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viernes, 20 de abril de 2018

LOGROÑO




 
Bueno, es momento de acometer travesías mucho más populosas. Por ello “aterriza” mi cenceña (delgada) figura en Logroño. Dejó atrás la curiosa fuente de los espaldas mojadas en la Gran Vía de Juan Carlos I. “Los espaldas mojadas” me sugiere por algún motivo lúgubres historias de náufragos que hubieran cruzado el Mediterráneo con la fuerza de sus brazos y las espaldas mojadas. Pero la explicación es mucho menos novelesca. Se trata de unos monjes muy adustos ataviados con negros hábitos cuyas espaldas encharcan las aguas de la fuente. En esta parte de la ciudad, a estas horas tempranas, el mundo parece dormido y el sonido del silencio es el marco de la ausencia. Las primeras señales de “vida inteligente” surgen en la calle 11 de Junio, junto a un recuerdo testarudo de la primigenia muralla con foso que rodeaba esta villa. Me llama la atención una denominación tan particular, así que acudo al encuentro de respuestas. Bien, se trata de conmemorar la épica victoria ante las persistentes tropas franco navarras de Enrique II de Navarra un 11 de Junio de 1521. Fueron 17 días de asedio atajados de manera radical por las huestes del duque de Nájera. Accedo sin mayores dilaciones al casco antiguo. Dejo atrás el Parlamento, antiguo convento de la Orden Mercenaria. En color arenisca me recibe la iglesia de Santiago.


La actual es del año 1500 y en su explicativa portada podemos vislumbrar a Santiago Matamoros en la batalla de Clavijo contra los musulmanes en el año 844. En su interior hay un bonito retablo dorado. Una parada singular para hacer fotos curiosas está entre la Plaza de Santiago con San Pablo. El suelo se convierte en enorme tablero del juego de la oca. 

 
Si al inicio hablaba de una cierta pobreza de humanidad y calles divorciadas, todo eso se desvanece como por encanto en la peatonal calle Portales y por supuesto, la afamada Laurel o el bonito paseo del Espolón. Para tapear, la calle Laurel es visita obligatoria; lugar de “peregrinaje” para todo aquel que desee tomar algo rodeado de una marabunta humana propia de un éxodo apocalíptico. Reino pues del tapeo, de la manduca y la celebración del gentío en libertad y asueto. En el paseo del Espolón hay que fotografiar a ese caballo formidable sobre una fuente con cuatro leones que acarrea en sus lomos al eximio general Espartero.

  Otra foto fabulosa surge sola entre la calle Laurel y San Juan con la catedral al fondo; colándose por las rendijas del paisaje urbano.



Volviendo a la grandeza de los templos eternos está la concatedral Santa María de la redonda, así llamada porque en este enclave había antes un templo romano circular.


Destaca un pórtico barroco abigarrado de decoración y unas torres gemelas de color arenoso. El interior se abre como unas grandes fauces de fisonomía gótica, con retablos barrocos y una bóveda colorista que sólo rozan con sus sueños unas robustas columnas.




 Me alejo ya con la mirada anclada en el puente de Sagasta cruzando el río Ebro. Este colosal armazón de hierro tenía planes de residencia en Andalucía, descansando sobre el río Guadalquivir. Quiso el destino que su ubicación ulterior lo dejase amarrado al tiempo e intemperie de Logroño.


 Para quienes nos gusta perdernos entre salas explicativas y memorias históricas, culturales o artísticas apresadas tras las cristalinas mamparas de los museos, el de La Rioja es de lo más interesante. Además, la palabra mágica que concita siempre afluencia de público: es gratuito. A través de una magnífica escalera de nogal del siglo XVIII recorremos tres plantas cronológicas que nos asoman a las épocas de la ciudad.
 

 Diáfano y espacioso, es agradable comprobar que aquí no hay batallones de visitantes atorando pasillos y salas. Me atrae especialmente la segunda planta, dedicada al añejo medievo: pinturas fantásticas, esculturas, retablos, tablas flamencas...









En la tercera planta me quedo embobado con el sublime cuadro “Soberbia” del pintor Baldomero Gili Roig, un acercamiento fidedigno del estilo que hizo grande e irrepetible a Renoir.




miércoles, 18 de abril de 2018

ESTELLA (LIZARRA)







Digo adiós a la nieve pirenaica con una suerte de “llanto interno” que acaba bajo el manto blanco que cubre Roncesvalles. Estella, Lizarra en vasco, está bruscamente escindida por un río Ega que transporta verdosas aguas soliviantadas (furiosas). El caudal ha ascendido como si una furia interna conturbase sus sueños. Este lugar está especialmente destinado a tomar buenas fotografías panorámicas con romántico marco de puente de piedra. 

Mi primera parada será en la iglesia del Santo Sepulcro (S.XII). Aunque tal nombre resuena en mi mente con tambores lejanos de tierras exóticas de la ciudad vieja de Jerusalén, aquí en Lizarra se aprecia claramente la piel vernácula de una villa típicamente vasca que obtuviera su fuero en el año 1090 de la mano del rey Sancho Ramírez. Me planto ante la preciosa evangélica y apostólica portada gótica del siglo XIV. La estructura del templo parece basta y sucia, ennegrecida, como huérfana alma a la intemperie. Aún así, pese al desdoro que mancilla la portada, siguen siendo magníficos esos ángeles en piedra que rodean a Cristo en diferentes etapas de su vida. Arquivoltas, apóstoles, un racimo de figuras pétreas que son como un libro con las páginas abiertas para asomarse a momentos cruciales de la vida de Jesús, como la Resurrección o la Última Cena.











De nuevo mi mirada clavada en el puente de la cárcel (1973) que divide en dos la villa de Lizarra. Es bastante nuevo en realidad, ya que el anterior no sobrevivió a las calamidades asoladoras de la tercera Guerra Carlista en 1873. Atravieso la calle Curtidores con mis pasos como comparsa solitaria.



 
La cosa mejora en tumultuosa compañía una vez que las calles empedradas visitan la plaza de San Martín. Me planto ante la iglesia De San Pedro de la Rua, siglo XII. Como retándome a un duelo de fatiga y tenacidad, asciende hasta el templo una escalinata nada desdeñable. Nada que mis pies, avezados en tales menesteres, no hayan visto antes. Una fachada alba, como una despejada mañana sin cuitas ni desdoro sucumbe al influjo del precioso pórtico de estilo románico tardío.
 





En esta iglesia, que ante mis ojos se me muestra mundana y “desprestigiada”, se juraron los fueros en tiempos de los reyes de Navarra Juan III y Catalina de Albret. Repertorio mayúsculo de arcos apuntados góticos y románicos en un festival decorativo.






Desafortunadamente su faz está afeada como una dama triste y amargada por la vejez. El interior es simple, retocado, remozado de presente, blanco como una alegre bienvenida. En este conjunto algo monótono destacan las vidrieras y la capilla de San Andrés, de esplendoroso barroco. Una puerta lateral me lleva al claustro, jalonado con columnas de ornamentales capiteles. Me llama la atención un enorme pinsapo, un árbol gaditano que parece aquí extraviado como un visitante foráneo.



 Pero este viaje mío, que tiene hambre de sagradas escrituras, no tarda en hallar nuevos alborozos en la iglesia de San Miguel, una mole colosal con grandes arcos y un pórtico pletórico en relieves y tallas.



 En su interior, para no menoscabar el influjo inicial, me atrapa y atenaza la belleza de un retablo de Santa Elena y otro de San Miguel que da sentido a la definición misma y por antonomasia del barroco flamenco.
 




 CLAUSTRO








lunes, 16 de abril de 2018

RONCESVALLES




 Un broche de invernal estampa, casi de hogareño cuento ancestral narrado junto a la chimenea de un refugio montañés al albor de la Navidad, así me recibe Roncesvalles, con una pátina de nieve que amenaza con hundir bajo el subsuelo mis tibias. Es una nieve de fina pelusa albina, como canas de ángeles o plumones de gaviotas que portasen en sus picos afilados polvo de estrellas. Tenemos una guía local muy dicharachera y vivaracha llamada Yone, que nos va contando toda suerte de memorias pamplonicas mientras el autocar devora la carretera con hambre atrasada, como una fiera de metal en simbiosis con el asfalto. Las máquinas quitanieves no cesan de acendrar (limpiar) la curvilínea carretera. Es emocionante esta versión blanca del generoso y fecundo valle de Irati. Todo parece más grandioso desde el mirador de Ibañeta cuando la nieve espesa abriga el paisaje. 
 


 Si la imaginación es tu aliada casi podrás oír el retumbar de los tambores de una gran contienda en Valcarlos, donde tuviese lugar la batalla de Roncesvalles. 




Nuestra primera parada nos lleva a las puertas de la colegiata de Santa María (S.XII- XIII), construida en tiempos de Sancho VII El Fuerte. Es un templo coqueto, bonito, muy al estilo de aquellos que visité tiempo atrás en la región francesa del valle del Loire. Iglesias así puedes encontrar en Blois, Tours...

 




Mi alma, que vive con frecuencia azorada por turbulencias de influencia nociva, parece regocijada y tranquila entre los sagrados muros de estos lugares de oración. Así, mis ojos navegan por la bóveda de crucería y gótico francés a la vista. Lo más llamativo, por exhibicionista y presumidas son las vidrieras coloridas. Tiene algo misterioso y arcano el triforio; una galería superior con arcadas góticas que invitan al retiro y la intimidad de las confesiones. Desde allí, ¿cuantas veces habrán contemplado miradas ajenas el deambular de los feligreses? 

 Un presbiterio con enorme baldaquino muestra una imagen preciosa de una virgen dorada y plateada. Demasiado boato para loar la humildad que debiera profesar La Iglesia, pero prefiero no adentrarme en junglas tan pantanosas y dejar que el embeleso juego un rato a solas...

 CLAUSTRO

El altar mayor es otro festín para los sentidos con esa talla gótica en madera de Santa María de Orreaga con revestimiento argénteo (plateado) y dorado. El claustro, de estilo herreriano, tuvo que ser reconstruido en el siglo XVII cuando el tejado se vino abajo, sobrepasado por el peso exacerbado de la nieve. Es muy interesante y bonito el sepulcro de Sancho VII El Fuerte, todo un coloso gigantón que llegó a medir unos 2,25 metros aproximadamente.


Como el colorido tiene la facultad de anegarnos la mirada, seremos víctimas indirectas de una preciosa vidriera en la sala del sepulcro que nos habla con lenguaje irisado (de colores) de la batalla de las Navas de Tolosa.

 
Roncesvalles, este pueblo de típico marchamo pirenaico montañés, es hoy un retrato de postal navideña. Los tejados de las casas, a dos aguas, forma de V invertida, van vertiendo grandes copos de nieve cuando ésta cae por pura gravidez. Es divertido, es un juego infantil e inocente cruzar bajo esos tejados llorones que expulsan nieve. Más de uno se ha llevado un susto al cruzar de manera desenfadada, sin tener presente la “lluvia de meteoritos”. Me despido en la recomendable cafetería Casa Sabina, donde el seductor aroma de café caliente me hipnotiza y subyuga sin remedio.