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miércoles, 27 de abril de 2011

Breves apuntes de Barcelona y La Sagrada Familia de Antoni Gaudí

Una de las ciudades españolas que más me gusta visitar, sin temor al hartazgo o a la desilusión, es Barcelona, pues su bagage arquitectónico se me antoja siempre fascinante y merecedor de iterativas visitas y perpetuo encomio.

En nuestros tácitos encuentros, donde yo asumo el rol de rendido pretendiente al tiempo que Barcelona se enseñorea y despliega la belleza de sus acicates más sobresalientes, no puede faltar jamás un paseo despreocupado y ocioso por la larguísima y populosa avenida de Las Ramblas, que une la Plaza de Cataluña con la del Portal de la Pau, donde se erige el monumental monolito con la efigie del ínclito navegante Cristobal Colón, sobrevolando la ciudad como un azor.

Cuando se trata de alear en mi privado crisol de emociones el deleite del refrigerio liviano y la esencia de un lugar rocambolesco, que tiene mucho de mágico, que tiene mucho de plácido, me pierdo como un gorrión atolondrado entre los meandros laberínticos y atestados de gente del fotogénico Mercado de La Boquería, fundado en el año 1840.

Algunos emblemáticos edificios de esta ciudad adolecen de la soberbia del megalómano que busca soslayadamente la lisonja, aunque revistan su fachada y talante de un estatismo indiferente, atemporal y aséptico. Es la prolífica e inefable estampa del egregio arquitecto catalán Antoni Gaudí (1852-1926)

Parangón inequívoco de su legado magistral lo hallamos en el Paseo de Gracia, donde nos espera La Pedrera o Casa Milá, con su delirante fachada surrealista, que compite en extravagancia con la insinuante rareza abstracta de la Casa Batlló, ubicada en el número 43 de esta misma calle y construída por Gaudí entre 1904 y 1906.

Destacar también el alucinante "universo onírico" del Parque Güell, pergeñado entre los años 1900 y 1914, con sus preciosas bancadas policromadas bajo el auspicio del empresario Eusebio Güell.

Pero el semblante de Barcelona bien podría imprimir su distinguida faz con la efigie de la apoteósica Basílica de La Sagrada Familia.

El proyecto inicial surge de la mano del arquitecto diocesano Francisco de Paula del Villar (1828-1901) en el año 1892.

Tan sólo un año después reanudaría su labor Antoni Gaudí, quien sólo vería culminadas una de las torres, la fachada de la Natividad y la cripta subterránea.

La perpetua basílica inacabada, consagrada como tal por Benedicto XVI el (07-11-10), todavía tendrá que esperar unos tres decenios para ver finalizada la titánica obra "faraónica" que comenzara De Paula en el siglo XIX.
Gaudí contaba con 31 años de edad cuando decidió enrolarse en esta "misión imposible", abocada a las demoras y a los trabajos inconclusos que permanecen en un limbo flotante de vaguedad e irresolución.

Destaca en la Fachada de la Pasión, con ínfulas de acertijo enigmático, un singular criptograma con 16 cifras con las cuales se pueden realizar 310 combinaciones diferentes; todas ellas revierten en un idéntico cociente: el número 33, la edad de Cristo cuando murío en la cruz.

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