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lunes, 21 de mayo de 2018

CHINCHÓN




El tiempo tiene la juguetona atribución de convertir nuestros recuerdos en un ensueño
difuso, donde lo que parecen meses, en ese calendario que jamás se equivoca y nos
constriñe a todos en el mismo viaje de la vida, esos meses nebulosos se tornan años,
décadas...


Chinchón parecía asomarse a los miradores de mi memoria con contornos y perfiles
perfectamente distinguibles, como los pliegues de la colina que vislumbramos a través de
la ventana. Regreso casi dos décadas después. Nada ha cambiado. La misma faz atávica
(añeja, antepasada) de entonces. Es precisamente esa pertinacia por retener la
autenticidad prístina lo que convierte a Chinchón en uno de los pueblos más hermosos de
España. Calles, balcones, soportales de madera colonial, sobria, oscura, señorial, son
genético material de soporte existencial de esta romántica villa inalterada. 








De pronto estoyinmerso en los tiempos de Felipe V, Juana la Loca y Felipe el Hermoso, Lope de Vega y de los desalmados desafueros desaprensivos de Mendizabal. Esto es el medievo y aquí se habla de romances declamados, conjuras sibilinas, retórica, poesía de trovadores y teatros montados con cuatro tablas y dos clavos, hambruna en las calles, yuxtapuesta (junto a) a la inmundicia, mientras unos monarcas altaneros vislumbran el mundo desde las atalayas del castillo de los condes, destruido en 1520 en las batallas contra los comuneros. La Plaza Mayor, una de las más hermosas del mundo, eso se canta, narra, recita y proclama en todos los idiomas humanos, es pintoresca, autóctona, intachable su semblante original. Huele a madera rugosa y anciana. Oscura, como la madera más noble, sabia como el mismo tiempo, retiene su belleza con orgullo desafiando a todas las eras del mismísimo universo. Colonial, señorial, decía antes, se niega Chinchón a concederle audiencia a la modernidad impersonal y aséptica. Prefiere mimar sus cicatrices y huellas digitales, que a fin de cuentas son el arroyo genético por el cual discurre su historia legendaria. Medio pueblo está en venta... veo carteles, pegados como grapas oxidadas, en paredes abombadas, agrietadas, deformadas por el abandono y la carencia de restauración. Hogares que procrearon historias de sagas familiares ahora se mueren de
pena, conjurados en un funeral colectivo de casas desterradas, infamadas. Casas
patizambas, cojas, heridas de muerte, conservan su belleza añeja y trasluce ésta a través
de la miseria decadente de sus muros enfermos.


A tiro de piedra de Madrid, a 50 kms de la titánica urbe, se yergue Chinchón sobre la
altiplanicie de El Llano. Es lúdico escoger personajes de figurantes y actores y volar con la
imaginación para recrear un escenario en el año 1060, cuando irrumpía a la conquista de
la villa Fernando I El Magno. Alfonso VI reiteraba la gesta en el año 1082.




 DATOS
EN EL AÑO 1739 FELIPE V OTORGA A CHINCHÓN LA DISTINCIÓN ILUSTRE DE MUY NOBLE Y MUY LEAL POR LA LEALTAD HACIA LA CASA DE LOS BORBONES EN LA GUERRA DE SUCESIÓN. AÑOS DESPUÉS ALFONSO XIII CONCEDE EL TÍTULO DE CIUDAD Y TRATAMIENTO DE EXCELENTÍSIMO A SU AYUNTAMIENTO.




Como una marea veleidosa (inestable, caprichosa) todo nos retorna a la Plaza Mayor,
epicentro de todas las miradas y “quereres”... Madre magna, ágora máxima que concita a
“feligreses” de los placeres culinarios de todo el país, tirando de volumen humano como si
se estirara a capricho. Se come bien en Chinchón, es un hecho casi indiscutible. Tapas,
raciones, cochinillo, cabrito, guisos, carnes, potajes y sopas... todo ello cocinado a fuego
lento en hornos de leña. Salivan los gaznates y paladares mientras se cosen unas a otras
las palabras...


Dicen que es esta plaza una de las más bellas del mundo. No en vano, fue declarada en
2008 como la cuarta maravilla de la Comunidad de Madrid. Aquí se han celebrado
festejos taurinos y en su escenario, diáfano y circular, se llevaron a cabo autos
sacramentales, representaciones sacras y comedias que la gente podía observar y
disfrutar desde los soportales y balcones de madera. El ayuntamiento lleva ahí desde

1499, cuando el concejo adquiere unas casas para sus reuniones a colación de las ferias
de ganado. No soy turista de plato y cuchara, más bien explorador infatigable. Por ello
voy en pos de nuevas emociones: cocinar a fuego lento las palabras para extraer todo lo
que Chinchón tenga a bien ofrecerme. La casa de la cadena me deja bastante indiferente:
un bloque de piedra clara sin formas orgullosas ni creativas que parece conformada con
su robustez y sencillez. Aquí se alojó Felipe V a su paso por la villa en 1706.



La repostería de Chinchón no es como para hacer mofa ni mohines de aspereza. Yo y ese
lado de mi ego con tendencia a la espiritualidad nos pasamos por el monasterio de
clausura de la Purísima Concepción de Clarisas descalzas para hacer acopio de algunos
mantecados artesanales. Merece la pena. Llamas al timbre y enseguida una voz al otro
lado. Se abre el portón de madera, que por unos momentos revela una cierta intimidad
prohibida para quienes vivimos al otro lado de la mansedumbre, sosiego, paz y calma que
destila el patio que me recibe, plagado de plantas bellas, ornamentales, extraídas a caso
de un lienzo de algún patio andaluz. Desde cualquier punto en la lontananza puedes avistar la enorme estructura blanca de la iglesia de Nuestra Señora de la Concepción. 




Bonita por fuera, imponente y robusta, se abre como una flor majestuosa en el interior para exhibir todo su esplendor. Su construcción concluye en 1626 y amalgama entre sus muros estilos arquitectónicos platerescos, góticos, barrocos y renacentistas. Pero una joya inesperada me espera oculta, como si su intención fuese pasar desapercibida. Dirijo mi mirada al Altar Mayor para descubrir el lienzo de Goya “La Asunción de la Virgen”, una obra que surge a petición de su hermano Camilo, capellán de esta iglesia.

Señero, solitario, alma de anacoreta (ermitaño) tiene el castillo de los condes. Aquí no
existe la terminología para definir la lejanía. Todo concepto análogo desaparece a golpe
de talón, suela y caminata. Un paseo nada tortuoso ni fatigoso me planta ante las ruinas
de una fortaleza bonita, majestuosa aunque nada impresionante. El castillo de los condes,
construido en el siglo XV, conoció tiempos mejores antes de que las batallas contra los
comuneros lo dejasen derruido y “comatoso”. Diversos desastres, incendios, las guerras
de Sucesión y de la Independencia lo dejaron finalmente febril y desahuciado. En todo
caso, es visita obligada y no faltan modelos y fotógrafos que posen ante su sudario
desnutrido para imaginar su grandeza extinta. No se puede entrar. Una puerta bloquea el
acceso al recinto vacuo que hoy ocupan fantasmas y susurros guturales del viento. Las
ruinas son el recuerdo oprobioso “deshonroso” de la fortaleza que reconstruyera Diego
Fernández de Cabrera, conde de Chinchón y Señor de Boadilla y Villaviciosa; hombre
preeminente en la corte de Felipe II.






Es recomendable curiosear, como lo hacen las mariposas y el mismo viento, por ese
interior majestuoso del Parador, antiguo convento de los agustinos. Diseño arábigo con
arcos de ladrillo y pequeños parterres que invitan a la reflexión sosegada.

viernes, 4 de mayo de 2018

MUSEO NAVAL. PASEO DEL PRADO 5, MADRID

Mucho más que un museo de barcos, navíos y naos, bajeles y torpederos, el Museo Naval es una inmersión oceanográfica en la historia marítima española.

INAUGURADO UN 19 DE OCTUBRE DE 1843 POR LA REINA ISABEL II.








Promotores cúlmenes del mismo serían en el año 1792 Antonio Valdés y Fernández Bazán. Sin embargo, no vería los albores de su inauguración hasta el año 1843.

 El precioso museo es un recorrido marítimo navegando por preciosas salas de corte romántico. 25 salas repletas de fantásticos "tesoros" del mundo marino, tales como aparatos astronómicos, astrolabios, compases, bajeles, fragatas, maquetas de navíos, mapas cartográficos, arcabuces, dagas, floretes, escudos y estandartes...

MUSEO NAVAL DE MADRID.
SE PIDE UN DONATIVO DE TRES EUROS PARA MANTENIMIENTO Y CONSERVACIÓN.

La reina María Cristina visitaría el museo un 9 de Abril de 1887.

viernes, 20 de abril de 2018

LOGROÑO




 
Bueno, es momento de acometer travesías mucho más populosas. Por ello “aterriza” mi cenceña (delgada) figura en Logroño. Dejó atrás la curiosa fuente de los espaldas mojadas en la Gran Vía de Juan Carlos I. “Los espaldas mojadas” me sugiere por algún motivo lúgubres historias de náufragos que hubieran cruzado el Mediterráneo con la fuerza de sus brazos y las espaldas mojadas. Pero la explicación es mucho menos novelesca. Se trata de unos monjes muy adustos ataviados con negros hábitos cuyas espaldas encharcan las aguas de la fuente. En esta parte de la ciudad, a estas horas tempranas, el mundo parece dormido y el sonido del silencio es el marco de la ausencia. Las primeras señales de “vida inteligente” surgen en la calle 11 de Junio, junto a un recuerdo testarudo de la primigenia muralla con foso que rodeaba esta villa. Me llama la atención una denominación tan particular, así que acudo al encuentro de respuestas. Bien, se trata de conmemorar la épica victoria ante las persistentes tropas franco navarras de Enrique II de Navarra un 11 de Junio de 1521. Fueron 17 días de asedio atajados de manera radical por las huestes del duque de Nájera. Accedo sin mayores dilaciones al casco antiguo. Dejo atrás el Parlamento, antiguo convento de la Orden Mercenaria. En color arenisca me recibe la iglesia de Santiago.


La actual es del año 1500 y en su explicativa portada podemos vislumbrar a Santiago Matamoros en la batalla de Clavijo contra los musulmanes en el año 844. En su interior hay un bonito retablo dorado. Una parada singular para hacer fotos curiosas está entre la Plaza de Santiago con San Pablo. El suelo se convierte en enorme tablero del juego de la oca. 

 
Si al inicio hablaba de una cierta pobreza de humanidad y calles divorciadas, todo eso se desvanece como por encanto en la peatonal calle Portales y por supuesto, la afamada Laurel o el bonito paseo del Espolón. Para tapear, la calle Laurel es visita obligatoria; lugar de “peregrinaje” para todo aquel que desee tomar algo rodeado de una marabunta humana propia de un éxodo apocalíptico. Reino pues del tapeo, de la manduca y la celebración del gentío en libertad y asueto. En el paseo del Espolón hay que fotografiar a ese caballo formidable sobre una fuente con cuatro leones que acarrea en sus lomos al eximio general Espartero.

  Otra foto fabulosa surge sola entre la calle Laurel y San Juan con la catedral al fondo; colándose por las rendijas del paisaje urbano.



Volviendo a la grandeza de los templos eternos está la concatedral Santa María de la redonda, así llamada porque en este enclave había antes un templo romano circular.


Destaca un pórtico barroco abigarrado de decoración y unas torres gemelas de color arenoso. El interior se abre como unas grandes fauces de fisonomía gótica, con retablos barrocos y una bóveda colorista que sólo rozan con sus sueños unas robustas columnas.




 Me alejo ya con la mirada anclada en el puente de Sagasta cruzando el río Ebro. Este colosal armazón de hierro tenía planes de residencia en Andalucía, descansando sobre el río Guadalquivir. Quiso el destino que su ubicación ulterior lo dejase amarrado al tiempo e intemperie de Logroño.


 Para quienes nos gusta perdernos entre salas explicativas y memorias históricas, culturales o artísticas apresadas tras las cristalinas mamparas de los museos, el de La Rioja es de lo más interesante. Además, la palabra mágica que concita siempre afluencia de público: es gratuito. A través de una magnífica escalera de nogal del siglo XVIII recorremos tres plantas cronológicas que nos asoman a las épocas de la ciudad.
 

 Diáfano y espacioso, es agradable comprobar que aquí no hay batallones de visitantes atorando pasillos y salas. Me atrae especialmente la segunda planta, dedicada al añejo medievo: pinturas fantásticas, esculturas, retablos, tablas flamencas...









En la tercera planta me quedo embobado con el sublime cuadro “Soberbia” del pintor Baldomero Gili Roig, un acercamiento fidedigno del estilo que hizo grande e irrepetible a Renoir.




miércoles, 18 de abril de 2018

ESTELLA (LIZARRA)







Digo adiós a la nieve pirenaica con una suerte de “llanto interno” que acaba bajo el manto blanco que cubre Roncesvalles. Estella, Lizarra en vasco, está bruscamente escindida por un río Ega que transporta verdosas aguas soliviantadas (furiosas). El caudal ha ascendido como si una furia interna conturbase sus sueños. Este lugar está especialmente destinado a tomar buenas fotografías panorámicas con romántico marco de puente de piedra. 

Mi primera parada será en la iglesia del Santo Sepulcro (S.XII). Aunque tal nombre resuena en mi mente con tambores lejanos de tierras exóticas de la ciudad vieja de Jerusalén, aquí en Lizarra se aprecia claramente la piel vernácula de una villa típicamente vasca que obtuviera su fuero en el año 1090 de la mano del rey Sancho Ramírez. Me planto ante la preciosa evangélica y apostólica portada gótica del siglo XIV. La estructura del templo parece basta y sucia, ennegrecida, como huérfana alma a la intemperie. Aún así, pese al desdoro que mancilla la portada, siguen siendo magníficos esos ángeles en piedra que rodean a Cristo en diferentes etapas de su vida. Arquivoltas, apóstoles, un racimo de figuras pétreas que son como un libro con las páginas abiertas para asomarse a momentos cruciales de la vida de Jesús, como la Resurrección o la Última Cena.











De nuevo mi mirada clavada en el puente de la cárcel (1973) que divide en dos la villa de Lizarra. Es bastante nuevo en realidad, ya que el anterior no sobrevivió a las calamidades asoladoras de la tercera Guerra Carlista en 1873. Atravieso la calle Curtidores con mis pasos como comparsa solitaria.



 
La cosa mejora en tumultuosa compañía una vez que las calles empedradas visitan la plaza de San Martín. Me planto ante la iglesia De San Pedro de la Rua, siglo XII. Como retándome a un duelo de fatiga y tenacidad, asciende hasta el templo una escalinata nada desdeñable. Nada que mis pies, avezados en tales menesteres, no hayan visto antes. Una fachada alba, como una despejada mañana sin cuitas ni desdoro sucumbe al influjo del precioso pórtico de estilo románico tardío.
 





En esta iglesia, que ante mis ojos se me muestra mundana y “desprestigiada”, se juraron los fueros en tiempos de los reyes de Navarra Juan III y Catalina de Albret. Repertorio mayúsculo de arcos apuntados góticos y románicos en un festival decorativo.






Desafortunadamente su faz está afeada como una dama triste y amargada por la vejez. El interior es simple, retocado, remozado de presente, blanco como una alegre bienvenida. En este conjunto algo monótono destacan las vidrieras y la capilla de San Andrés, de esplendoroso barroco. Una puerta lateral me lleva al claustro, jalonado con columnas de ornamentales capiteles. Me llama la atención un enorme pinsapo, un árbol gaditano que parece aquí extraviado como un visitante foráneo.



 Pero este viaje mío, que tiene hambre de sagradas escrituras, no tarda en hallar nuevos alborozos en la iglesia de San Miguel, una mole colosal con grandes arcos y un pórtico pletórico en relieves y tallas.



 En su interior, para no menoscabar el influjo inicial, me atrapa y atenaza la belleza de un retablo de Santa Elena y otro de San Miguel que da sentido a la definición misma y por antonomasia del barroco flamenco.
 




 CLAUSTRO