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jueves, 31 de octubre de 2013

EL TEMPLO DE LAS TEJAS AZULES: “EL TEMPLO DEL CIELO”

EL TEMPLO DE LAS TEJAS AZULES: “EL TEMPLO DEL CIELO”



Es momento ahora de acercarnos, como en medio de un trance espiritual, hasta el fabuloso enclave donde se halla el templo del cielo, (1420).

Era éste un centro “neurálgico” de oración para los emperadores de las dinastías Qing y Ming. No negaré que es mi deleite dejar atrás por unas horas el rebullicio febril que queda concitado ante las puertas de mi hotel cada mañana.

No es fácil desprenderse del funesto telón de fondo de la contaminación, que parece perseguirme como una dama enlutada. Casi puede uno percibir cómo sobrevuelan el firmamento los densos enjambres de “escorias” y plomo en suspensión, que irán a depositar su ponzoña en los pulmones sometidos al aire sucio de los sufridos ciudadanos de Beijing.

Me planto pues ante el templo del cielo. Se explica este epíteto calificativo, o mejor dicho, el apostillado que lo acompaña, por ser éste el de mayor altitud.



Es singular su forma de anillo y de ciudadela amurallada. Allá donde poso mi mirada, a lo largo de sus 273 hectáreas, se apea ésta en el curvado alero de techumbres de tejas azules. Todo es celeste y añil a mi alrededor. También redunda el rojo de la felicidad, escondido entre los pliegues adornadísimos de los diferentes recintos sagrados.

En este extenso remanso de paz, el emperador y su corte elevaban sus plegarias para pedir cosechas feraces y lluvias incesantes que colmaran de “abastos” los campos. Como “gratificación” por tamaña deferencia, el emperador y su comitiva llevaban a cabo sacrificios.

El panorama actual es mucho menos adverso y brutal. Es frecuente hallar en estos alrededores pacíficos mundanas escenas de gente paseando por los parques circundantes; jubilados en su gran mayoría, que se reúnen cada mañana para practicar deporte, danzar o jugar a las cartas, al ajedrez, al domino o al mah Jong. Bajo los preciosos soportales de madera, en un entorno lozano y exuberante, parecen formar ya parte de este recoleto “reino de los cielos”.

El magnífico templo de los cielos que hoy visito es Patrimonio de la humanidad por la Unesco desde 1998.





viernes, 25 de octubre de 2013

CIUDAD PROHIBIDA (BEIJING II)

Si bien en la plaza Tian´anmen uno debe quedar como suspendido en el tiempo para degustar las excelencias de la famosa Zhangyamen o Qianmen, puerta originaria de entrada a Beijing, imaginar este lugar, esta Puerta Nacional como baluarte de un inexpugnable fuerte militar, igualmente debemos enlentecer el pulso ante el templo de la armonía suprema o Zhong he dian (1420, dinastía Ming).




 TEMPLO DE LA ARMONÍA SUPREMA O ZHONG HE DIAN

Reconstruido muchas veces por imperativo de los estragos provocados por el fuego, el actual data del año 1627. No menos admirable es la enorme piedra esculpida en una sola pieza durante el período de la dinastía Ming: pesa 20 toneladas y tiene unas dimensiones sobrecogedoras de 16.75 metros de longitud y 3 de anchura. Ahora me espera la “Puerta de la pureza celestial”, de idéntica época.

 LOSA ESCULPIDA EN UNA PIEZA.


Como viendo siendo ya habitual, me topo con otro dramático suceso vinculado a los incendios impíos. El templo actual no verá culminado su esplendor hasta el año 1655, ya en tiempos de regencia Qing.

Nada más apropiado ahora que detenerse ante el egregio símbolo de fidelidad y amor eterno. Me sorprende gratamente la figura estilizada y retorcida de los cipreses entrelazados, que son punto de congregación fotográfica. Ante estos singulares árboles posaron en el día de su boda Puyi y Wan rong, últimos emperadores de la dinastía Qing. Querían con ello simbolizar sus anhelos de volar hacia el cielo azul como dos pájaros con un único par de alas; crecer juntos en la tierra partiendo de un mismo tallo, como dos árboles con sus ramas unidas.
CIPRESES ENTRELAZADOS, SÍMBOLO DE AMOR Y FIDELIDAD ETERNOS

Anteriormente me detenía a comentar las barrabasadas provocadas por los incendios en este venerable entorno de maderas sin clavos. Me llaman la atención las enormes vasijas que veo diseminadas por todo el complejo palaciego. Me cuenta el guía local que tienen más de 5 siglos de antigüedad, y que eran utilizadas para almacenamiento de agua en caso de producirse un incendio.

Si levanto un poco la vista, me encuentro inmediatamente con la mirada congelada de los guardianes de los templos, apostados en los tejados, y con los símbolos del emperador, el dragón, o los de la emperatriz, el ave fénix.

 GUARDIANES PROTECTORES DE LOS TEMPLOS

Si bien es cierto que las llamas dieron buena cuenta de los palacios de la ciudad prohibida, no menos inclementes fueron los vandálicos batallones napoleónicos que los desvalijaron; acto impúdico que no tuvo el menor reparo en emular después el pueblo llano, conminado a residir a las afueras de estos inexpugnables muros.

Otro detalle que no se me escapa es la carestía de árboles en este área. No hay lugar aquí donde guarecerse. El emperador lo dispuso de esta manera para que ninguno de sus guardianes pudiera ocultarse tras ellos y así confabular oscuras tramas criminales contra su persona.


Abandonando este complejo suntuario, ya en la zona imperial, sí veo algunos árboles dignos de las más laudables prosopopeyas. Etiquetados por colores, las de fondo verde nos hablan de ejemplares de entre 100-300 años. Las etiquetas rojas descubren la longevidad de árboles que superan los 3 siglos. Es imponente el exterior, rodeado de un canal artificial de 50 metros de anchura y muros de más de 12 metros de altura.

viernes, 18 de octubre de 2013

PEKÍN, INTRODUCCIÓN (I)


CIUDAD PROHIBIDA Y ACCESO DESDE LA PLAZA DE TIAN´ANNMEN

Desde el cómodo y suntuario reino de la habitación de un céntrico hotel, suspendido en las alturas como el amo del viento, observo  estupefacto cómo se despliega ante mi mirada un panorama cotidiano de raigambre enmarañada desproporcionadamente caótico.

Una suerte de éxodo migratorio, un diluvio humano, una estampida de sabana africana, discurre tumultuoso e inverosímil.

Beijing, cenicienta y herida de muerte por la aborrecible vestidura enlutada de venenosa contaminación, se atiborra de cláxones impíos que suenan como trombones de una banda de borrachos.

Cruzar al otro lado de la calle es una aventura de supervivencia: motos, taxis bicolores, coches a mansalva, bicicletas esqueléticas, peatones, tratan de ganar una carrera de locos “circulando” sin código alguno de circulación. Se funden en una pastosa amalgama irrespetuosa de almas errantes como habitantes lunáticos de una urbe post-apocalíptica.

Posee un cierto efecto hipnótico contemplar esta urbanita acuarela de sonidos y elementos en movimiento que pululan sin descanso y en constante riego de colisión.

Mi primera toma de contacto con esta ciudad de más de 22 millones de habitantes, Beijing, está jalonada de esputos horrendos con banda sonora, tal es la contundencia de tales escupitajos, tripas masculinas descubiertas, un murmullo en tropel de voces altisonantes que laceran mis tímpanos, enormes paneles informativos y letreros, carteles y rótulos escritos con “garabatos” abstractos; un diluvio humano tomando las contaminadas calles de Pekín…

De manera intempestiva y con prisas destempladas llama a mi puerta y de sopetón la iterativa comida vegetariana extremadamente picante, los “hutongs” o angostos callejones de “cuello de botella, donde se hacina la gente en un mercadillo de fruta o enseres varios, tiendas, viviendas destartaladas…

También los empujones en las colas y la gente que se cuela con el beneplácito de sus compatriotas. Nadie protesta, a nadie le parece mal. Me zambullo en una sociedad “incognoscible” donde abundan los parasoles y los teléfonos móviles, que afilian entre sus filas a jóvenes y adultos lobotomizados por los comandos de una pantalla brillante atiborrada de iconos como una despensa de fantasías.

Me dirijo hacia la famosísima y gigantesca plaza de Tian´annmen (440.000 m2).


De nuevo me persigue la sensación de compresión entre el gentío presuroso, que espera en las interminables colas para acceder a este inmenso área de la ciudad que otrora estuviera amurallado hasta el año 1960.

No me sorprende encontrar estratégicos puntos de control de equipaje de mano y supervisión marcial. La plaza no permite la entrada a nadie a partir de las 19.30 desde el aciago recuerdo de la virulenta y fatídica contienda militar con los manifestantes que atestaban el lugar en la revuelta del año 1989, cuando demandaban la instauración de la democracia.

 Encamino mis pasos hacia la Torre de Tian´annmen o “Puerta del cielo y la tranquilidad”. Casi caigo prisionero de la mirada eterna de Mao Zedong.


Su imagen en la fachada, un cuadro de 1 tonelada de peso, observa beatífica la plaza tomada sin tregua por los turistas, en su gran mayoría de origen oriental.


Dejo atrás la primigenia Puerta del Sol, una hermosísima torre de vigilancia donde moraban los militares; vetusta remembranza construida en el típico estilo arquitectónico chino que daba acceso a la Ciudad Prohibida.

Me dejo arrastrar por los innumerables acicates de los formidables palacios imperiales de las dinastías Ming y Qing (1420-1911).

Ante la torre de Tian´annmen no puedo por menos que solazar mi mirada en la contemplación de una fascinante columna alba con el dragón, símbolo del poder del emperador, coronando la cúspide.

En este punto me sobrevienen las dudas acerca de la dispar gama colorista de los típicos tejados palaciegos: el verde, que inunda de esperanza, el color de la tierra y la prosperidad, la bonanza de las cosechas, la fertilidad.

El azul, que busca la conexión celestial, la cercanía con el reino de los cielos. El amarillo simboliza el poder, el dinero, la riqueza. Por ende, la ostentación pintada de dorado sobre aleros y tejados.

Los negros, grises oscuros, sin embargo, destacan las penurias del vulgo; la carestía. La sociedad china es supersticiosa y así lo demuestra la numerología, que se ceba con el número 9, dígito de poder y fortaleza, el número del emperador. No en vano, hay en la Ciudad Prohibida un total de 9999 habitaciones entre todos los palacios imperiales, y puertas de acceso tachonadas con afiladas picas, nueve filas en total.
En mi periplo chino hallaré constantemente imágenes, esculturas, tallas esculpidas de inmensos y fieros leones: uno macho, que posa su garra sobre la esfera terrestre y la hembra o emperatriz, protectora del pueblo. Los que encuentro en este prodigioso enclave dinástico, esculpidos en bronce, son los más grandes de toda la ciudad.

También imágenes del ave fénix (emperatriz), y el dragón, que alude al emperador.

Los complejos imperiales, tantas veces fueran pasto de las llamas, están construidos como un gran armazón único, sin un solo clavo de trabazón. Los mecheros aquí están prohibidos, y de haberlos, son requisados de inmediato. El recuerdo de los estragos ígneos es todavía demasiado dramático, y por ende, un elemento indeseable.

La Ciudad Prohibida, así llamada por el veto impuesto por los emperadores de las dinastías Qing y Ming, que durante 5 siglos prohibieron el acceso al pueblo, fue otrora un recinto exclusivo y suntuario. Los emperadores rara vez salían más allá de sus muros, salvo asunto insoslayable.

El palacio más relevante acaso sea el llamado de “la armonía suprema”, donde se filmaran escenas de la película “El “último emperador”.


TORRE DE VIGILANCIA , ENTRADA PRIMIGENIA A LA CIUDAD PROHIBIDA.