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viernes, 23 de noviembre de 2012

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jueves, 15 de noviembre de 2012

Sudáfrica: Ciudad del Cabo II


ATARDECER DESDE EL HOTEL RITZ, CIUDAD DEL CABO.

Continúo por la ruta del esplendor y la tierra de faz lavada: Ciudad del Cabo. En otros tiempos, corría el año1908, las remozadas calles populosas eran transitadas por "taxi-caballos".

Quienes gestionaban y se encargaban de suministrar este cuadrúpedo servicio público, recurrieron a la algarada unánime como grito de guerra para demostrar su reacia oposición a la instauración sustitutiva de los vehículos como nuevo medio de transporte urbano para pasajeros.
Los carromatos tirados por equinos quedaron relegados al destierro, como añosas postales desvaídas de una época ajada. Deslucida en los anales del tiempo queda también la huella mancilladora del Bo-Kap.

Era en este área oprobiosa donde se hacinaba a los esclavos como si fueran reses enfermas que hubiera que apartar del resto. Se les obligaba a vestir atavíos de colores apagados, tan aciagos y cenicientos como su miserable existencia. Cuando fueron definitivamente liberados, en señal de protesta e insurrección, comenzarón a vestirse con prendas de tonos chillones.

Pintaban sus hogares con colores encendidos, inflamados de cromatismo. De este modo, festejaban el ocaso de una cárcel "vestuaria" condenada al gris, a la tristeza, a los tonos plomizos y aciagos.

Ciudad del Cabo, gloriosa fachada de boato, muestra su semblante más portentoso en zonas como la afamada Camps Bay o Cliffton.


CAMPS BAY



Hasta aquí arriban los amantes surfistas de las olas prodigiosas y las panorámicas acuáticas, contempladas desde los balcones de lujosas edificaciones hoteleras, en primera línea de playa.

El agua, sin embargo, es gélida, poco recomendable para darse un chapuzón. Una actividad de lo más delectable, para los fanáticos del aire y los planeos de gavilán cerquita de las nubes, es practicar paracaidismo saltando al vacío desde la cumbre de Lions Gate, para acabar amerizando sobre la arena esplendorosa de la playa de Camps Bay.

En este terreno mundano que hollamos ahora, con pies de aventureros incansables, antes de abandonar los destellos pomposos de esta localidad flamante, nada mejor que detenerse a observar el mar mientras comemos en ·"The Bayside Café".


Quedaremos satisfechos con su oferta gastronómica y el trato es agradable. Prosigo con mi ronda de ovaciones y recomendaciones. Turno para la singular Metropolitan Methodist Church (Longmarket Str.)

METROPOLITAN METHODIST CHURCH



Esta preciosa iglesia gótica, ya de vuelta en el meollo de Ciudad del Cabo, alberga en su interior una coqueta guardería para solaz de los "peques", mientras elevamos nuestras preces frente al altar.


Los menos proclives a la oración tal vez se sientan más gustosos de paladear el fabuloso café que expenden en una pequeña cafetería dentro del recinto sagrado de la iglesia, nada más franquear el umbral.
Un lugar diferente, muy buena gente, un café excelente... una iglesia muy bonita y recomendable.

Son en esta iglesia especialmente agradables y, si encima gozamos del favor de poder escuchar algunos cánticos o sones de piano, entonces la sensación será de inevitable serenidad y fruición espiritual.
La iglesia metodista fue construida en el año 1829 por orden del fundador de esta corriente teológica en Sudáfrica; el reverendo Barnabas Shaw.
Años más tarde el edificio original, erigido por Charles Freeman, se vería ampliado por el arquitecto TJCInglesby.

En cuanto a compras, es una óptima opción acercarse hasta el populoso y trafagoso Green Market (Green Market Square).


GREEN MARKET

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Sudáfrica: Ciudad del Cabo I


WATERFRONT, CIUDAD DEL CABO

Este viaje por Sudáfrica va lamiendo ya los flecos raídos del final de su existencia.

Al otro lado de la ventanilla secundan mi trasiego hornadas de antílpes, algunas cebras, jirafas y aves, que surcan el límpido cielo o se hallan encaramadas al resguardo de las ramas angulosas de los árboles que jalonan la ruta.
En el horizonte columbro, con la anticipación del poderoso anhelo, la confluencia singular del océano pacífico y atlántico, concitados en armoniosa "simbiósis".

En la región de The Boulders, una colonia de pingüinos en una área protegida que cuenta con más de 20.000 ejemplares. Estoy llegando a Ciudad del Cabo, aquellas tierras primigenias que bordeara el primer explorador europeo, el portugués Bartolemeu Dias, en el año 1480.


PINGÜINOS EN THE BOULDERS

Me sorprende inmediatamente su carácter vanguardista y europeo ecléctico, donde se alean en un crisol exhibicionista avenidas de apariencia neoyorquina y británica. Descubro en las calles más populosas ademanes y sutilezas propios de las grandes urbes europeas.

Nada más apropiado para engatusar mi alma de explorador que tomar el autobús turístico (150 Rands, dos rutas diferentes), en la primera parada en la animadísima e imprescindible área del Waterfront.

Aquí la gente afluye como un ejército de ánimas solazadas en pos de buenos restaurantes, ocio, cientos de tiendas o el magnífico acuario, Two Oceans Aquarium (Más de 300 especies marinas).

El autobús, con locuciones en diferentes idiomas, me conduce hacia las arterias principales de la ciudad: Strand Street, donde originariamente se encontraba la playa, Adderley Str, o GreenM Market Square, epicentro neurálgico de artesanos, malabaristas, atracciones callejeras, músicos ambulantes, etc...
Para callejear, recomiendo Long Str y Darling Str, así como una visita al bonito muelle Victorian Alfred (1890).
EXcursiones básicas son Table Mountain y Lions Head. Si el día no se levanta mezquino y brumoso, como fue mi caso, las panorámicas y paisajes fotográficos no tendrán desperdicio.


TELEFÉRICO EN TABLE MOUNTAIN

Desde Table Mountain se puede ascender hasta "los cielos" en teleférico para obtener unas vistas privilegiadas de la ciudad. Continuando este peregrinaje urbano, ora a pie, ora en autobús, llego a la interesante catedral de St.George, en Queen Str.Victoria, aunque me quedo con las preciosas vistas montañosas desde la bonita iglesia de St. Marks.

Antes de avanzar hasta la segunda fase de esta crónica "bicéfala", es menester efectuar dos paradas ineludibles: el castillo antiguo (1066-1679), ubicado en Strand Street, y el interesante District Six, donde la huella del apartheid sigue aún muy vigente y parece evidente en zonas como la calle Buitenkant y aledañas.

En cuanto al castillo, no es ésta fortaleza de dragones y mazmorras, príncipes y reyes asediados. Aquí jamás tuvo lugar acción militar alguna, aunque sí hubo prisioneros en sus calabozos.

ÁREA COMERCIAL DE GREEN MARKET SQUARE

lunes, 12 de noviembre de 2012

Sudáfrica: Gaansbai, capital del tiburón blanco



El celuloide los presenta siempre de manera nefanda e injusta como terribles depredadores despiadados y monstruosos que moran en los mares en pos de bañistas negligentes.
Pero esa mancha aciaga y desafortunada es en mi opinión extremadamente novelesca y desaforada.

Los tiburones blancos, esos escualos enormes de faz aterradora y figura aerodinámica, no son ni mucho menos los desaprensivos cazadores oceánicos ávidos de sangre, cual vampiros adaptados a la quietud de las simas marinas.
Es la impresión que me queda después de avistarlos en privilegiados primerísimos planos desde la cubierta de un barco en Gaansbai; capital mundial del tiburón blanco.



Pero antes de comenzar mi relato sobre la cita con los escualos, un breve proemio de ruta y cuaderno de bitácora.
El alojamiento de hoy se halla en el playero pueblo de Hermanus, del cual, ya di una efímera referencia en mi artículo previo (MOSSEL BAY).

El Baleens Guest House parece un lugar apartado e idóneo para desconectar del globo terráqueo y convertirse en eremita anacoreta por unos días. Aquí, los huéspedes lo único que pueden hacer es reposar el alma y el cuerpo para alearlos con la mansedumbre circundante.

Quien siguiera la crónica de Mossel Bay, habrá contemplado algunas fotografías de Hermanus, las dos últimas, a pie de página, pertenecen precisamente a las inmediaciones del mencionado hotel Baleens Guest House.
Mi recomendación, para quien decida parar aquí, es bajar a mano derecha de esta hospedería y tomar un sendero corto entre juncales y bosque que desemboca en unas maravillosísimas marismas que se asoman a un paraje precioso.

Hermanus, sin embargo, se desarrima de la quietud lenitiva y se torna ambiente turístico y estival con vistas a la playa, una vez nos acercamos al núcleo de la localidad.
Abundan ya en el epicentro neurálgico los restaurantes, tiendas, gente que va y viene. Se entremezclan como una marea humana. Es un buen lugar para comprar figuritas de madera talladas: leones, jirafas, hipopótamos, cebras, también máscaras preciosas, objetos de artesanía, cuencos, vasijas, tambores, canastos, espejos, abalorios rícamente decorados, etc....

Ahora me esperan los tiburones...


Dejo atrás la "farra" de Hermanus y me adentro en el mar. Gaansbai Es la capital mundial del tiburón blanco y pretendo averiguar si es coherente tal calificativo.

Efectívamente no pasa demasiado tiempo cuando mis expectativas se ven sobradamente colmadas.
La gran mayoría de los integrantes de este grupo de aventureros que viajamos con Kananga se introducen en una inmensa jaula y descienden al mar para ver a los tiburones blancos cara a cara, separados únicamente por la metálica frontera de la jaula.


Es un espectáculo único, una singularidad de la que se benefician mis osados compañeros. Yo, opto por quedarme en cubierta para hacer fotografías de los escualos y las decenas de gaviotas, que revolotean en torno a la embarcación como un enjambre de ángeles estrepitosos.

Los tiburones son atraídos por la tripulación por medio de un ingenioso ardid: se arroja al mar un generoso bocado de pescado, que congrega también a las gaviotas y a copiosas legiones de peces, invitados a un ágape submarino.
Ya todos reunidos en gregaria comitiva, los tiburones emergen en busca del señuelo, mientras las gaviotas tratan de escamotearle al mar algunos peces distraídos, que acuden en masa para disfrutar del inesperado manjar vespertino.
Después de esta jornada generadora de adrenalina y emociones, partimos ya hacia Ciudad del Cabo, entre paisajes hermosísimos que parecen clones de los valles norteños de España.

Me cuenta Ramiro Blancas, nuestro guía, que desde esta próspera y fecunda localidad se colonizaría toda África austral.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Sudáfrica: Mossel Bay


Viajo al encuentro de Vasco de Gama con unos cuantos siglos de demora. Viajo al encuentro del eximio navegante que arribara a estas tierras en el año 1497, comenzando así su fructífera actividad comercial con los pobladores hotentotes.

Mossel Bay, otrora prominente puerto de parada obligatoria de mercaderes y navegantes, toma su nombre del término "Mossel" (mejillón); alimenton principal de los prístinos colonos holandeses.

No espero, sin embargo, hallar en mi deambular lonjas de pescado, venta opípara de productos de altamar, todo un ágape lujuriante ultramarino, ni alacenas o estantes, canastos y anaqueles rebosantes de ostras, nécoras, bogavantes o relucientes mejillones que satisfagan mis apetecencias gastronómicas.
Más bien blando la pancarta de la esperanza, que reza un lema destinado a las ballenas australes que llegan hasta estas costas desde el mes de Junio hasta Diciembre.

Anhelo avistarlas, aunque deba conformarme con un surtidor de espuma lejano o una coleta dorsal emergente, que elude mi escrutinio con excesiva premura y destemplanza. En el mejor de los casos, veré, como fue el caso, una cabeza enorme "prehistórica" surgiendo como un colosal farallón entre las olas añiles y plateadas.
En esta ruta que sigo, en dirección a Mossel Bay, me detengo unos minutos a saborear el delicioso café que sirven en "The Cliffhanger Pub", parada obligatoria para contemplar un e/spectáculo de lo más vertiginoso. Hasta aquí llegan los osados en busca de emociones mayúsculas que retan al abismo y se mofan del pánico y las alturas inclementes.

En este punto del camino, mientras me sirven mi café con exasperante demora, observo en una inmensa pantalla de televisión cómo se arroja al vacío un hombre de mediana edad, provisto de un equipamiento "paracaidista" y nervios acerados. En su rostro se concitan el terror y la ansiedad del momento crucial. Más de 200 metros de altura desde un puente, según me cuentan, el punto más alto del mundo desde el que se practica "puenting".

Me acerco al ventanal abierto, que espía a intrépidos "ícaros" del puenting. Llevan todos arneses, sujetos a la vida mediante larguísimas cuerdas que a mí, se me antojan tan livianas como la hojarasca.
De camino a Mossel Bay observo cómo la ruta se enorgullece de sus milagros florales, con el regalo de las ericas (familia ericaceas) que tornan los paisajes de un violeta intenso.


La precariedad es ya un mal recuerdo. A medida que me aproximo a Ciudad del Cabo medra la opulencia. Ya veo los primeros vestigios de esa bonanza al posar mis pies en Mossel Bay. Nos alojamos en el hotel Point Village que, como la sirenita danesa, se asoma al mar.

Salimos en busca de focas y ballenas en una barquichuela que es como una patera. Se mueve, no tiene donde ocultar su inconsistencia. Nuestro grupo presenta algunas bajas por mareo y malestar general. La excursión, de todos modos, culmina de manera exitosas cuando avistamos sobre un islote cientos de focas, y en el mar, alguna ballena franca austral se asoma con recato.

Con la sensación de haber concluído la jornada con el sabor triunfal de la victoria, "agarramos nuestros bártulos" y nos marchamos a nuestro siguiente alojamiento en la "mortalmente" tranquila ubicación de nuestro hotel en Hermanus.


PAISAJES PRECIOSOS EN LAS INMEDIACIONES DEL HOTEL EN HERMANUS.


viernes, 2 de noviembre de 2012

Sudáfrica: P.N.Tsisikama


De nuevo en ruta, soy un céfiro inquieto que hallara su solaz en la vida trashumante. Abandono ya el seguro refugio de ñúes de cola blanca y cebras de montaña en el P.N Mountain Zebra con destino a Tsisikama.
Me llevo el recuerdo de aquellos cuadrúpedos esquivos, amén de algunos antílopes oryx, elands, kudus...

Clavo mis retinas en el nuevo horizonte, que es como una franja divisoria ignota y siempre apasionante. El camino sudafricano trazado está sembrado de pavorosas acacias, dotadas de unos espeluznantes "pinchos-espinas" afiladísimos, capaces de reventar los neumáticos de un coche.

Disfrazan su impostada inocencia vestidos de blanco. Pero esas falcatas que blanden entre sus ramas pueden provocar verdaderos estragos. Hace tan solo un instante he sorprendido a un babuino encaramado entre el laberíntico enjambre arbóreo. No sé si es imprudente o inmune al dolor...
El camión en el que viajamos toma rumbo a Port Elizabeth, donde me regalo la vista contemplando ya retazos paisajísticos del Océano Pacífico. Es muy bonita la zona playera donde me alojo, en la surfera localidad de Jeffrey´s Bay.

Es una zona acomodada, cónclave de surferos que llegan al encuentro de las olas para mantener un acrobático romance de peripecias y destreza cabalgando entre salitre y espuma.

Las olas, cuando rompen contras las rocas y farallones, estallan como hídricas supernovas alcanzando una altura de varios metros. La vista se me va acostumbrando a un estampado de costas y acantilados, que alcanzan su cénit en las preciosas, enormes y comodísimas cabañas de madera junto a la playa en el P.N. Tsisikama.


El nombre, Tsisikama, se me antoja nipón, como de ínclito soberano japonés. En esta reserva marina, la primera de Sudáfrica, se pueden encontrar multitud de variedades de plantas y orquídeas salvajes diferentes. En cuanto a la fauna, mi primer encuentro tiene como anfitrión a una tríada de curiosos damanes, que me observan con descaro, esperando acaso a que de mis manos emerja, birlibirloque, alguna clase de alimento.

Estos simpáticos animalitos, menudos, como roedores "creciditos", son el pariente más cercano del elefante. Ver para creer....
He mencionado la visión gloriosa y apoteósica del oleaje enaltecido y rugiente. No menos interesantes son también las caminatas por los senderos que atraviesan densas zonas forestales. Pero para disfrutar de esta dádiva de la naturaleza, nada mejor que acercarse hasta los tres puentes colgantes y disfrutar del paisaje.

Estas formidables estructuras en suspensión se mueven ostensíblemente y contemplan el vacío desde una cierta altura, pero la sensación de temor o aprensión es nula. Finaliza por hoy esta crónica viajera con el regalo de esta preciosa cascada, más allá de un tortuoso y complicado sendero. El punto y final merece la pena...

jueves, 1 de noviembre de 2012

Sudáfrica: Mountain Zebra


No lo había comentado hasta el momento, pero debo confesar que la cebra es uno de mis animales predilectos, desde que yo era niño y comenzaba a dirigir mis aficiones hacia la fauna y la flora.

Siempre me atrajo su singular atuendo de gala, como de arlequín estriado, con esas elegantes vetas ornamentales jugando a la mezcolanza con sus hermanas albinas. Se me antojaban simpáticos caballos trotones que no querían crecer, que se pasaban las tardes retozando entre prados cubiertos de nieve y lagunas negras.

Ahora que las observo con los ojos de la madurez, me sigue pareciendo majestuoso e impecable su pelaje de "barrotes carcelarios"
Me dirijo al encuentro de estos équidos en Mountain Zebra. El safari que comienzo en este día podría resultarme un tanto huero e insignificante de no ser por un acicate ineludible: Mountain Zebra reúne en sus lindes a dos especies de animales únicas en el mundo, que sólo se pueden avistar aquí: el ñú de cola blanca y la cebra de montaña.

Viajamos en dirección a Cradock, atravesando preponderantes paisajes de acuarela, donde conviven en armoniosa sincronía los tonos ocres, verdes, naranjas y cobrizos.


Me gusta el nombre de este desierto: el desierto de Karoo. Se me antoja misterioso y prohibido, peligroso e inhóspito, como un hábitat de profanadores de sueños y ladinos escamoteadores.

Nada más lejos de la realidad, por supuesto. Cuando la imaginación levanta el vuelo, hay que dejarla volar...

El desierto de Karoo me conduce hasta el reino de las cebras de montaña (FOTOGRAFÍAS A PIE DE PÁGINA, Y LOS ÑÚES DE DE COLA BLANCA FOTO CABECERA).
También este detalle despierta en mi imaginación inquieta a la musa de la fantasía: ñúes de cola blanca, acaso los juegos zascandiles de aprendices de brujería han provocado semejante efecto.

Se impone enseguida el paisaje y la objetividad de mi objetivo. Estos son sus ojos y las fotografías que siguen a continuación, su puesta en escena,
Las cebras de montaña son curiosas, me examinan alertas desde la cúspide de un altozano, Mucho más gallardas y osadas que sus compañeros los ñúes, que se dan a la fuga, perdiéndose en la línea del horizonte como espejismos dotados de motilidad.


FOTOGRAFÍAS TOMADAS EN MOUNTAIN ZEBRA POR ROSA GARCÍA Y VÍCTOR VIRGÓS.