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martes, 3 de julio de 2018

LASTOURS





Una estrechísima carretera junto a un desfiladero no apto para enemigos de las alturas me ofrece unas vistas preciosas del vacío y más abajo aún, el río truchero Orbiel o “río de olivos”. Vengo a conocer Lastours para visitar los cuatro castillos, que están muy deteriorados y se cuidan los unos a los otros en angosta cercanía, como una familia menoscabada que se acogiera a los recursos del pasado. Para llegar a la cúspide hay que caminar por sendas “de cabras, mulas y vacas”, senderos tortuosos y torturados muy anfractuosos (irregulares).

DATOS

Los primeros vestigios tienen más de un milenio. Uno de los nombres más eximios vinculados a estas tierras es el de la familia Cabaret, año 1067, época feudal. El clan Cabaret, haciendo un chiste fácil, nada tenía que ver con lentejuelas y zapatos de charol… Se dedicaban a la explotación de minas de hierro y gracias a ello obtuvieron pingües (abundantes) beneficios que revirtieron en riqueza.



Siguiendo esta senda pedregosa y polvorienta llego hasta una pequeña gruta; es más bien un pasadizo a través de la montaña. Según la leyenda, unía Carcassone con los castillos de Lastours.

 
La ruta es amena, aunque fatigosa, bonita y ardua, pero interesante, fascinante y generosa con el caminante. Prueba de ello es por ejemplo el mirador de Belvedere de Montfermer. Al inicio de este peregrinaje todo es relativamente sencillo. Unos escalones muy bien dispuestos con pasamanos hacen la tarea grácil y liviana. Después la cosa se complica con tramos dificultados por ramajes salvajes, piedras sueltas, rocas malignas que te hacen trastabillar y posibles charcos lodosos que te hacen resbalar si no andas precavido.  En total, según la ligereza de tus pies, la travesía puede llevarte una media hora, veinte minutos…

Algunos excursionistas rezongan, les escucho resoplar. Tanta subida para tan poca cosa… Son puntos de vista. Las panorámicas desde ahí arriba son bellísimas y poco importa el calamitoso estado de los castillos cuando plantas la mirada en las colinas verdes que nos escudriñan… (vigilan).

Lastours, y más concretamente la familia Cabaret, está muy vinculada al catarismo, ya que este lugar acogió a los devotos, practicantes de esta nueva religión. Pronto, Lastours se convertiría en el punto principal de concilio para el obispado cátaro.



domingo, 1 de julio de 2018

CASTILLO DE SAISSAC




Con permiso, o sin él, me adentro en el cuerpo destrozado del castillo de Saissac, otrora (en otro tiempo) un Bien ostentoso y portentoso de la potentada familia de mercaderes Bernuy, allá por el siglo XVI. El enclave en la montaña negra, entre los ríos Aiguebelle y Vernassonne se me antoja algo solitario, desalojado del mundo, ermitaño...






DATOS
Las primeras menciones en el año 960 cuentan que el obispo de Toulousse se lo legó al conde de Carcassonne, después llegaría Bertrand de Saissac y tras la cruzada albigense Luis IX lo cedería en parte a los Sres de Saissac. En el siglo XV pasaría a manos de la familia Levis y después a Isle Jourdain. Numerosas batallas lo han dejado en un estado ruinoso.





Con un sol nada desdeñable en una explanada impía cruzo pues las extinguidas puertas. Desde la carretera hay un mirador fantástico para contemplar los restos de la fortaleza en la lontananza (lejanía). La muralla original data del siglo XII. Es fácil inferir lo que fue este lugar, poderoso, hermoso en su abandono, portentoso y sólido. En el interior del castillo, uno de los acicates (alicientes) de la visita, se halló en 1979 un tesoro del siglo XIII con unas dos mil monedas antiguas de plata que pertenecieron a la Autoridad Real. Un museo anexo conserva el hallazgo tras una vitrina.



Como decía, es imponente y sobrecoge en cierto modo. Ruinoso pero orgulloso. No fueron pocos los que tras las batallas y el abandono acudieron al castillo para recolectar piedras y con ellas fabricar sus casas. 

Aquí se van varias horas, recorriendo muros fantasmales y estancias huérfanas donde crecen hierbas y vegetación salvaje o se arremolinan piedras y escombros.

El pueblo es encantador, floridas las calles estrechas, medievales rincones, auténtico como un recuerdo congelado. No faltan detalles fotográficos: un río manso, parterres florales, cuestas y rampas pedregosas, miradores magníficos...

No te puedes ir sin visitar la coqueta iglesia de San Miguel. Capillas pequeñas y muy coloridas, colorido que salpica el resto del templo como lluvia pulverizada. Está muy reformada, limpia y con olor a novedad. Es una iglesia alegre en cuanto a la vivacidad de sus tonos alegres, acogedora, ideal para íntimos encuentros familiares y pactos secretos con el Creador.




jueves, 28 de junio de 2018

MONTOLIEU




La villa de los libros, vinculada enormemente al mundo fascinante e imaginativo de las letras. Por sus calles huele a páginas amarillentas y tinta gastada. Desprende el pavimento el aroma de sus múltiples librerías, tiendas de libros usados, libros antiguos, sabor añejo a narraciones especializadas o simplemente didácticas, explicativas, ensoñadoras...


Calles medievales y casas de piedra son su cobijo. Es imprescindible la parada en el vertiginoso puente con barranco donde duerme el río L’Alzeau. 





Entorno boscoso, vegetación desmadrada que no se conforma con crecer aleccionada, busca su origen natural. El pueblo lo cruza también el río Dure. Panorámicas excelsas (magníficas) me esperan en diversos miradores, siempre con ese trasfondo selvático y el cauce fluvial que sigue su curso por toda la eternidad...

Me gusta la naturalidad veraz de esta fidedigna villa medieval. Nada es impostado ni fingido. Calles empinadas, piedra dura, suelos implacables. 
 

Pero las calles angostas saben lucir sus mejores galas con gran variedad y cantidad de plantas, en un trasunto de barriada andaluza. Lo digo por el gusto floral, que no esencia alguna cordobesa o sevillana. Tal y como ya anunciaba en mi prólogo, la villa de los libros tiene museos, cultura, letras leídas y escritas, arte, librerías para nadar en la nostalgia, sencillas pinacotecas...

Me encuentro de frente con una mole de piedra de diseño gótico, la iglesia de San Andrés. 


 Demasiado oscura, imponente, eso sí. Fue construida entre los siglos XIII-XIV y es Monumento Nacional. Como ya viene siendo algo pactado, habitual, esperado, las vidrieras son probablemente el broche áureo de este reino umbrío. Está la iglesia añosa, deteriorada, necesita restauración. La humedad no tiene piedad y ha causado varios estragos.


 

En la Rue Bastie hay una casa que merece la pena visitar, por curiosa. Su fachada es una recolección de aperos de labranza, trabajo de campo y de oficios legendarios, una chatarrería vertical. A mis pasos les acompaña el silencio....¡¡Shhhhhh!!!


miércoles, 27 de junio de 2018

CARCASSONNE III





DATOS DE INTERÉS
El castillo fue erigido por la dinastía Trencavel, vasallos de los condes de Toulouse. Fueron derrotados en las cruzadas albigenses contra los cátaros en el siglo XIII. Después, este enclave privilegiado pasaría a manos de la Corona francesa. Nombres propios de esta historia de implacables asedios, cabe citar a Simón de Montfort y en un trazo mucho más amable Viollet Le Duc, quien restauró la cité medieval en el siglo XIX, la iglesia de San Nazario y con anterioridad la iglesia de Nôtre Dame de Paris. En cuanto a Montfort, fue sin duda uno de los personajes clave, definitorios y decisivos en la malhadada cruzada contra los cátaros en 1209. Sus asedios en Carcassonne y Béziers serán por siempre tristemente recordados.

El nombre de Carcassonne proviene de la población romana Carcaso. Por el año 70 A.C aparece una primera mención de la ocupación romana con el hallazgo de un mosaico en el patio de una casa del siglo I.

  


Hay una pequeña capilla junto al río Aude que encuentro abierta. Esto no es fácil de lograr con los “recatados” horarios franceses. Se trata de la coqueta y pequeña iglesia de Nuestra Señora de la Salud. Se ve enseguida y parece una concreción resumida de la belleza del gótico comprimida en un “retoño” de sueño o suspiro. Fue construida con donativos en 1497, en la zona de los hospitales de la ciudad. En el exterior se puede ver una Virgen con el Niño en mármol blanco de Caunes. Desde aquí se inicia el peregrinaje al Camino de Santiago de Compostela. 
  
La siguiente iglesia, a los pies del castillo, veteado de amarillo temporalmente por el artista Felice Varini, es mucho más colosal, pero me la encuentro cerrada a cal y canto. La iglesia gótica de San Gimer, cuyo nombre proviene de un obispo así llamado en el siglo X, está plagada de rosetones y es obra de Viollet Le Duc, erigida entre 1854-59 en gótico puro. Hasta mediados del siglo XIX fue el único lugar de culto de la zona. En palabras del propio Le Duc, su intención era construir un templo “decente y sencillo”.
 
Pasando de largo pero sin prisas el castillo y esa muralla colosal de tres kilómetros, me planto ante la iglesia de San Nazario y San Celso, que vuelve a retomar los gustos por la grandeza estructural, tamaños titánicos para embeleso de los feligreses. El coro ruso Doros está interpretando cantos ortodoxos, y en ese espacio inmenso la sonoridad es un milagro acústico hermosísimo. La iglesia fue declarada Monumento Histórico en 1849 y fue restaurada por el omnipresente Viollet Le Duc.

 En el castillo, te llevará unas cuatro horas visitarlo, te recomiendo utilizar las audioguías para enterarte bien de su fascinante historia. De todos modos, en la segunda planta te ponen un vídeo documental explicativo en varios idiomas. Otra iglesia más, aquí en Carcassonne es un empacho, la de San Vicente. 

 
Colosal como viene siendo habitual, posee un órgano fantástico de 1739, obra maestra de Christophe Moucherel y unas maravillosas vidrieras. Los techos buscan a Dios, así como la torre escalonada de 232 peldaños. Esta iglesia fue ampliada por Felipe IV en 1638 y su construcción llevó seis décadas. Es Monumento Histórico desde 1907.

Ahora me apetece cambiar de registro y visito el modesto jardín del Calvario. Se ve enseguida, apenas unas hornacinas, muy bonitas, eso sí, rodeadas de estatuas y arbolado.




lunes, 25 de junio de 2018

CARCASSONNE II





Desde el taxi, llegando ya a la enorme casa del simpatiquísimo Pierre, columbro (veo) a lo lejos la magnífica silueta medieval del castillo. Mi primera impresión es la de que unos vándalos han pintado con grafitis amarillos su estructura de piedra. Como eso no tiene el menor sentido, me aventuro a “profetizar” una nueva teoría. Acaso un extravagante artista de rocambolesca pintura contemporánea ha tomado por lienzo la fortaleza. No ando tan desencaminado. Con el fin de conmemorar el vigésimo aniversario de la inscripción de la ciudad en la lista honorífica de Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, se contrató al artista suizo, residente en Paris, Felice Varini. Su obra temporal, singular, estrafalaria,“Círculos concéntricos”, es en realidad un conjunto de bandas anchas de color amarillo fosforescente que se adhieren a la piedra como el musgo a la roca. 







Varini nos propone contemplar su obra desde diversas perspectivas y distancias, pues es así cómo se aprecia su cualidad cambiante, circunférica, curvada. Para ello, asciendo por una empinadísima vía peatonal pedregosa de unos doscientos metros para penetrar en la villa por la puerta de Aude. Plantándose en su umbral, desplazándose y observando el castillo desde diferentes ángulos se aprecia perfectamente el efecto concéntrico de las anchas bandas amarillas que desde lejos se me antojaban demenciales brochazos. En otro momento hablaré más en profundidad del castillo. Ahora me dispongo a explorar otros lugares de gran interés y belleza encerrados en el núcleo de esta ciudad mágica, bellísima, de cuento, tan medieval e idílica, romántica y tan magníficamente conservada.


CATEDRAL DE SAINT MICHEL
Como iré contemplando en mi profuso recorrido, aquí las iglesias tienen tamaños elefantinos, enormes moles de piedra que se comen plazas y calles con su volumen magistral. Bóvedas inalcanzables, altísimas, parecen buscar contacto visual y corpóreo con el Creador. Así es la catedral de Saint Michel. Gótico sombrío con tremendos rosetones y protegiendo la entrada, horribles criaturas expresivas, gárgolas que chillan, se asombran, espían o se burlan del visitante.


Para deshacer el maleficio de ese interior tan abrumador como oscuro, juega a favor el mármol rojo y el colorido de los arcos y capillas repletas de cuadros. Tuve la gran suerte de entrar en la catedral cuando un coro entonaba letanías y cantaba para mayor grandiosidad del templo. Más modesta, aunque lejos de modesta y reducible, es la iglesia de los Cármenes. Está igualmente dominada por las sombras y le hace falta una buena dosis de cariño y restauración. Caminando llego hasta un minúsculo quiosco de color rojo que parece tan prescindible y pasajero como cualquier otro edificio anodino que siempre está ahí pero nadie observa. Excepción merecida en esta ocasión para Le Kioske du Dôme. Nos cuenta Pierre, nuestro anfitrión, el simpático propietario de la enorme casa donde nos alojamos junto al río Aude, que ahí se comen las mejores pizzas de la ciudad. Hemos comprobado
cuán acertado es el aserto. Un chico y una chica, muy jóvenes ambos, trabajan como centellas mientras el teléfono no para de sonar para “fabricar” nuevos pedidos. Son magníficos también los mejillones gratinados y la lasagna. Frente a mí un formidable bastión de poca longitud y mucha envergadura cuya parte superior está “interrumpida” por una vegetación boscosa. Se trata del Baluarte de Montmorency. Fue en su día un almacén de pólvora durante la Revolución del siglo XVI que enfrentaba a la Ciudadela Medieval y la Bastida, una facción bastante más moderada. Corría el siglo XIX y el bastión albergaba entonces una logia masónica en una sala subterránea. Volviendo a esa masa boscosa de la terraza superior. En realidad, descifremos ya el enigma, se trata de una zona acondicionada en 1930 para la clínica del doctor Delteil. Hoy es una residencia de ancianos.



Subiendo por la empinada Rue Trivalle merece la pena detenerse a contemplar el fabuloso, ingenioso y grandísimo mural en una pared, con pinturas preciosas que nos narran momentos álgidos de la historia de la ciudad. Todo ello devorado o “cosido” al regazo de unas letras gigantes que forman el nombre de esta villa franco sureña.




Entrando por la puerta de Narbona es una delicia convertirse en urbano conquistador y descubrir calles encantadoras como Place du Château, ideal para tomar algo. Restaurantes, locales, turistas dialogando con entusiasmo, luciendo sus mejores “paños” y apliques estéticos para competir en belleza con la eterna Carcassonne. Aquí puedes libar la esencia más medieval y romántica de la villa, así como en Place Marcou y aledañas. Voy a concluir por hoy deteniéndome en la iglesia de San Nazario y San Celso, una portentosa basílica en realidad. Por sólo un euro compras un folleto explicativo. Me llaman la atención los altos arcos apuntados, las lumínicas vidrieras y las estatuas y gárgolas, que le dan un aspecto y cariz algo teatral, escénico, medieval, imponente. Un broche de oro. Un coro de cánticos ortodoxos rusos, Doros se llama la formación, estaban allí ese día regalando magia con sus impecables voces para deleite de los espectadores. La sonoridad era mayúscula, un latido vibrante que no cesaba de bombear...



DATOS.
La Bastida de San Luis.

Así se llama a la ciudad baja de Carcassonne, actual centro neurálgico que surge a la margen del Aude. Luis IX autoriza en 1262 la construcción de un burgo que aloje a quienes vivían en los antiguos suburbios. En 1355, el Príncipe Negro, llamado así por el color de su armadura, incendia la ciudad baja. Eran los tiempos de la Guerra de los Cien años, que causó estragos en la villa y enfrentaba a los franceses contra los ingleses. Dos años después de los desmanes del hijo del rey inglés se reconstruye Carcassonne siguiendo las directrices del plano original que se conservaba.



domingo, 24 de junio de 2018

RUTA POR REGIONES CÁTARAS. SUR DE FRANCIA. CARCASSONNE





Después de acometer una breve entradilla o proemio (prólogo) que nos sirviera de primer entrante al fascinante y luctuoso (lacrimógeno) mundo de los cátaros, doy un paso adelante para penetrar en Carcassonne, cuya ciudadela y muralla de tres kilómetros son el mejor ejemplo “vivo” de toda Europa. La mayor y mejor conservada, la más hermosa y señorial, fascinante, medieval y de cuento...Sin duda, Carcassonne. De esta belleza en piedra antigua, un molde de castillo que nos hace viajar en el tiempo, es gran responsable Eugene Viollet Le Duc, el arquitecto que le otorgase su aspecto actual en el siglo XIX.

Esta obra maestra de la arquitectura militar es Patrimonio de la UNESCO. La primigenia Carcaso me da la bienvenida cuando me acerco a la Puerta de Narbona, donde me recibe la dama de Carcassonne. La efigie en piedra es soberana y orgullosa, afable y cercana en su mohín.


 

SIGLO VIII, LA LEYENDA DE LA DAMA DE CARCASSONNE

Corría aproximadamente el año 725, siglo VIII, cuando la villa estaba ocupada por los árabes. Una princesa sarracena, esposa del regente Ballak, defendía la ciudad de los asedios inagotables de las tropas de Carlomagno. Cinco años de insufrible cerco invasor lograron menoscabar dramáticamente las provisiones. Nuestra protagonista, la Dama Carcas, requisó los víveres que aún quedaban para distribuirlos entre la población. Los soldados hicieron acopio de un saco de trigo, así como un cerdo que una anciana escondía en un sótano. Enseguida observaría cuán insuficientes éstos eran para abastecer a tantas bocas. Por otro lado, los musulmanes jamás comerían la carne del cerdo, el trigo era insuficiente...

Entonces se le ocurrió una idea tan eficaz como estrafalaria. La dama de nuestra leyenda cebó al cerdo con trigo y lo arrojó a los pies de Carlomagno. Al despedazarse por el terrible impacto, de las entrañas surgió el trigo. Carlomagno quedó estupefacto: “Si los árabes podían permitirse el lujo de cebar a sus animales, eso solo podía significar que aún tenían víveres de sobra como para aguantar el asedio por mucho más tiempo”. Pero éste ya estaba durando demasiado, por lo cual, el emperador, hijo de Pipino El Breve y Bertrada de Laon, rey de los lombardos y los francos, consideró más sensato abortar la expedición invasora y regresar a casa.

La dama Carcas, que había quedado prendada de él, se entristeció al verlo marchar y le entregó las llaves de la ciudad, atrayéndole haciendo redoblar las campanas sin descanso. Desde entonces se dice: “Carcas Sonne” (Carcas suena), haciendo alusión a aquel hecho que da nombre a la villa. Añade la leyenda que Carlomagno entregó a la Dama Carcas como esposa para uno de sus más leales acólitos; Roger, de quien surgiría la saga de los Trencavel, herederos de los vizcondados de Albi, Nimes, Carcassonne, Rasez, Béziers y Aude en la región del Languedoc.

Prosigo ya con mi periplo por la encantadora villa medieval sesgada por el río Aude o “Aguas tranquilas”. 


 

Me hiere el alma ver a mi paso el deterioro decadente de las casas. La podredumbre y la mugre se comen las aceras y rincones y pintan de herrumbre oxidada preciosas rejas de puertas, ventanas y balcones. Paredes y fachadas sufren una descamación imparable; se le cae a cachos la vida a las señoriales y magníficas casonas, mansiones y viviendas de Carcassonne. Pero es innegable la belleza añeja de la ciudad; revestida de flores que jalonan la villa y se entreveran (mezclan) con los tonos terrosos y apagados de los edificios que predominan en el centro. Para aliviar el deterioro, o en un intento de disimular su enfermedad, se me relaja la vista en el navegable canal de Midi, una maravilla de la ingeniería urbana construida por Paul Riquet en tiempos de Luis XIV para conectar el mar Mediterráneo y el Atlántico, facilitando así la navegación por el río Garona. Los paseos en barcos de turistas son habituales. Es una imagen un tanto idílica y sosegada, una característica de la ciudad que realza su “emblema” turístico, veraniego, una sonrisa de bienvenida a la villa medieval donde la familia Trencavel será uno de los más eminentes distintivos endémicos (oriundos, vernáculos). También, en un ramo mucho más triste, el Papa Inocencio III, quien no dudase en arrojar piras de animadversión (desprecio) contra los cátaros. Así, en el año 1208, iniciaría una demencial cruzada contra los monjes heréticos.
 

Las carreteras que iremos recorriendo para visitar poblaciones anexas nos regalan escenarios naturales abiertos, fecundos, verdosos, “cántabros, asturianos, leoneses...”.

Ha llovido a mares y la tierra lo agradece con una explosión de colores verdosos que tapizan modestas colinas. Carreteras con miríadas de curvas y subidas tremendas que se mofan de los barrancos que se hunden en circos, valles, depresiones y gargantas.