VÍCTOR VIRGÓS

VÍCTOR VIRGÓS

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viernes, 4 de noviembre de 2016

FIORDO DE QOOROQ Y QASSIARSUQ



DATOS DE INTERÉS

En estas álgidas regiones, a falta de foca, se come mucho amassat, que es un pescado similar al boquerón que se seca al sol.



Nos hallamos en la antigua Bratahlid de Erik el rojo, allá por el año 985. Exiliado de Islandia por sus numerosos crímenes y otras tropelías, en su periplo a través de Noruega se toparía con Groenlandia. En la travesía, de quince barcos llegarían solo siete.

La electricidad en Groenlandia se obtiene del queroseno.






Navegamos ya hacia el fiordo de qooroq. Panorámicas del inlandis que te dejan hechizado de por vida. Nos alojamos en Qassiarsuq, habitado por medio centenar de granjeros. Hace un día soleado, magnífico, que pareciera celebrar el mismísimo Leif Eriksson, hijo de Erik, desde la colina que otea el horizonte sobre nuestro hostal. Ya en tierra firme visitamos la interesante morada de Otto Frederikssen, fundador, motor primigenio de este lugar en medio de ninguna parte del orbe terrestre, tras el ocaso de los vikingos. Se establecería aquí en el año 1924 como ganadero. Su familia continuaría después su labor, creando en Qassiarsuq la mayor "factoría" dedicada a la cría de ovejas de toda la región de Narsaq.



Qassiarsuq permaneció deshabitada tres siglos, hasta que Frederikssen rompiera la "maldición" con su renovadora visita.



Sabemos que Leif Eriksson mantuvo rifirrafes constantes con su padre Erik a causa de su conversión cristiana. Tales disensiones acabaron por abrir un cisma insalvable, pues los vikingos profesaban el paganismo, y el montaraz, rudo e implacable Erik no estaba dispuesto a festejar tamaño oprobio filial.
En la preciosa iglesia roja de Qassiarsuq nos cuenta Carmen más asuntos familiares, en los que ya entra como un vendaval la madre del disidente. Ésta, airada con su esposo, reniega de él por su desprecio hacia el hijo amado. Le expulsa de su lado, le defenestra, vaya, por lo cual finalmente el pétreo corazón de Erik se ablanda y consiente en erigir en el año 1000 una iglesia cristiana, para dicha de los cristianos. 

Este lugar de recogimiento y oración es coqueto, bonito, revestida la iglesia por dentro de azul cerúleo y blanco.

Mis pasos me llevan ahora hasta las ruinas de algunas casas vikingas y sus réplicas. Como ya mencioné en su momento, estas moles de piedra podían impresionar mucho por su tamaño, pero prácticas no eran, pues calentar semejantes viviendas no era fácil, sino que propiciaba este hecho la visita de las enfermedades por hipotermia y ulterior deceso.

La iglesia que me encuentro aquí es un trasunto fidedigno de la original, allá por el año 1000. En realidad, cuando penetro en su interior minúsculo, me apercibo de que es una capilla triangular con tejado a dos aguas, donde no hay mucho espacio para la contemplación ni el embeleso. 


Enfrente está la réplica de la casa de Erik el Rojo, donde vivía junto a 20-30 personas más. No por pertenecer a este insigne personaje era la casa de mayor enjundia. Triangular, de madera, grande, estaba predestinada a que sus moradores sufrieran las aflicciones y desdichas propias de los inviernos, por aquello que comentaba de la pérdida calórica en un hogar de estas características.




Mucho más peculiar era el iglú o vivienda frente al mar que me encuentro ahora. Parece una ratonera, una madriguera, vaya. Los innuits accedían al interior arrastrándose o a gatas. Allí se hacinaban unas 20 personas y dormían en estancias separadas con pieles de foca. No era lo que se dice un hogar de ensueño para claustrofóbicos. Frío no pasaban, y de hecho, una vez recogidos en este alojamiento subterráneo, como hacía calor, se quedaban desnudos para sobrellevar mejor el confinamiento y el agobio que produce la cohabitación en el zulo. Los vikingos consideraban este modo de vida bestial, irracional, propia de alimañas, pero eran ellos y no los innuits quienes finalmente fenecían ateridos de frío...



viernes, 28 de octubre de 2016

QAQORTOQ II Y CAMINO DE LOS REYES


Algunos apuntes más acerca del singular Artic Café antes de emprender marcha hacia el llamado camino de los reyes. Aquí me he agenciado una bonita visera del local por 149 coronas. Después de la suculenta cena en el más que recomendable Lallaatis Corner, Rosa y yo nos hemos adentrado en este reino clandestino de melopeas. El ambiente no puede ser más deprimente. Singular, estrambótico y también aciago. Toda la paga del mes, los dineros, el peculio (dinero) pasan del bolsillo a engordar las golosas cuentas del propietario de este bar, que parece un cabaret de carretera con esa fachada roja que no pasa desapercibida. La clientela está cegada por la ebriedad. Algunos se caen, se tambalean, beben y gorjean vocablos ininteligibles con la mirada opaca y vidriosa.

Mucha gente que se cae de pura embriaguez, mujeres, hombres que se acercan para un romance imaginario, para charlar, para trabar amistad con unos foráneos que se les deben antojar tan inauditos como un narval flotando en la piscina municipal de turno. El ambiente es a la par atrayente y deprimente. De hecho, me quedo con lo de deprimente. Toda una paga que se regala a las arcas privadas de un negocio de alcohol, que se lleva tu dinero, tu vida, tu salud... 

Borracheras colectivas de un conglomerado de adictos al alcohol, en su mayoría hombres y mujeres que ya no se acuerdan de su niñez. Se nos acercan curiosos, sonríen, nos hablan, tratan de ganarse nuestro aprecio, nos miran como si fuésemos espejismos, foráneos que vienen a maquillar de novedad sus días eternos de noches oscuras y rarezas soleadas en los meses de verano. El local, de claro diseño norteamericano, es precioso, la
verdad. Hemos hablado con un ingente puñado de clientes, transeúntes, vecinos de Qaqortoq inmunes aún a las barrabasadas etílicas. Cristina, la mujer tras el mostrador, es una muchacha vivaracha, atractiva, rubicunda, locuaz y extrovertida. Yo la imagino como la reina de Saba en un reino de perdedores, súbditos y lacayos. Nos ha contado con su desparpajo natural que su tío es propietario de los dos locales Artic Café que hemos visitado en Groenlandia. Con inefable simpatía nos dice que allí son todos como una gran familia. Todos se conocen, están conectados con ese mundo de ahí afuera mediante internet. No quieren saber nada de ese mundo bullicioso que gira y gira a toda prisa, que consume el tiempo como un gigante voraz, que todo lo atesora y nada retiene. Aquí están tranquilos, están bien así. Le pregunto a Cristina si se sienten aislados, pero ella arruga el ceño, como si no comprendiera la pregunta. No me parece una persona desdichada, desde luego... 



IGALIKU, CAMINO DE LOS REYES


Nos hemos puesto en camino hacia Igaliku por el llamado camino de los reyes, que tiene poco de impresionante y mucho de llano y polvoriento. El pueblo, habitado por 40 personas tan sólo, es como de postal, bucólico, precioso, un cuadro de paisaje con escena rural. Se pueden visitar aún los despedazados restos de una catedral, en cuya tumba se hallaron los huesos pertenecientes al esqueleto del primer obispo cristiano que se atrevió a asentarse en este lugar, pese al pavor que inspiraban los vikingos sobre el año 1100. Hay que subrayar las veces que sean menester que este pueblo de ganaderos y granjeros poco tiene que ver con la horda harapienta de endemoniados guerreros que, sin la menor ética y moral, arrasaban todo a su paso. Sanguinarios salvajes, así los ha pintado la industria del cine para remarcar esa presunta ferocidad inhumana. Otro dato curioso acerca de los vikingos. Consideraban a los innuits poco menos que bestias, pues se alimentaban de carne cruda (esquimal, o sea "persona que come carne cruda). Ellos, los sibaritas vikingos, que no se alimentaban de nada que proviniese del mar, nada de catar focas, que vivían en enormes casas de piedra imposibles de caldear, perecieron de hambre y frío cuando sus pastos se congelaron, perdiendo así su única vía de alimentación.
El camino que me lleva a Igaliku, una llanura de unos 2,5 kilómetros, está "asfaltado" de unas curiosas piedras rojas con pintas blancas que solo se pueden encontrar aquí. En realidad es tierra prensada. Hemos pasado frente al llamado bosque de los niños, inaugurado en el año 2004 para festejar por todo lo alto el nacimiento de una nueva criatura. Por cada niño nacido, un nuevo árbol plantado. 


Hay pocos, la verdad, pero están protegidos con una barrera, para que a nadie se le ocurra cruzar al otro lado.

Igaliku es sin duda un reino de mansedumbre y desconexión del mundo en derredor. Aquí veranean príncipes y reyes, pero no llegan como nosotros, atravesando este sendero de bueyes. Lo hacen, por supuesto, a través del mar, o en helicóptero, sobrevolando estos cielos despejados.




Unos postes me indican en el camino la dirección a Igaliku e Itilleq, así como a unas cascadas y de retorno a Qaqortoq. 





Al fondo del valle se desnuda ya el pequeño pueblo de colores y casitas ordenadas para la foto. En medio, como una joya reluciente, hay un hotel y de satélites algunas ruinas vikingas y los restos del arzobispado de Gardar, capital religiosa de los vikingos. La amenaza de un foem ha sido suficiente para dejarnos al grupo contemplándolo desde la lontananza (lejanía).





viernes, 21 de octubre de 2016

QAQORTOQ I






Por el momento vamos a dejar a un lado el consuetudinario (habitual) escenario de fantasmagórica catadura de las localidades con casitas de colores que vamos "colonizando" con nuestra presencia casi invasora. Hoy nos adentramos en una "urbe" donde la existencia de otros seres humanos ya no se me hace tan anómala. Qaqortoq,
capital del sur de Groenlandia del sur, es una preciosa localidad fundada en 1775. Por supuesto, también predomina el colorido, como si estuviera de oferta. En La Oficina de turismo, (donde uno puede agenciarse algunos souvenirs, ir al aseo, que aquí en Groenlandia tampoco es que sea tan fácil, puedes encargar excursiones para ver
cetáceos, focas, visitar pueblos aledaños) , me han atendido muy bien. He llegado hasta una iglesia muy bonita y antigua del año 1832 que fue utilizada como biblioteca pública de Groenlandia hasta 1940.




Obviamente está cerrada, como también lo está el precioso y sin duda fascinante Artic Café. 





Su llamativo color rojo, como de cabaret clandestino, no me sorprende tanto como la decoración americana con un vehículo Golf empotrado en la fachada. Si has llegado hasta aquí, un pequeño esfuerzo más te llevará hasta una colina que se asoma al mar entre un dédalo (laberinto) de casitas de colores.



Caminando por el puerto tengo la sensación de que Qaqortoq es algo así como la Florencia groenlandesa, por aquello del turismo, porque aquí sí hay vida de todos los colores y naciones. He entrado a curiosear en la pequeña tienda azul de nombre Tamat, que vende un poco de todo a precios de aúpa. Ya en el centro está la única fuente de Groenlandia, aunque me resulta bastante anodina, pequeña, adolece de sencillez y falta de ambición. 



No es una de esas fuentes que inspiran odas ni prosopopeyas. Ya que estamos por aquí, es buen lugar este para tomar algo. Los que andan como los sabuesos, husmeando el rastro comercial de las tiendas, disfrutarán en la roja y bonita tienda Timimut, detrás de La Oficina de turismo. 



Vestuario que proviene de Canadá mayormente, puedes encontrar abrigos, plumas, anoraks de esos que te pueden salvar de la hipotermia cuando llega el invierno más duro de todos los tiempos. Eso sí, los precios no son de los que le dejan a uno indiferente. Ahora soy yo quien anda como un sabueso, siguiéndole el rastro a un interesante taller de artesanía que parece oculto, como si fuera la joya de la Corona. Finalmente aparece en Kirkegardsvej 149, abrigado y comprimido en un enjambre de casas de madera de colores de cuento de hadas. El taller, que está cerrado, es una casa de color azul y a primera vista nada del otro mundo. Rosa y yo, como dos disidentes, hemos cenado en el recomendable café restaurante Lallaati's Corner, extrañísimo nombre, como de trabalenguas. 




Es un local muy bonito y acogedor donde nos atendieron de fábula, son súper amables, tienen wifi gratis, se come bien, vamos, lo que viene siendo un pequeño tesoro groenlandés frente a la anodina fuente que antes mencionaba sin

mucha zarabanda (lío, ruido de fondo, pompa...). El resto del grupo ha escogido un restaurante tailandés, casi imposible de ubicar en una zona oculta, clandestina, portuaria, tan fea e insulsa como el propio restaurante en cuestión. Otra opción culinaria está en el exclusivo y bonito hotel Qaqortoq sobre una colina que mira al mar.


TUPILAKS

DATOS INFORMATIVOS



 Tupilaks o "alma del espíritu, alma de los antepasados", son figuras grotescas talladas en huesos de animales o piedra. Se utilizaban para menesteres nada benéficos. Mediante unos cánticos rituales se buscaba el perjuicio ajeno. Con frecuencia, lo que se hacía era "enviar" a estas figuras grotescas a buscar a sus enemigos a través del mar para que los localizara y acabase con sus vidas. Sin embargo, si el destinatario del mal deseado poseía poderes mayores que el hechicero perpetrador, lo que podía ocurrir es que éste lo utilizase para revertir el hechizo y devolverlo contra quien lo conjuró.

Las figuras tupilaks solían estar inspiradas en la mitología innuit, como por ejemplo "The mother of the sea" (La madre del mar).

viernes, 14 de octubre de 2016

NANORTALIK II


 NANORTALIK II

Caminando he llegado hasta un hotel abandonado que bien podría insuflar ideas de lo más macabras para alguna de mis novelas. 




El entorno, con una gasolinera destartalada que parece de película de terror de serie B, le confiere al hotel Tupilak, pintado de blanco sucio y negro, un aspecto como para anidar en su interior un torrente de pesadillas. Más allá aparece otro albergue turístico, pero a este, con fachada azul cerúlea, se le nota ya de lejos su catadura moderna y vigente, aunque no encuentro el nombre del hotel por ningún sitio, como si un tupilak maléfico se lo hubiera tragado para pergeñar (llevar a cabo) esotéricos conjuros. Antes de catar un café bastante horrendo en el Café 44, he pasado por nuestro alojamiento novísimo, muy cerca de uno de esos fiordos autóctonos que te hacen apreciar las cosas más inanes de la vida y reflexionar sobre la brevedad del tiempo y la necesidad de hacer buen uso de él. 


El llamativo café 44, con esa fachada verde que es como el ojo de un dragón enfurecido, es un local acogedor con música de ambiente moderna y un escenario para todo aquel que lleve un artista dentro y quiera descubrirlo.


MERCADO DEL PESCADO





 Ahora nos embarcamos con dirección a la impronunciable localidad pesquera de Alluitsup Paani. Como todas las demás, pareciera que un cataclismo se hubiese llevado los últimos vestigios de vida humana. Es difícil no ver la perturbadora iglesia de color negro delante del puerto.

ALLUITSUP PAANI



 ALOJAMIENTO

ALREDEDORES DE ALLUITSUP PAANI







Cogemos provisiones hídricas, o sea, agua, en una casa de color azul pitufo. Hay un caño donde uno puede abastecerse con solo pulsar un botón que la vomita con un estruendoso chorro.


 La mansedumbre de cementerio me persigue mientras atisbo alguna tienda por aquí algún mercado por allá. Rápido llega esta vez el final, antes de enfilar los prolegómenos de la primera parte de mi siguiente crónica viajera por la interesantísima Qaqortoq.