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martes, 25 de octubre de 2011

Próxima estación: Gran Central de NY

Se acaba prácticamente mi banquete de suculencias, ágapes y otras viandas neoyorquinas. Llegamos ya a los platos postreros, no por ellos menos relevantes, más bien la traca final de una sinfonía apoteósica y suntuosa.
Mientras nos movemos por esos lóbregos pasajes subterráneos agusanados del metro de Nueva York, en dirección a un nuevo destino, podemos detenernos durante un par de horas a tomar algo en alguno de los locales de la maravillosa Estación Central.

Emblemática y despampanante podemos jugar con la imaginación a ponerle rostros conocidos a los múltiples pasajeros que afluyen por este lugar con cierto aire longevo e histórico.
En mi caso, de imaginación desbordante, puedo reconocer fácimente a transeúntes que se me asemejan aClark Gable, Alfred Hitchcok o la rebelde y consentida Vivien Leigh...

Ya de vuelta a la realidad, la Gran Estación Central, remozada y vestida de lozana juventud, es una obra de arte construída a principios del siglo XX por la potentada familia Vanderbilt.


Lo primero que llama la atención en esta estación, pululada por más de 700.000 pasajeros diarios, es la preciosa y ornamentada bóveda celeste del techo, que se encuetra a 37 metros de altura.
Ricamente adornada con pan de oro y 2500 estrellas pintadas, vemos una escena que representa el cielo del mar mediterráneo entre los meses de Octubre y Marzo.
Queda una foto muy romántica, creo yo, ante el fantástico reloj dorado construído por Cornelius Vanderbilt.
El emblema de este poderoso clan familiar, la bellota y la hoja de roble, está por toda la estación.

La fastuosidad elegante y discreta es una ínfula cincelada por cada rincón de este lugar de peregrinaje, pero tal vez donde su presencia es más patente sea en la preciosa escalera de mármol rosa, proviniente de una cantera de Tenessee y otra de Italia.
La bella rampa escalonada está inspirada en la de la Ópera de París.

En la planta baja es evocadora, por sugerente, la denominada "Galería de los susurros", en honor a su excelente acústica.
Un dato que me parece de lo más singular es que durante la 2ª Guerra Mundial la familia Vanderbilt decidió pintar las ventanas de la estación de color negro; de este modo los aviones no las verían y evitarían que las bombardearan.

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