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viernes, 8 de septiembre de 2017

MACHU PICCHU



MACHU PICCHU

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“NO ROMPAS EL SAGRADO SILENCIO SI LO QUE TIENES QUE DECIR NO ES MÁS IMPORTANTE”.

 

 


Este lema me parece idóneo para visitar una de las SIETE MARAVILLAS DEL MUNDO, ésta en concreto muy merecedora de tal galardón. Concluye mi periplo por tierras incas en la JOYA DE LA CORONA por antonomasia: MACHU PICCHU.

Partimos del animado, pintoresco y precioso pueblo de Aguas Calientes, escindido por los ríos Aguas Calientes y Urubamba. 



El grueso del grupo vamos enzarzados en animadas conversaciones en un tren que se me antoja de fantasía romántica, novelesco en realidad, cómodo, muy decorado y pertrechado con mesas para tomar el té. Parecemos personajes de una novela de Agatha Christie. Nadie pierde de vista el paisaje. Tenemos hora y media de trayecto para soñar con la arcana ciudad perdida descubierta en 1911 por el explorador y profesor de historia norteamericano Hiram Birgham.

El paisaje es montañoso, circuido de naturaleza exuberante. Barrancos y verdor amazónico a través de la ventana. 
 
El tren avanza sin prisa, conchabado con mi cámara para que ésta pueda congelar en un momento instantes de mi vida en dirección a Machu Picchu o “Montaña vieja” según las transcripciones quechuas. Aún nos queda otra fase determinante para que el romance de comienzo. Debemos tomar un autobús y ascender ocho kilómetros por una carretera anfractuosa, angosta, terriblemente accidentada, en cuyo firme fangoso no me extrañaría descubrir huellas de salvajes depredadores. Esto es la jungla inexpugnable. Parece un milagro que el autobús no se rompa en mil pedazos como una mera ilusión óptica. En ocasiones, cuando un autobús sube otro baja. La carretera no está como para hacer malabares. Con tanta curva y barranco, las emociones están garantizadas. Viajamos en una batidora con ruedas pero al fin llegamos. Hay gente que ha hecho este mismo camino a pie, que a mi juicio, es bastante más parecido a una aventura en toda regla. Pero vamos en un grupo, formo en esta ocasión parte de un “rebaño”. Tampoco es plan de ir por la vida de anacoreta (ermitaño).

Ante las taquillas se arremolina un torbellino humano de dimensiones bíblicas: aquello parece el éxodo judío. La entrada, si vas por libre, te cuesta 152 soles. 
 


A juzgar por la gente que avizoro, los ingresos obtenidos gracias a los turistas aquí deben ser copiosos, pingües, una barbaridad vaya. Las vistas espectaculares comienzan enseguida con una panorámica de barrancos y terrazas incas cuya visión le hacen a uno dar gracias a la vida por haber nacido. Estamos a unos 2480 metros. Este es el hábitat del oso de anteojos o “Ukuku” en quechua. También del precioso gallito de las rocas, ave nacional de Perú, cuyo plumaje anaranjado tiene el fulgor del fuego. Se me antoja singular la confluencia simbiótica de las terrazas agrícolas incas con las ruinas de la ciudad que, como todo secreto arcano, finalmente emergen a la luz para revelar toda su belleza soterrada como pasto (nutrientes) de la madre Tierra. 




 No hay referencia alguna del origen de Machu Picchu. Su hallazgo fue algo fortuito, pues la selva impenetrable cobijaba a la ciudad en las simas más profundas de su corazón, como si quisiera reclamar para si todos sus misterios y con aire atrabiliario (huraño) desdeñase a quienes ahora veneramos su fisonomía verde-montañosa. 



 
Fue un campesino apellidado Arteaga quien a cambio de un sol, o sea, calderilla, informó a Birgham en el año 1911 de la existencia de unas construcciones prehispánicas. El humilde labrador estaba quemando sus campos con el fin de ampliar sus dominios. Bingham, que en realidad buscaba oro, logró desenterrar nada menos que 40.000 piezas arqueológicas, cuatro templos y ciento sesenta viviendas. Se estima que la población oscilaba entre 800 y 1000 almas. Dispongo de cuatro horas para embadurnarme de emociones con la mera contemplación de esta maravilla al alcance de unos pocos privilegiados. Mientras me muevo a ritmo cadencioso por este gigantesco laberinto lítico (de piedra), imagino a Birgham y a su partida arqueológica “desembalando” restos humanos que vomita la tierra: 173 en total, de los cuales 150 eran femeninos y tan solo una minúscula partícula humana formada por un reducto colectivo de 23 hombres. Unos pocos afortunados, quienes han logrado “hacerse entender” con la agencia de viajes que ha organizado este tinglado, se ve que mi castellano aún dista mucho de ser comprensible, pues bueno, esos otros afortunados que se explican de maravilla, han reservado una excursión que hay que pedir con mucha antelación para ascender a la cima del Waynapicchu o “Montaña joven”. Yo, que soy de buen conformar, como el desaguisado ya no tiene solución, me quedo tan feliz con mi Machu Picchu, recorriendo este dédalo (laberinto) de piedra con la ilusión y emoción de Birgham a principios del siglo XX. Como lo que tengo que decir no es más importante que el silencio sagrado, no voy a romperlo. Os dejo con las imágenes de Machu Picchu






martes, 5 de septiembre de 2017

CUSAQ, PISAQ Y OLLANTAYTAMBO



CUSCO, PISAQ Y OLLANTAYTAMBO



Llevo un buen tramo de este tiempo breve en Cusco preguntándome cuál será la leyenda adjunta al Cristo blanco que avizoro en la lontananza (lejanía) sobre una colina bastante modosa. Preguntando se llega Roma, según el dicho. Se llega a Roma, a Memphis y a Ciudad del Cabo… se resuelven las incógnitas que anidan en nuestra mente con un mutismo que, mantenido en el tiempo, hace demasiado ruido. Manos a la obra me pongo para dibujar un bosquejo que me aclare más acerca de la sagrada estatua. El Cristo blanco, que resplandece como si fuera una estrella en el cielo negro, es un bello simbolismo apologético (referente a) de protección a la ciudad y fue entregado a Cusco por una colonia árabe-palestina. Cusco merece más tiempo, eso me digo mientras nuestro autocar pone sus  el valle sagrado. A un lado se asoma ya el río Urubamba, que es uno de los brazos que alimenta al grandioso Amazonas. El paisaje es curvilíneo y montañoso. Algunos compañeros llevan malamente el mal de altura y andan “flotando” en un trance nada deseable y muy “asquerosito”, poniéndome un poco llano y vulgar. 

Paramos pues en el recomendable mirador de Taray. Enseguida llegamos a Pisaq. No se escapa ni se aparta de nuestra vera el río Urubamba. El pueblo que nos recibe tiene un halo encantador y pintoresco que compensa las inclemencias del asfalto y las horas “enjaulado” en los cómodos asientos del autocar. 


 
Mucha tienda por ahí, aparecen solas, sin invocarlas, cuando asciendo por las escarpadas calles empedradas y angostas. Pisaq me sorprende con una animación festiva que es de agradecer como regalo turístico. Hay gente en los balcones de madera preciosos y añosos, gente que forma una especie de tropa de hormigas desorganizadas que revolotean de acá para allá con un fervor religioso. La cosa no es para menos, todo sea dicho de paso. Hemos llegado a Pisaq con la suerte del turista bienaventurado. Se celebra la fiesta del Carmen y Pisaq es un hervidero humano. 


El escenario de este pueblo de “maqueta en madera” lo colman de colores quienes visten con los trajes regionales. Se funden estos personajes con aquellos que danzan o forman parte de una gran orquesta, todo ello con mucha prosopopeya (afectación o pompa). También aquí me queda la sensación de que Pisaq merece más tiempo de dedicación exclusiva y en cierto modo quiero subyugar a las manillas del reloj para que se queden quietas unos minutos más. Pero el tiempo vuela, aunque he logrado degustar algunas de las deliciosas empanadas que aquí puedes probar.

Marchamos hacia nuevos destinos y al paso, en analogía paisajística, o sea, curvas de asfalto y montañas, nos encuentra en el camino Yucai, capital Del Valle sagrado de los incas. Ahora toca “mancharse las manos” para tocar y sentir con las yemas de los dedos la historia acumulada en las piedras del Parque arqueológico Ollantaytambo. 




Como en todas partes, hasta aquí han llegado también los mercaderes que ofrecen toda suerte de género autóctono, textiles mayormente, cerámica, souvenirs diversos donde predominan siempre los colores intensos de las prendas peruanas. Merece la pena subir a las terrazas más elevadas para tener unas vistas propias de milanos, gavilanes y azores. El ascenso es escarpado, pero no conlleva demasiada dificultad. Para quienes preferimos el terreno anfractuoso (irregular) a las llanuras tediosas de las aceras de las ciudades, esto es un presente de lo más apetecible. 





Puedes hacer el ascenso en unos quince minutos, pero lo importante es disfrutar del paisaje. Cada uno tiene sus tiempos y ritmos. 



El paisaje es una maravilla, a riesgo de repetirme como un eco olvidadizo. Está cayendo la tarde y nos vamos al irreal paisaje albino de las salinas de Maras y Pichingoto. Llegar hasta estas piscinas saladas es poco menos que un calvario, pues la carretera desconoce la horizontalidad y todo el tiempo se tuerce y comba como si sufriese de ataques epilépticos. Baches, socavones, grietas, hacen que el trayecto sea más sufrido que deleitable. 










Merece la pena, sin embargo verse rodeado de estas grandes zonas laberínticas de color “traje nupcial”, con ese blanco que te hipnotiza y te sumerge en su profundidad. Es una manera poética de describirlo, claro está. Estos almacenes salados no son océanos precisamente. Es un buen lugar para hacer fotos y comprar sal de la mejor calidad, pura, sin trazas de contaminantes, respirando cada día un aire más salutífero e inmaculado. Un pulmón de sal que parece una ciudad dormida en un sueño de mármol blanco. Próximo destino: MACHU PICCHU.

viernes, 1 de septiembre de 2017

CUZCO CATEDRAL BASÍLICA DE LA VIRGEN DE LA ASUNCIÓN

DATOS DE INTERÉS 
CATEDRAL. 
 
AÑO 1534 SE CONSTRUYE EL TEMPLO EN EL ENCLAVE ORIGINAL DE SUNTUR WASI. SIETE AÑOS MÁS TARDE SE CONTRATA PARA INICIAR LOS TRABAJOS AL ARQUITECTO JUAN DE VERAMENDI UNA VEZ ADQUIRIDO EL PALACIO DE WIRACOCHA.

 LOS ARQUITECTOS FRANCISCO DE BECERRA Y BARTOLOMÉ CARRIÓN, ENTRE OTROS, COLABORAN EN LA MAGNÍFICA EMPRESA. 134 AÑOS LLEVÓ ERIGIR LA CATEDRAL QUE QUEDARÍA CONSAGRADA EN EL AÑO 1668.



CATEDRAL DE CUZCO

Este artículo debía ir al final del viaje, o sea, debía ser el epílogo que cerrase mi fascinante periplo peruano. No obstante he decidido hacer un trueque o cambalache de posiciones y turnos que me ha parecido más lógico y coherente en este engranaje cronológico que es mi crónica viajera. Machu Picchu puede esperar.

LA CATEDRAL

Mi crónica de hoy esta levemente divorciada de la prodigalidad de los detalles pormenorizados que suelen describir y cincelar cada escena, de sedosos plumajes y ornatos estilísticos, o el lirismo barroco propio de mi léxico. No se permiten hacer fotos en el glorioso interior de la catedral, que ya promete emociones y sobresaltos anímicos en la gallarda fachada, repleta de pináculos y bóvedas apuntadas que parecen querer acariciar con sus cabellos de piedra el mismísimo cielo. En este templo de recogimiento hallaré una muestra inequívoca de sincretismo en un lienzo de lo más rocambolesco y nada excepcional que muestra una versión muy libre de “LA ÚLTIMA CENA”, cuyo plato principal es un cuy. Acompañando esta receta vernácula en esa mesa austera hay productos típicamente indígenas. Pero sin duda, ese cuy es la nota extravagante del estrambótico cuadro pintado por Marcos Zapata. Algo de espeluznante tiene también ese Judas que se gira y nos observa con mirada abyecta, que parece espiarte allá donde tú te muevas, su mirada te persigue. Una obra oscura, lúgubre, sincrética, por ese casamiento entre el cristianismo clásico y la ideología andina.

Una huelga de profesores nos persigue como una huella digital. Están en su derecho, el mismo que yo tengo para visitar el país con todos sus monumentos y maravillas, y si no es mucho pedir, sin pancartas, que no pintan nada en una catedral. Las reivindicaciones están genial, pero de poco sirve reivindicar en el infierno cuando pides paz en el cielo. En fin, el sentido común está en peligro de extinción. Sigamos. La catedral, sus entrañas apoteósicas que no lograrán mostrar las fotografías, deben nacer en la imaginación del lector a través de mis palabras. Una nave central que no acaba y que parece inabarcable, como los techos del templo, claroscuros que descubren relieves y retablos barrocos. Figuras, imágenes, tallas y esculturas en piedra, olor a madera vetusta y noble, retablos dorados… Este es un reino de claroscuros, donde la luz busca rincones por los cuales adentrarse en la oscuridad que después la abriga.

Otra parada de esas de reflexión y contemplación es la sacristía. Profusión de retablos y obras de arte que no son como para pasarlas de largo cual un viento pasajero. Misma loa merece el coro, construido en madera de cedro en 1636. En fin, toda una experiencia religiosa.

 



















jueves, 31 de agosto de 2017

CUSCO.



CUZCO (CUSCO).

DATOS DE INTERÉS

FUE DECLARADA LA CIUDAD PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD EN 1983. ESTÁ UBICADA CUSCO EN EL VALLE DEL RÍO HUATAYANAY. ES MAGNÍFICA SU PLAZA DE ARMAS O “HAUKAYPATA”, DEL QUECHUA: “LUGAR DE LLANTO”.




Una ciudad realmente interesante, bonita, plagada de acicates, donde puedo derrochar sin temor epítetos encomiásticos (elogiosos). Cusco merece una amplia visita. A través de estas líneas trataré de prestigiar lo más prominente (destacable). He venido distraído por el camino reparando en unas formaciones líticas, o sea, de piedra, que surgen colocadas sobre algunas cimas de colinas, oteros, montes bajos. Son las llamadas “Apachetas”, y si están ahí es porque la elevación en cuestión, esa montaña, es sagrada. Al igual que en Lima vuelvo a sumergirme en una jungla metálica de cláxones furibundos y tráfico denso, como un océano de “carros”, como ellos dicen, vehículos, coches. Mis primeros pasos se dirigen a la Avenida del Sol. 


 Es una delicia callejear por aquí, explorar la Plazoleta del Espinar, la Calle Marqués o la Plaza de San Francisco. Esta última en cuestión formó parte de la explanada de Cusipata. En los años 70 se consolidaría como verdadero eje de unión entre el casco histórico y el mercado de San Pedro. Ahí mismo está el añoso pero interesante convento de Santa Clara, pero yo, movido por aspiraciones más mundanas que espirituales en esta ocasión, paso de largo para acercarme hasta el mercado antes mencionado. Autóctono y laberíntico, es un placer moverse por este entorno comercial y observar un día como otro cualquiera en la vida de los cusqueños. Como está cubierto, los rigores del verano no afectan al visitante con calores de desierto asiático. Hay toda suerte de género a la venta: textiles, comida, cientos de puestos que venden de todo. La cosa prosigue por esta senda consumista en las calles Nueva y Trinitarias. Caminando por esas calles cusqueñas contemplo en la acera de enfrente un maravilloso mural de pura temática inca con predominio de dibujos e imágenes que hablan de batallas campales. Si el visitante aún no ha llegado a la frontera conocida del hartazgo comercial, puede prolongar tal actividad en el Centro Artesanal de Qoricancha (“Recinto de oro”), un macro-mercado de artesanía de productos locales. 



 Cerca de mi hotel me llama la atención un precioso edificio blanco que no alcanzo a colegir qué diantres pueda ser. Una persona sentada en una escalinata frente al edificio me dice que se trata del Palacio de Justicia.

Ahí mismo reparo después en un precioso mural mosaico con el plano de la ciudad. 


Ahora sí es tiempo ya de ponernos espirituales. Por ello me acerco hasta la iglesia de Santo Domingo, construida en estilo inca imperial. La entrada vale 15 soles, pero merece la pena. La oscura muralla que sustenta el convento es una maravilla como construcción o concepción en sí misma. Exuda por cada poro sus orígenes incas. 


 


Queda espacialmente manifiesto en ese claustro fantástico que me recibe, con esos muros eternos de piedras perfectamente encajadas sin apoyo de argamasa. Tres estilos conviven en feliz armonía: colonial, moderno e inca. Por los resquicios de esas moles no entra ni una aguja. Los incas los construían para honrar y venerar a sus deidades: el Sol, la Luna, el rayo y el arco iris. Para finalizar la visita, sube al alucinante mirador. Desde allí disfrutarás de unas vistas panorámicas excelentes.


Mi siguiente parada me llevará hasta el parque arqueológico de Saqsaywaman. Más de 30 puntos calientes de temática arqueológica, centros que respiran por cada poro un pedacito de historia vetusta. Espacioso y hermoso, interesante y mágico como un “cocedero” telúrico. La explanada donde me hallo está dispuesta en terrazas sobre someras colinas. En este espacio tan generoso en amplitud se celebra anualmente la fiesta del Sol, que convoca a unos 20000 visitantes. La ceremonia dura unas dos horas y se representan bailes, pases, desfiles, etc, todo enmarcado bajo el prisma de la tradición, trajes tradicionales y respeto al acervo cultural.




Las piedras que conforman los muros de estas ruinas son titánicas; me cuesta deglutir sin queja alguna la épica teoría de los forzudos hombres que tiraban de ellas, cada una pesa unas 50 toneladas, y que las encajaban unas sobre otras con precisión milimétrica. 

  


A día de hoy harían falta las mejores grúas de marchamo alemán para semejante proeza. Están colocadas en zigzag y a tres niveles: el superior o mundo de lo espiritual, los cielos del cóndor, el nivel medio, donde se mueve el puma, y por último el inferior, el reino de la serpiente. En la misma línea dos centros arqueológicos de análogas características. 

DATOS DE INTERÉS 

TAMBOMACHAY, DEL QUECHUA, TAMPU (ALOJAMIENTO COLECTIVO) Y MA´CHAI (LUGAR DE DESCANSO). OTRAS REFERENCIAS APUNTAN QUE LA PALABRA MACHAY HACE ALUSIÓN A LAS "CAVERNAS", TÉRMINO QUE PARECE CIRCUNSCRIBIRSE CON MAYOR FIDELIDAD A ESTE ENTORNO ROCOSO DONDE SEGÚN LAS TRADICIONES INDÍGENAS SE PRACTICABAN RITUALES RELIGIOSOS O MÁGICOS Y QUE ADEMÁS ERAN LUGAR DE CULTO, REUNIÓN Y VENERACIÓN. TAMBOMACHAY FUE EL BALNEARIO DEL INCA YUPANQUI Y EN AQUELLA ÉPOCA SUPUSO UNO DE LOS PRINCIPALES BALUARTES DEFENSIVOS DEL VALLE DEL CUSCO.

El templo de Tambomachay, un recinto concebido para el descanso de quienes emprendían el camino del inca hacia el Machu Picchu. El agua que mana de este lugar jamás merma en caudal ni volumen. Unas puertas gemelas representan la dualidad y en el nivel superior están impresos los cuatro elementos esenciales: tierra, aire, agua y fuego.



 Concluyo con mi visita al Quenqo o “túnel, laberinto en zigzag”. Magnífico mirador el que me sale al paso de esta cámara subterránea, concebida para sacrificios rituales de niños para la Pachamama o “Madre Tierra”. Niños, pues estos simbolizan la pureza. Se accede al altar, después de esperar durante muchos minutos a que lo haga la marabunta turística, a través de una grieta u oquedad en la roca y un pasadizo. La oscuridad me circuye y es difícil vislumbrar el ara o altar de sacrificios.