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martes, 23 de abril de 2013

CRÓNICAS LUSAS: ÉVORA


TEMPLO DE DIANA

Como las huellas en la playa, desdibujadas por la espuma y la sal, así quedará, un tanto desvaida y perezosa, esta crónica de epílogo portugúes: Évora.


La lluvia pertinaz se encargará de "desmaquillar" la faz de esta hermosa villa, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1986.

Entre bocanadas de diluvio y escampo, trato de restaurar los detritos afeados de mi cuaderno de notas, donde la humedad produce estragos en mi caligrafía de aspecto tenebroso, como de "galimatías arameo".

Calado como un centollo, observo esta fascinante ciudad medieval amurallada, fundada por los romanos y construida en la región de Alem-Tejo durante la formación del nuevo reino de Portugal (S.XII)

Me topo enseguida con el templo de Diana (S.II), dotado orgullosamente de 12 columnas corintias y mármol de Estremoz. Me parece una imagen un tanto señera, pese a la persistencia de su belleza indeleble.

Mucho más lóbrega y cavernaria se torna mi "expedición" cuando me adentro en la Capilla de Ossos. En su interior, revestimiento de más de 5000 cráneos y osamentas, probablemente víctimas de la peste.



CAPILLA DE OSSOS

La belleza de este lugar es extraña, como de mazmorra gótica, con su flagrante "vestidura" de mortandad silenciosa y túrbida, siniestra y sórdida...


Mucho más amena la recolección de azulejos que representan el vía crucis. Construida la capilla a mitad del siglo XVIII, fue la prolongación de la preciosa casa capitular del convento de San Francisco.



AZULEJOS REPRESENTANDO EL VÍA CRUCIS

Al fondo, una urna funeraria con los restos de los fundadores (S.XVIII). Me marcho de este lugar de descanso eterno imbuido con un lema de lo más sórdido. En mi mente, como una letanía de nigromante, leo en la pared: "Nuestros huesos que aquí estamos, aquí os esperamos".

Una vez abandono este reducto de esqueletos y "habitantes de ultratumba" concentro mi atención en el antiguo foro romano, actual Plaza de Giraldo.

Es el centro neurálgico de la ciudadela, una hermosa gama de calles empedradas blancas, ribeteadas del sempiterno y alegre amarillo.

La rua 5 de Outubro nos llevará hasta la preciosa catedral. Me dejo reclamar por las capillas laterales barrocas y el hermoso altar rosado.
Dado que la lluvía porfía pertinaz, me adentro en el Palacio de los duques de Cadaval (S.XV). Es de estilo mudéjar, gótico y manuelino y fue construido sobre las ruinas de un castillo moro.

Destaca la "colindante" iglesia de S.Juan el Evangelista (1485). Está considerada como una de las más hernosas de toda Portugal. Sin duda, es fascinante su colección de azulejos del siglo XVIII, para orgullo de su fundador, Rodrigo de Melo, primer conde de Olivença.


El resto del palacio, sin embargo, adolece de adusta sobriedad y ornamento espartano, indigno de encomio ni mayor ditirambo.



IGLESIA DE SAN JUAN EVANGELISTA.

CRÓNICAS LUSAS;: CASCAIS


BOCA DEL INFIERNO

Se me queda la expresión congelada por la estupefacción cuando trato de imaginar Cascais convertida en enclave prehistórico habitado, o tierra de batallas cruentas, reconquistadas en el año 1153 por Enrique I.

Designada como villa en 1364 por Pedro I, sería en este lugar donde se erigiría el primer faro de Portugal (1537), si bien el actual es muy posterior (1810).

Hogaño predominan la fatuidad y el boato propios de las clases sociales más privilegiadas, entregadas a placeres hedonistas y de expectativas entre inocuas y baladíes que no buscan mayor meta que solazarse mientras discurre en calma el tiempo…

Cascais es una bahía en el océano atlántico de vestiduras repulidas y semblante sin mácula.

Es magnífica la playa de dunas de Guincho. Acariciadas por el viento, conforman un típico paisaje estival para los sibaritas del reposo y los deportes acuáticos.
AYUNTAMIENTO

Yo, más proclive a la seducción paisajística de naturaleza calcárea, me quedo con el elemento embellecedor del litoral rocoso, que cohabita con las dunas y la profusa vegetación frente a la playa rabiosa.

Ruge, se manifiesta y solivianta enhiesta; la playa me regala olas de más de tres metros de altura, asperjando mi rostro de sal y espuma y fragancias marinas.

 PLAYA DE CASCAIS

Cobra espectacularidad este clamor marítimo en la impactante boca del infierno, con esas olas tremendas que parecen un ejército de almas iracundas que batallaran contra los elementos para desterrar a Cascais de su enclave natural.

En esta turística parada portuguesa abundan los hoteles lujosos, el turista de playa por antonomasia y los restaurantes, que sirven copiosidad de pescados diversos y suculentos.

Es bonita toda el área circundante al paseo marítimo, flanqueado de palmeras, con el busto del monarca Pedro I presidiendo la playa.

Al fondo la ciudadela, la fortaleza amurallada de Cascais, actual posada con alguna tienda y restaurante dentro.

Retomando temas culinarios, recomiendo el restaurante O Batel (Travessa das flores 4). Es delicioso el bacalao al horno.

Para callejear, la Praça 5 de Outubro, donde nos da la bienvenida Pedro I. El precioso edificio colindante es el Ayuntamiento. Ya puestos a hollar la ciudad y “roer” las suelas de los zapatos,  se puede uno perder por la céntrica Beco Torto y aledañas.
FORTALEZA DE CASCAIS, ACTUAL POSADA


viernes, 19 de abril de 2013

CRÓNICAS LUSAS: SINTRA

SINTRA


Continuo mi periplo rumbo a una de las flamantes joyas patrimoniales de este viaje por tierras lusas: Sintra

La brevedad “rácana” de mi tiempo en esta preciosa e idílica villa medieval colisiona de bruces con mi anhelo malogrado de visitar el afamado Castelo da Pena.

Me guardo en el zurrón la pataleta y la tristeza pueril para purificar mis sentidos en el fantástico Palacio de la Villa (SXII).

Contemplo a la muchedumbre hacinada a mi alrededor, como almas de un rebaño gregario que atora las calles o “ruas” en su deambular errático y bullicioso, que tiene tanto de invocación multitudinaria y procesión ritual…

Es éste un enclave de blasón turístico, un “Benidorm” sin playa, pero con idéntico reclamo de gente que se cruza sin mirarse y se entremezcla como el agua y la sal.

El Palacio de la Villa me sorprende gratamente con su preciosa sala de baños “azulejada”. Es un detalle relativamente anodino frente a la anomalía estética de irresistible belleza en la Sala das Pegas, con su techumbre invadida de urracas pintadas. El rey Sebastián está presente y me espía desde los cuadros que habitan en la alcoba.

Me induce a proseguir para cebar mis sentidos con nuevas “rarezas” pictóricas que me dejan patitieso en la Sala de los Cisnes.
SALA DE LOS CISNES

La mirada queda cautiva en el soberbio artesonado, con pinturas de estas gráciles aves de albo plumaje. No concluyen aún las experiencias de embeleso.

Otra sala convexa engaña de tal modo que, cuando mis ojos se elevan en pos del firmamento, se topan con una bóveda con forma de cubierta de barco pintada con escenas que aluden a expediciones marinas (Sala de las embarcaciones S.XV-XVI).

SALA DE LAS EMBARCACIONES

Quieren mis emociones estallar en miríadas de colores y así, se impregnan de esplendor en la Sala de los blasones, construida en tiempos de D.Manuel (1495-1521).

No puedo abarcar todo lo que absorben mis retinas. En el centro “refulge” ensoberbecido el blasón del rey y su progenie, así como irrumpen grotescos los venados, que representan a la nobleza.

El Palacio de la villa o del pueblo, único palacio Real de la edad media construido en Portugal, fue la residencia estival de los monarcas después de que el Rey Alfonso Henriques conquistara el antiguo castillo de los moros en el siglo XII y sus sucesores le otorgaran esplendor y lustre actual.

Ensimismó al mismísimo Lord Byron esta villa; quedó prendado de las ínfulas románticas de Sintra y eligió este lugar para establecer su residencia.

Me llaman la atención las enormes chimeneas (33 metros) que me sobrecogen y menguan frente a la blanca entrada principal escalonada.

Sintra, antiguo enclave de culto astronómico en la era de los celtas y los visigodos, es P.H. Unesco desde 1995.

Otro elemento arquitectónico destacable es el precioso ayuntamiento de estilo manuelino.

Como ya he hecho en alguna ocasión pretérita, como colofón, un apunte gastronómico. Nuevamente surgen los dulces lusos; tienen todo el protagonismo con las deliciosas queijadas y travesseiros.

El mejor lugar para adquirirlos está en la pastelería Piriquita (Rua das Padarias). Afamada, siempre está llena de gente. Es imprescindible también subir por esta callejuela empinada y medieval hasta el mirador da Ferraria. A nuestro paso, brotan las tiendas con encanto repletas de paños, cerámica, objetos de corcho, mantelería…


SALA DE LOS BLASONES

miércoles, 17 de abril de 2013

CRÓNICAS LUSAS: BATALHA


MONASTERIO DE BATALHA

Atrás queda la argéntea dermis del océano atlántico y la idílica playa frente al santuario de Nazaré. No abandono, sin embargo, el cobijo monacal que encuentro, esplendoroso y exultante, ante la estructura del monasterio de Batalha (1386-1517), Patrimonio de la Humanidad desde 1989.



En el distrito de Leiria, también conocido como Santa María da Vitoria, es una maravilla arquitectónica construida por Juan I en estilo gótico tardío de influencia inglesa y manuelino.

El monasterio fue erigido como ofrenda a la virgen por la victoria de las tropas portugueses sobre las filas del ejército de Castilla en la épica batalla de Aljubarrota (1835)


Enorme, formidable, hermosísimo, es una muestra alucinante de gótico inglés con pilares colosales que se funden en la profundidad, abrazando el infinito con sus galerías majestuosas y “arqueadas”.

Si ya me arroba el exterior, igualmente me embelesa el claustro (1438-1481), enorme y ajardinado, construido en tiempos de Alfonso V.

 CLAUSTRO

Las columnas están ricamente ornamentadas en estilos diversos de influencia inglesa.

Es recurrente el símbolo de la esfera armilar de Manuel I, presente en la bandera nacional.

Llegan mis pasos hasta la anómala área de las majestuosas capillas inacabadas (1433-38), de estilo manuelino, con sus bóvedas desnudas, son una ventana abierta al firmamento, un pasadizo celestial que nos acerca a Dios.

Fueron encomendadas por D.Duarte para su panteón sobre un diseño de Huguet.

CAPILLAS INACABADAS

CRÓNICAS LUSAS: NAZARÉ


En el distrito de Leiria llegan mis pasos hasta una villa que liga su nombre en perfecta trabazón a los milagros de Nuestra Señora de Nazaré.

Exuda tal nombre un cierto reflujo sacro, y ya creemos o intuimos un flujo histórico de profusas narraciones acerca de profetas y mesías, milagros inexplicables y dogmas teológicos.
Pero la mirada no nada entre salmos y evangelios... más bien cabalga sobre las argénteas olas del mar, que se me antoja revoltoso y zascandil, plateado y albo...

Encuentro en esta villa de pescadores, cuyos rumores de vida pretérita me remontan al año 1643, un bonito santuario que inmediatamente origina una sinápsis con mi idea primigenia de la santidad y lo sagrado.


Es blanco, como las huellas que voy dejando a mi paso por Óbidos, Elvas, Lisboa...


SANTUARIO DE NUESTRA SEÑORA DE NAZARÉ.

Una escalinata prominente nos eleva hasta el "sanctasanctórum", donde me asombra y alumbra el ánimo el magistral altar, tanto como las idílicas panorámicas desde las azoteas privilegiadas del mirador.

SANTUARIO NUESTRA SEÑORA DE NAZARÉ


El blanco se funde con el océano atlántico para vestirse de plata entre olas bravías y espuma de seda.
Azoteas, panorámicas, un sueño contemplado desde las alturas... es posible gracias al funicular, construido por un discípulo del afamado Eiffel.
Un apunte más, de carácter culinario en esta ocasión. Es típico deleitarse por aquí con una buena calderada: pescados variados con patata cocida. También el sempiterno bacalao (más de 300 variedades) y marisco.
Nazaré está plagado de tentadoras propuestas gastronómicas en su amplio bagage de restaurantes y marisquerías.

sábado, 13 de abril de 2013

"CRÓNICAS LUSAS: ALCOBAÇA


ABADÍA DE SANTA MARÍA DE ALCOBAÇA

El periplo portugués me arroja proyectado a los pies de la primera obra gótica erigida en estas tierras de fisonomía vetusta y descascarada: la abadía de Santa María de Alcobaça (1178)

De talante austero e inapetencia de rimbombancia, fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y fundada por la orden de los monjes cistercienses. Está considerada como una de las siete maravillas de Portugal.

Alentado por el copioso flujo de epítetos grandilocuentes, me adentro en esta fabulosa construcción de Juan Castillo, el único arquitecto autóctono que cuenta en su flamante haber con 5 obras declaradas P.H.Unesco.

El monasterio, de la época del rey Alfonso Henriques, acomodado en la llanura de la simpleza y la vaguedad ornamental, como rigen los preceptos de “abstinencia” y humildad cistercienses, se halla en los valles de la estremadura portuguesa, bañado por los ríos Alco y Baça.

Llega a mis oídos, como el clamor de miles de cornetas funerarias, la leyenda infausta y azarosa de dos apasionados amantes, condenados al destierro de sus sentimientos y la claudicación de su recíproco amor ponzoñoso: Inés de Castro y Pedro I.

Alfonso IV, padre del embebido galán, será el artífice del cataclismo cuando encomienda el asesinato de la rendida Inés en 1355 para refrenar las pulsiones incontenibles de la pasión de la malhadada pareja.

Me acuna y atempera el ánimo el interior albo del sagrado templo, solemne y proclive a la majestuosidad. Ringleras de columnas colosales y pilares mastodónticos conforman un glorioso escenario de piedra blanca y prístina que parece buscar cobijo bajo los estilizados arcos apuntados.

Las naves altas vuelan hacia la techumbre celestial, desnuda de orlas y “parapetos” decorativos.

En el suelo terrenal y aséptico una nota luctuosa aparece con la presencia insidiosa de las preciosas tumbas de Inés de Castro y Pedro I.

Acompañados en ese viaje ignoto están las tumbas de egregios personajes de la realeza, como Doña Urraca o Alfonso II, en el Panteón Real (1782), construido por el abad Manuel de Mendonça y el arquitecto William Elsden.

Los sepulcros fueron saqueados por las tropas francesas en busca de tesoros.

La mirada revolotea por este lugar de descanso eterno para posarse grácil en la Sala de los reyes; ribeteada con efigies de monarcas y preciosos azulejos del siglo XVIII que reflejan escenas de batallas, convenciones, asedios, reconquistas, la historia de la ciudad…


 SALA DE LOS REYES

Accedo al bonito y amplio claustro gótico del rey Dinis (S.XVI) y quieren mis pasos dirigirme hasta la curiosa y descomunal cocina, blanca, diáfana, salpicada de detalles añiles (1752).


 CLAUSTRO

Es imponente la mesa de mármol (8 toneladas) y la chimenea… en esta línea de medidas hipertróficas arribo y concluyo en el enorme refectorio “columnado”, con el púlpito desde el cual se leían salmos mientras el resto de los monjes comían “frugalidades” en reverente silencio…


REFECTORIO


jueves, 11 de abril de 2013

CRÓNICAS LUSAS: ÓBIDOS


CALLES DE ÓBIDOS

Dejo atrás la primigenia Alpesa romana, hogaño Elvas, para fundirme en un laberinto fortificado de colores blancos, azules, amarillos, verdes o rojos.
Oppidum, actual Óbidos, en el distrito de Leiria, es una hermosa acuarela medieval amurallada prolija en construcciones eclesiásticas y un castillo esplendoroso, levantado sobre un asentamiento previo de época árabe (año 713).

Este lugar elegido por los reyes como parada estacional de asueto y solaz fue hábitat de romanos, visigodos y árabes.
Me cuentan que fue Catalina de Austria quien erigió el magnífico acueducto de 3 kms de longitud que cautiva mis retinas y apabulla la emoción. También bajo su atenta supervisión y anuencia surge la despampanante iglesia de Santa María (1148), ubicada en la plaza de idéntico nombre.

Me espera dentro un mural asombroso de azulejos y pinturas, dormidas en el interior del sacro recinto de fe y oración.
La Puerta de la Villa y la de la Sra.de la Gracia confluyen en un paisaje policromado de estética impresionista, como gestados en la fábrica de ensoñaciones de Matisse o Monet.
No es sin embargo una paleta de colores bravucones y vivaces, petulantes y engolados, como los tonos emperifollados que encontramos en las típicas tabernas irlandesas o en los encantadores rincones de Islandia o Noruega...

El colorido de Óbidos se viste de belleza decadente, con desconchones y escaras propias de la vejez.
Reconquistada por Alfonso I de Portugal en el año 1148, la "Villa de las reinas", Óbidos, era la opulenta ofrenda que se otorgaba a las futuras reinas como regalo de bodas.

PANORÁMICA DE ÓBIDOS

Esta localidad de de fachadas teñidas conoció cruentas guerras con España en el siglo XIII. Admiro el entorno blanco, que flirtea con colores de mayor empaque, y la serenidad se antepone a cualquier otro aspecto de reminiscencias bélicas.

Uno no debe marcharse de Óbidos sin callejear por las idílicas calles empedradas, entre azules y blancos, amarillos y marrones, y por supuesto, degustar las excelencias del delicioso licor autóctono: la grinjinha.
En combinación con el chocolate, da como resultado una fusión exquisita.
Veremos en las tiendas copiosidad de bordados, telas, paños y mucha grinjinha.

GRINJINHA O GINJA SERVIDO CON CHOCOLATE.

He mencionado, como absorbido por las tonalidades valerosas de las entrañas de Óbidos, su carácter romántico y medieval, pero no puedo por menos que adornar con vocablos hermosos la elocuente belleza del oratorio en honor a la patrona, Nuestra Señora de la piedad, situado ante la inexpugnable muralla que nos da la bienvenida con apostura altanera.

CASTILLO

CALLEJÓN EN ÓBIDOS

domingo, 7 de abril de 2013

CRÓNICAS LUSAS: ELVAS

ACUEDUCTO DE AMOREIRA

Concluidas las crónicas lisboetas, que me arrastraron de la mano hasta la fascinante y romántica Torre de Belem y las angostas “travessas” o estrechos callejones del vetusto barrio de Alfama, superviviente privilegiado del pavoroso terremoto que asolara Lisboa en el año 1755,  pongo rumbo a Elvas, a kms al oeste de Badajoz.

Quedo pronto encandilado por la fisonomía del impactante acueducto de Amoreira (S.XV-XVI), construido en tiempos de Manuel I.



Es una elegante estructura pétrea de 7,5 kms de longitud y dotado de 826 arcos.

Me sorprende tanto su belleza perpetua como su perseverancia frente a la adversidad corrosiva de los elementos y el paso del tiempo.

Elvas, fortificada desde el siglo XIII, en la región de Alentejo, es la ciudad más grande del distrito de Portalegre.

De orígenes romanos, fue bautizada como Alpesa, la reconquistaría Alfonso I de Portugal en el año 1666 y se la arrebataría a los musulmanes Sancho II en el año 1231.

Es ingente su esplendoroso patrimonio eclesiástico, como es fascinante el castillo (Monumento Nacional), erigido sobre los cimientos de una fortificación anterior de la Edad del Hierro.

En este viaje me toparé a menudo con la enseña característica del vanidoso ornato de estilo manuelino, que encuentro una vez más en “La Picota”, monumento simbólico del poder municipal.

Atisbo en la lontananza dos estructuras “apaisadas” que se me antojan sobrias y regias. Catalogadas bajo el rutilante marchamo distintivo Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, sobrecogen mi ánimo temperado el fuerte de Graça (1763-1792) y el de Santa Lucía (1641), éste último construido en la época del arquitecto holandés Cosmander.

Reculo ahora unos pasos para abarcar cuestiones más mundanas. Encaro la animadísima Rua de Alcamim, donde me reclaman la mirada las preciosas fachadas y balcones de los edificios. Se trata de una zona peatonal de discreta angostura y pavimento empedrado, “hermanado” con análogas callejuelas aledañas por las cuales es un placer discurrir en calma y con el ánimo del explorador encendido.

UNA TÍPICA CALLE DE ELVAS

Me seduce inmediatamente la amplitud espacial de la Plaza de la República y la sucesión homogénea de tonos albos y gualdos (blancos y amarillos), que colman mis retinas con pátinas de color.

Parada temporal en este lugar diáfano y vasto para adentrarnos en el sacro “redil” de la magnífica iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. Retomo nuevamente la letanía reverente acerca de la jovial y populosa Rua de Alcamim para recomendar el bar Núcleo Sportinguista de Elvas, en el número 6.

Buen servicio, un local de barrio tradicional, familiar, pequeño y coqueto, modesto, sin boato ni ornatos innecesarios. La comida es deliciosa y abundante, el precio económico. Son una delicia los jureles, las costillas y los postres, aunque el plato estrella: el sempiterno bacalao.

Otra opción gastronómica igualmente sobresaliente se encuentra en Largo da Misericordia. 

ESTATUA DEL MONARCA MANUEL I

jueves, 4 de abril de 2013

CRÓNICAS LUSAS: LISBOA III


Crónicas lusas: Lisboa III


 TUMBA DE VASCO DE GAMA

Me dicen que básicamente es la gran humedad ambiental la culpable de la despiadada catadura “andrajosa” de Lisboa. Parece un lamento plausible, el deterioro aliado con las inclemencias del tiempo. Pero ahí está su belleza: recula, se esconde e insinúa tras la muralla de la degradación paulatina.

Después de este testimonio tan apabullante y atronador, casi acepto de buen grado y con el optimismo por estandarte, amén de la euforia que siempre introduzco en mi equipaje, descubrir el fabuloso y enorme Parque forestal de Monsanto; los pulmones de la ciudad.

Aquí la gente afluye para pasear, correr, caminar, disfrutar de un “pedacito” de naturaleza “perdida” en el núcleo de la gran urbe.

Me sorprende la exégesis que desgrana Claudia, la pizpireta guía acompañante local, cuando me cuenta que en este lugar pueden verse ardillas y… ¿águilas?

Ahora es momento de atención para dar la bienvenida al fascinante monasterio de los Jerónimos; enorme y magistral, aunque de entrañas levemente turbias, oscuras. Tengo la sensación de adentrarme en una gruta sagrada.


 MONASTERIO DE LOS JERÓNIMOS

Me atrae inmediatamente un sepulcro de elegante factura. Es la tumba del navegante Vasco da Gama. Al otro lado de la cruceta “mortuoria” yacen los restos del ínclito poeta Luis Vaz de Camoes.

Otro edificio digno de mención es la estrafalaria Casa Dos Bicos, con su “anómala” fachada infectada de relieves piramidales que conforman un extraño caparazón estético “dentado”.

En este páramo de rarezas o singularidades me topo con la catedral del siglo XII, que se me antoja más bien un castillo o modesta fortaleza románica. El altar barroco del interior es precioso.

 INTERIOR DE LA CATEDRAL CON ALTAR BARROCO AL FONDO.

Y así, con prisas por acometer ya mi siguiente destino, me despido de Lisboa oteando la ciudad desde el inmenso puente de Vasco da Gama, el más largo de Europa (17 km).

CATEDRAL DE LISBOA




miércoles, 3 de abril de 2013

CRÓNICAS LUSAS: LISBOA II



ASCENSOR DE SANTA JUSTA, VISTAS PANORÁMICAS

Hay mucho que contar en mi periplo luso. Sigo en Lisboa, enfrascado en el encanto de la Rua Santa Justa, donde tomo un ascensor para deleitarme con panorámicas excelsas de la ciudad.

El habitáculo está revestido de madera, parece anacrónico, como de novela de Ágatha Christie… parece el ascensor cautivo dentro de una esbelta torre gótica de gran belleza, diseñada por Mesnier de Ponsard en el año 1902. Parece una pieza museística…

Desde las alturas columbro e imagino un tropel de viandantes en torno a la animada Rua dos Sapateiros, o en dirección al castillo de San Jorge, al otro lado de la calle, espiando la noche desde el promontorio de una colina señera.

Desciendo del ensueño de las altitudes dejando atrás un reguero humano que hace cola para tomar el ascensor. Me dirijo ahora a la imprescindible Plaza de Pedro IV, generosa en espacios abiertos y bizarría monumental.

Se me van los ojos hacia el flamante pináculo que sostiene la estatua enhiesta del monarca. Detrás, iluminado como una tea encendida, el soberano y magnífico Teatro Nacional y unas fuentes que se me antojan honoríficas por su esplendidez.

Es un deleite proseguir por la Plaza Joao da Cámara y detenerse ante la formidable estructura de la estación de trenes de alucinante ornamentación. Si viajamos en metro, podemos apearnos en la bonita estación Restauradores. Saldremos a la animada e interesante Rua Primero de Dezembro, con su magnífico pináculo honorífico que evoca la restauración de la república.

ESTACIÓN DE TREN

Tiendas caras, gente entreverada como un ejército de almas perdidas en la gran urbe, locales de comida, suntuosidad y fachadas “recién bruñidas”, todo ello se concita en un crisol de elegancia atildada y renovación en la ancha Avda da Liberdade.

Nada que ver en todo caso con la faz demacrada y laberíntica del añoso barrio de Alfama. Del árabe “Alhama” (“manantiales de agua caliente”), es el área más antigua de Lisboa. Proviene el vocablo de las fuentes termales que se descubrieron en la zona de Largo das Alcançarias.

Se trata de una zona recoleta y pobre de la ciudad con antecedentes visigodos y judíos, plagada de “becos y travessas” o lo que es lo mismo, callejuelas angostas que conforman un laberinto zigzagueante de ruas empinadas y empedradas como la Calçadinha de Sao Miguel o Largo de Sta.Lucía, desde el cual podemos deleitarnos con fantásticas panorámicas.
TÍPICA RUA LISBOETA EN EL BARRIO DE ALFAMA



martes, 2 de abril de 2013

"CRÓNICAS LUSAS" : LISBOA I


Crónicas lusas: Lisboa I

TORRE DE BELEM.

Lisboa es una hermosa musa malograda y vestida de luto. Así comienzan mis taciturnas cavilaciones que desembocan en el proemio de mis crónicas viajeras: Lisboa.

Tiene la ciudad una belleza innegable que esquiva las indagaciones de la retina, ocultando sus encantos tras cortinajes blancos visitados por la grotesca mácula del deterioro y la soez cochambre.


 ELEVADOR DE SANTA JUSTA (PANORÁMICAS DE LA CIUDAD)

De preeminente hegemonía alba, las fachadas de las casas y de los edificios de mayor pompa flirtean con el amarillo, creando una acuarela de luz alegre y jovial.

Blanco y amarillo conjuran propósitos de embeleso para los turistas que se asoman a esta ciudad de belleza indiscutible, aunque menoscabada por la insolente presencia de grietas, manchurrones, cicatrices, boquetes y otros desmanes “publicitados” en fachadas vetustas, famélicas de restauración y menor negligencia.

Camino por pedregales de callejuelas angostas y adoquinadas que susurran cánticos de medievo. Básicamente, mi primera impresión es la de Lisboa como ciudad de renombre y catadura anacrónica, obsoleta, una instantánea de la Europa de los años 70.

La ciudad que diera a luz a las faldas del castillo de San Jorge y remozara el marqués de Pombal tras el estragador seísmo que descoyuntara Lisboa en el año 1755, cuenta con 2.500.000 habitantes.

Inicio mi periplo junto a Santos y Claudia como “timoneles” de la librería de viajes y agencia de montañismo TIERRA DE FUEGO (C/Travesía Conde Duque 3, Madrid) www.tierradefuego.es

También una veintena de compañeros de ruta provistos de cámaras de fotos, paraguas y un voluminoso equipaje de ilusión y ganas de exprimir la torrencial Semana Santa.

El viaje planteado por Tierra de Fuego resulta ser un ejemplo inigualable de profesionalidad, e inmediatamente me siento en buena compañía, en buenas manos

La lluvia en Portugal, afortunadamente, no es el “diluvio universal” que parece anegar toda la Península Ibérica. De esta guisa y con el ánimo férvido por bandera me planto en el centro de Lisboa.

Me apeo en la estación de metro Baixa-Chiado. Enseguida reparo en las cuestas y las calles empedradas, donde no faltan las pastelerías, uno de los acicates que engordan el deseo irrevocable de los más golosos. La afluencia de estos locales “prohibidos” tiene su origen en la tradición monástica. Tan suculentos eran sus productos que acabaron por expenderse en las vitrinas urbanas de todo el país.

En este punto es recomendable recorrer la animada Rua Áurea o la Rua da Vitoria, o la inmensa y ancha Rua Augusta. La gente se entremezcla como el viento y la lluvia en torno a las tiendas de estas populosas calles que, otrora, invadieran los franceses y vieran frustradas sus inicuas tentativas conquistadoras a causa de la alianza lusa con las tropas británicas.

Estas tierras añosas de fados y bacalao, bollería y estilo manuelino en muchos de sus más eximios edificios históricos, alberga en su haber jactancioso joyas como la idílica, fantástica, casi irreal, como de ensoñación marina, Torre de Belem: antigua cárcel en tiempos de dominio español (1515-1521).

Bañada por el Océano Atlántico, erigida junto al mar como una sirena varada condenada a otear las olas encrespadas en el horizonte y la espuma blanca y salada, nos topamos con su figura hermosísima en el antiguo pueblo de pescadores de Belem.

De estilo manuelino, instaurado por el monarca Manuel I, se trata de un “remedo” de talante gótico elegante y “rebuscado” en la proyección ornamental de su filigrana.

Es característica la presencia de una esfera armilar, como sucede también en la propia bandera portuguesa, y la cruz de Cristo.

Este lugar “mágico” está declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y por ello, el turismo aquí es desbordante y bullicioso.

Completando esta postal de cuento de hadas, al fondo se alza la formidable estructura bermellón del puente “25 de Abril”, evocando la tumultuosa “Revolución de los Claveles” que acabara con la dictadura de Salazar en el año 1974.

Ahí mismo, cerquita, una colosal “roca” con forma de proa de un buque explorador se muestra vanagloriado el monumento de los descubridores, relatando en el suelo de mármol las fechas épicas de grandes descubrimientos, proezas marinas…

Un apunte “repostero”. No es necedad, acaso la tentación convertida en dulce ambrosía, pasar por la famosa pastelería Pasteis de Belem, fundad en 1837. Ubicada en la Rua de Belem, las colas son pavorosas, pero los manjares allí acopiados no tienen parangón.


 PASTEIS DE BELEM (FUNDADA EN 1837)