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jueves, 2 de octubre de 2014

KRUJA






Abandono Tirana para dirigirme hacia una preciosa villa medieval, como de cuento clásico, llamada Kruja. Capital del estado en tiempos de Skanderberg, aquel héroe nacional que vapuleara las tropas otomanas en el año 1444, abraza a Kruja un entorno de lozano verdor preñado de colinas y curvas sinuosas por doquier. Desde la cumbre del castillo podemos avizorar un panorama magnífico, a cuyo fondo se asoman timoratas lejanas y casi borrosas montañas.

El bazar engulle la villa como una escolopendra que extendiera su silueta de adoquines hasta sus confines más recoletos. Los adictos a las compras se las verán negras para domeñar y mantener a raya a su voluntad y alejar las manos del monedero. Los artículos expuestos en el bazar, toda suerte de “trebejos” y “bártulos” decorativos que persiguen alimentar el recuerdo de un viaje memorable, son una preciosidad.


Especialmente laudable es la prolífica mercadería textil, la mantelería, los bordados y las telas, todo manufacturado con el primor y la paciencia de los legendarios artesanos. Este es un lugar perfecto para aprovisionarse de típicos productos albaneses.

De nuevo surge la inevitable huella de Skanderberg en las numerosas banderas ondeantes, estampadas con el águila bicéfala que distingue a la familia del libertador y unificador de los principados nacionales, y que estableciera en el siglo IV un cisma religioso, cuyo binomio quedara compuesto por la iglesia católica y la ortodoxa.

El castillo es, como casi todos los que iré visitando en Albania, imponente. En su interior me espera el Museo Nacional, imprescindible para desentrañar los vericuetos de la historia del país. 



Así, navego a través del tiempo de los ilirios o los romanos, azote de los primeros. Son magníficas las pinturas de temática bélica, y casi sobrenatural el mural de 108 metros que refleja la cruenta batalla de Skanderberg contra los turcos ante el castillo que hoy visito.

Culmina esta crónica con un aporte culinario, o sea, de los placeres gastronómicos. No se me ocurre mejor opción para aplacar el hambre que visitar el Bar-Restaurante Alba. Anejo al castillo, posee unas preciosas vistas panorámicas. Se trata de un encantador local rústico de amplias dimensiones con terraza exterior. Atienden rápido y la comida no sólo es ópima en cantidad, sino excelente suculencia para mimar el paladar.



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