHAI: ZONA ANTIGUA



 Llegada a la ciudad más proclamada y, acaso más egregia, de todo el circuito. Renombrada y refulgente, pasa de boca en boca y se pasea en limusina la descollante e imprescindible Shanghai.

Es como una gran diva en el reino de los parias. Me deslumbra enseguida su aura cosmopolita; su talante moderno y vanguardista que muestra ademanes y “blasones” europeos o netamente norteamericanos.

Shanghai se desliga de la precariedad china para transformarse en un cisne de plumaje elegantemente acendrado.

Desde mi hotel, camino hacia el centro urbano tomando la larguísima Henan Road, si bien, pronto cambiaré de ruta en mi siguiente expedición para hacerlo a través de Fangbang Road.


Aquí obtengo ya mi primera toma de contacto con la china clásica y antigua, en perfecta sincronía y curioso contraste con la modernidad más puntera a cinco minutos de distancia.

Por la noche, esta parte de la ciudad se subleva y converge en excelencia, con esos edificios vetustos iluminados como antorchas de un bajel vikingo.



Fangbang Road me recibe con un rosario de encantadoras tiendas que se nutren de atavismo y fachadas ancestrales.



Al fondo, los rascacielos pintan un óleo antagonista. Shanghai es atractiva, vibrante, vital y comercial; epicentro de moda, negocios, compras, tiendas de lujo, gangas y falsificaciones…

Recomiendo deambular por Fuyou Road y aledañas, tomar el metro en la línea 10, apearse en Yuyuan Garden Station para visitar los alucinantes jardines y recorrer tranquilamente la inmensa Renim Road, Nanjing Rd… en general, los afluentes esenciales de éstas nos dejarán un sabor permanente a céntrico Shanghai.






viernes, 24 de enero de 2014

HANGZHOU: “EL PARAÍSO EN LA TIERRA”.

AEROPURTO DE HANGZHOU

Mi siguiente parada en este largo periplo chino me apea en la antiquísima localidad de Hangzhou o “paraíso terrenal”. Más de 2200 años de antigüedad, 5 dinastías y 10 reinados la han visto medrar, legando un patrimonio histórico y cultural vasto y rotundo en esplendidez.

Recojo mi maleta en un rocambolesco aeropuerto “floral” con ingentes cantidades de plantas y algunos árboles dentro de la propia terminal, con troncos fornidos que atraviesan el techo en pos de las nubes y el cielo.

La ciudad que me recibe (8 millones de habitantes), posee un tráfico conglomerado. Ya en el trayecto me apercibo de la opulencia exuberante de la zona oeste y el verdor vital entorno al maravilloso templo de Lingyin.

Es mi primera visita en esta tierra donde se cultiva el famoso té Long Jin, bastante caro, por cierto, y uno de los más renombrados de toda China.

Es difícil “epitetar” las sublimes obras talladas en las rocas que me van saliendo al paso: más de 400 budas esculpidos (SX-XIV), semi-ocultos entre el follaje.



Las esculturas, las deidades talladas, se mimetizan con el paisaje. Nos observan enclaustradas en líticas hornacinas horadadas en la roca. El paisaje “apresado” en el área del templo es alucinante.

Son imponentes los guardianes del templo que representan los cuatro puntos cardinales. También las figuras humanas de mohines torvos. Tampoco escatima la ornamentación china en los prodigios decorativos estampados en sus impagables atavíos.



Nos sobrecogerá el inmenso buda de 19 metros, fabricado con oro y alcanfor, y el templo de los 500 budas, con piezas de cobre y oro que pesan una tonelada.

Ahora dejo este templo, hogaño habitado por monjes, y me dirijo hacia la pagoda de las armonías. Desafortunadamente, no puedo honrar sus excelencias como es debido, pues se halla en reformas y sólo me sirve un adusto “entrante encapuchado” de su fachada (7 pisos, 59 metros).

Sus atalayas reconvertidas me contemplan con sobriedad; esas atalayas que en su día sirvieran para alumbrar la travesía de regreso a los barcos que llegaban de ultramar. El faro de antaño y actual pagoda se ubica en la cumbre de la montaña Yeulun, a orillas del río Qiantang. Quedo en esta área frente al mencionado cauce fluvial imbuido de la belleza circundante.

Es imprescindible efectuar la visita al lago inmenso del oeste (3 metros de profundidad); símbolo de Hangzhou. Los turistas pasean como moscas mareadas por las pródigas zonas verdes, o “flotando” sobre el lecho del lago en las embarcaciones que lo recorren.



En la zona más longeva de la ciudad, uno no puede pasar de largo sin adentrarse en la carismática e insigne farmacia Hu Qingyu (1874); la más antigua de todo el país.



Uno se queda embobado contemplando esas alacenas vetustas y anaqueles atávicos con remedios herbales y medicamentos “ignotos” dentro de los preciosos tarros de cerámica y loza, cuyos diseños nos hablan de una época extinguida.

Hay que prestar atención al guía local cuando nos indique que nos fijemos en un cartelito que reza: “Prohibido engañar a los clientes”.

Si nos quedamos por aquí, podremos disfrutar de la gran animación, tiendas, gentío y el encanto innegable de las más céntricas calles de la zona vieja de Hangzhou.







viernes, 17 de enero de 2014

YANGSHUO Y LOS CAMPOS DE ARROZALES




Acabo de descender del barco que conecta Guilin con la población de Yangshuo. Enseguida me acomete la sensación de que se trata de una localidad muy turística y comercial, donde quedan “vomitados” todos los pasajeros de los cruceros por el río Li.



Si uno permanece junto a la ribera, cerca de los puestos callejeros de mercaderes, será pronto objeto de la algarabía de sus demandas para que nos acerquemos y revisemos su género.

Se puede encontrar toda suerte de souvenirs chinos: telas magníficas, artesanía, cerámica, etc…

Dos calles principales son las arterias de esta urbe: Pantao Lu y Xie Jie o “calle de los extranjeros”. Aquí están los hoteles, tiendas y locales de fisonomía europea.



En este punto me inclino a ofrecer mis recomendaciones personales para no pasar de largo por el emblemático, singular y sin duda carismático Ryleys Café. Encantador local, interior a media luz, como en una película de gangsters… con aire retrospectivo, plagado de fotografías y una decoración muy característica que le otorgan un espíritu bohemio, cultural y distinguido.


No es económico, pero tampoco como para arruinarse o tener que pedir préstamos bancarios. Merece la pena. Y cambiando de tercio, otra manera de aprovechar bien el día es visitando alguno de los típicos arrozales de China; así como las clásicas moradas precarias de los labriegos.




Los paisajes son magníficos, como óleos dibujados ante nuestra mirada atónita. La experiencia, muy reseñable. A fin de cuentas, un modo de conocer la china profunda y más veraz. No muy lejos de aquí, es imprescindible acercarse hasta el fotogénico río del dragón, con su maravilloso paisaje, donde se rodaron escenas de la película “El velo pintado”.


GUILIN: CRUCERO POR EL RÍO LI

GUILIN: CRUCERO POR EL RÍO LI

La ruta que inicio  hoy es tal vez una de las más agradables y bonitas de todo mi periplo chino. Arribo a la placentera localidad de Guilin para “abordar” un barco que surcará el remansado río Li (437 kms)




El moderno bajel es cómodo y elegante, con mesitas y asientos que hacen ideales la contemplación del hermoso paisaje a ambos lados del cauce fluvial. Es fácil atisbar junto a la ribera antílopes, aves zancudas o búfalos.

El trayecto se torna pintoresco y mucho más entretenido cuando se arriman al barco los mercaderes, que ofrecen su género en unas “barquichuelas” que se me antojan como cajas de cerillas repletas de suculencia recién recogidas a mano.

Estas precarias almadías o balandros flotantes están compuestos por tres o cuatro maderos unidos entre sí. En esta región suele otearse siempre un paisaje calinoso que desdibuja los perfiles recortados de colinas y montañas.

Al tratarse de una vía fluvial muy popular, es frecuente vislumbrar en el río Li grandes concentraciones de “navíos” y chalupas de toda catadura; turistas asiáticos mayoritariamente. Me recuerda el paisaje a los que viera años atrás en Sri Lanka, aunque exento de aquellas junglas frondosas habitadas por “invisibles” seres arbóreos.



El río Li discurre dócil, circuido de picos aserrados y colinas nebulosas de origen calcáreo. Así, lentamente, sin prisas, llego en un trance hipnótico hasta la preciosa y animada Yangshuo, punto de arranque de mi próxima crónica viajera.

viernes, 10 de enero de 2014

EL BUDA GIGANTE DE LESHAN


Breve entremés el que ahora acometo en mis dilatadas crónicas chinas para comentar mis avatares en la tranquila población de Leshan, donde las nubes y los cielos encapotados son una constante.

Me espera un barco que me llevara hasta los pies del titánico buda de 71 metros de altura. Mientras me deleita el paisaje con su hermosura brutal, trato de imaginarlo, cómodamente apoltronado en el lecho de una roca inmensa. El guía local, que no es especialmente ducho en su labor, por inexperto, por falta de iniciativa y entusiasmo, me informa de que es el más grande del mundo tallado en roca.





Me tengo que conformar con verlo desde lejos, pues el guía local parece siempre acuciado por unas prisas patológicas que consideraran el tiempo como una línea sesgada en peligro de extinción. Después comprobaré que sobra tiempo hasta para construir una mezquita y de paso, repasar la discografía completa de Dolly Parton y Frank Sinatra.

Bromas aparte, y volviendo ya a los asuntos realmente relevantes, como decía, el buda de Leshan es una mole de piedra inmensa y para su ejecución tuvieron que transcurrir dos siglos.





El trayecto fluvial en la confluencia de los ríos Minjang, Quingyi y Dadu se me antoja efímero y enseguida me planto ante el colosal centinela. La misión del buda era la de proteger a los monjes; su tamaño descomunal alude precisamente a ese simbolismo