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jueves, 21 de noviembre de 2013

MONASTERIO BENEDICTINO DE SANTA MARÍA DE EL PAULAR


Breve inciso oriental para proyectar la sombra de la tinta de mi pluma sobre las huellas borradas de los cartujos de la prístina cartuja de El Paular de Rascafría, auspiciada por Juan I de Castilla entre 1358 y 1390.

Es viernes 1 de Noviembre, día de todos los santos. He dejado atrás los maravillosos paisajes de montañas y valles de Lozoya, que desembocan en la coqueta y encantadora población de Rascafría.

MONASTERIO DE EL PAULAR

Mi visita no puede comenzar mejor, pues me da la bienvenida la sobrecogedora muestra pictórica del eximio pintor Vicente Carducho, desplegada en todo su esplendor colorista a lo largo y ancho del fascinante claustro gótico de alba configuración.



Se obnubila la mirada en la profundidad de estas galerías de arcos apuntados que parecen no tener fin.

El tiempo carece de importancia mientras observo la obra de Carducho. No está permitido hacer fotos, por lo cual, debo abstenerme de capturar la emoción en el objetivo de mi cámara.

56 lienzos fueron encargados al pintor en agosto del año 1626 para reflejar escenas de la vida de los cartujos. Una sucinta rectificación, sin embargo, para indicar que de los 56 cuadros iniciales quedan actualmente 54, pues otros dos desaparecieron…

Todo se ilumina de apoteosis y grandeza cuando me adentro en la iglesia, que es sencillamente magistral, divina, maravillosa…


Es día de todos los santos y la liturgia se engola de cantos gregorianos que elevan la palabra de dios a estratos sublimes.


La iglesia es blanca, revestida de ornatos dorados y asalmonados que exudan serenidad. A los lados me llama la atención el asombroso coro de gótica sillería, tallada con escenas sagradas. No menos descollante es el altar barroco repleto de tallas policromadas.


EL TRANSPARENTE.

Me dicta la sensatez a adscribirme a una de las visitas guiadas que conduce un fraile de lo más locuaz y vivaracho. El paseo discurre por las áreas monásticas de este recinto cartujo, fundado por Enrique II.

Así, de esta guisa, somos partícipes de un testimonio que habla de los más de 4 siglos de residencia cartuja, hasta que fueran expulsados por los archiconocidos e infames desmanes de Mendizabal en el año 1835.

En 1954 el monasterio cambia de moradores: son tiempos benedictinos; retornan las primigenias obras de Carducho, desaparecidas durante la desalmada desamortización.

Se me evade la mirada voladora hacia el mobiliario de madera de fresno y nogal; se entretiene en la riqueza del gótico isabelino y en el retablo de la iglesia, con sus 16 escenas de la vida y muerte del Señor.

En el coro descubro la huella de Bartolomé Fernández y en la capilla de la Inmaculada Concepción, con su fabuloso altar barroco, obras de Palomino y Claudio Coello.

Me zambullo sin ambages en las entrañas de este monasterio y me sorprende un retablo churrigueresco alucinante del siglo XVII-XVIII.

En la misma línea de sobrecogimiento linda El Transparente, con su asombrosa policromía de madera en tonos rojos, verdes, azules, negros… conjugado todo ello con mármoles fastuosos y alucinantes.

Aquí dejaron su huella escultores como Cornejo o Francisco Hurtado. Acabo mi visita en el inmenso refectorio, donde destaca el fantástico cuadro de “La última cena”, de Eugenio de Orozco, SXVIII.



No menos excelsos son los detalles ornamentales de Juan de Guas o Abderramán.

ALREDEDORES DE EL MONASTERIO DE EL PAULAR



1 comentario:

fus dijo...

Debe haber una paz impresionante dentro de ese maravilloso monasterio.

un abrazo


paco